PRÓLOGO
Cuando llegó a mis manos el borrador de CAUNAO:
MI BARRIO o LA INMENSIDAD DE UN MICROMUNDO no me
había pasado por la mente la idea de escribirle
el prólogo. Simplemente dejé andar mi curiosidad
y comencé a leerlo. Cuál sería mi sorpresa al
caer en la cuenta de que tenía ante mí un libro
de excelentes vuelos literarios, pleno de
originalidades y anecdótico. Su lectura devino
asueto para mis ojos, atiborrados de estudios
densos que forman parte de mi quehacer de cada
día.
Para mí, que desde niño conozco Caunao, resultó
fácil asociar los personajes, todos reales
–aunque algunos desconocidos o no recordados por
lo implacable del tiempo– con lo concreto del
paisaje. Prontamente me percaté de que toda esa
gente que el autor menciona sigue viva en el
recuerdo de los vecinos más jóvenes del lugar;
es una tradición que los “ caunaenses ” han
sabido pasar de una generación a otra.
Lo difícil para quienes se guíen por el título
sin haber visitado jamás Caunao, es la aparente
intrascendencia cuando se le denomina “barrio”.
Permítanme avisarles que no se trata de un
barrio común y corriente. Sus características
geoculturales hacen de él un sitio único. Me
explico...
Caunao está ubicado en una encrucijada
geográfica. Es una suerte de frontera donde
colisiona lo urbano con lo rural de Cienfuegos.
¡Es también mucho más! Esa encrucijada
geográfica –como me atrevo a llamarle– recibe
las influencias de otras zonas con identidades
muy propias y disímiles entre sí. De un lado,
colinda con la Sabana Miguel, lugar donde
abundan tradiciones, creencias y tonadas
guajiras originales. Es en esa sabana donde,
según me contaba el poeta y compositor José
Ramón Muñiz, la tradición popular curaba el asma
con “cucarachas fritas” y los dolores reumáticos
pasándose un sapo vivo por la parte que dolía.
En la otra parte está la colonia La Josefa con
sus amplios cañaverales y su batey; más allá se
alza majestuosa la sierra del Escambray o Grupo
de Guamuhaya, con enclaves salpicados de
cafetales y saltos de agua, tierra pródiga en
historias y leyendas, perpetuamente bañada por
una llovizna que le imprime frescor. Allá están
Crucecitas, El Nicho y Loma Ventana donde, según
una historia, por un precipicio cayó un mulero y
jamás apareció.
En
ese entorno se erige Caunao, más que barrio
pueblito, donde vivieron, soñaron, cantaron y
murieron gentes que allí dejaron su impronta. De
muchos de ellos nos cuenta Bibe, y lo hace de
manera tan elocuente que por momentos, al leer
tanta riqueza anecdótica, uno se puede asombrar,
cautivar, reír y, ¿por qué no?, en ocasiones
también llorar. Esa capacidad para hacernos
despertar los más variados estados anímicos y
sentimientos se debe, únicamente, a dos
condiciones: escribir de lo que se ha vivido y
permanece dentro del ser, y saber hacerlo con un
don natural, sin academicismos ni propósitos
explícitamente literarios. Este libro es tan
natural como el paisaje y la gente de quienes
nos habla. CAUNAO: MI BARRIO... es la
posibilidad de estar allí, conocer historias,
personajes bien caracterizados como si hubiesen
sido puestos con un pincel. Este libro, a mi
parecer, es una pintura en letras. De su autor,
Bibe, guardo viejos recuerdos; cierta tarde mi
tío paterno Emilio me regaló un avioncito que
había sido de Bibe. A la sazón él contaba
veintitantos años y yo poco menos de siete. Mi
padre y Pancho Ruiz mi primo, se ponían a
hacerlo volar, y siempre que me preguntaban yo
decía: –¡esto me lo regaló mi primo Bibe!–;
porque somos primos por carácter transitivo. Él
se crió entre los gallos finos que su papá
Nicolás Vázquez criaba para echarlos a pelear. A
ese entorno pertenece gente tan querida para él,
como Pinocho y el Negro Santiago. Tanta
vivencia dio paso a que Bibe sea el autor de, a
consideración de muchos conocedores, el libro
más completo que sobre los gallos de pelea se
haya escrito en lengua hispana: DE LOS GALLOS DE
PELEA Y OTROS TEMAS, publicado en Venezuela en
la década de los 90s. Tiene a su haber un cuento
para niños titulado EL SOL Y LA LUNA, todavía
inédito. Este libro, ya felizmente publicado,
les adentrará en un rinconcito cienfueguero, ¡y
muy cubano!, que despertará el ansia por
conocerlo a quienes nunca lo han visitado.
Cumple la obra como virtud, desde mi punto de
vista, tres requisitos plenamente logrados:
satisfacer la necesidad interior de su autor
para hablar de un terruño y recuerdos que ama
entrañablemente; proporcionar deleite estético a
los lectores y, por último, rendir homenaje a un
lugar pequeño en extensión, pero grande por la
sencillez de su gente. Revela en su justa
dimensión, lo más auténtico de un paisaje que es
ingrediente de nuestra identidad nacional.
Dispónganse a leerlo, y ¡que lo disfruten!
Alfonso Cadalzo Ruiz Verano del 2008 |
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