Constituciones Cubanas

Desde 1812 hasta nuestros días

Leonel Antonio de la Cuesta

De las Facultades de Derecho (College of Law) y Letras y Ciencias (College of Arts and Sciences),
Florida Internacional University

557 páginas
6" x 9"
Encuadernación: Rústica
Año: 2007
ISBN: 978-0-9745229-9-9
© Leonel de la Cuesta
Library of Congress Control Number: 2007922249
Edición: Alexandria Library Incorporated
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Leonel de la Cuesta
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ÍNDICE

  • Tabla gratulatoria

  • Presentación

  • Prólogo

  • Prolegómenos de ciencias políticas

  • Breve historia constitucional de Cuba:
       Época colonial
       El primer tercio de siglo de independencia.

  • El constitucionalismo cubano en los últimos setenta años (1933-2003)

  • Los derechos humanos en las cartas constitucionales cubanas

  • Señalamientos finales

  • Textos constitucionales recientes

  • Constitución de 1940

  • Ley Fundamental de la República de 1959

  • Constitución de 1976

  • Constitución de 1992

  • Proyecto Varela, un documento preconstitucional

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PRÓLOGO

No faltará de seguro quien al encontrarse con este sustancioso volumen se pregunte: ¿Para qué leer un libro sobre las constituciones cubanas, que en la historia de los dos últimos siglos han demostrado ser tan ineficaces, tan inútiles, tan volátiles? La respuesta no puede ser más sencilla: precisamente por haber sido lo que son, por su inestabilidad y su falta de durabilidad, las constituciones y los movimientos que las impulsaron, reflejan la naturaleza de la vida política, social y cultural de la nación cubana en ese largo y complejo período histórico del que es vástago nuestro presente. Y el profesor Leonel Antonio de la Cuesta, que tan acostumbrados nos tiene a esas hazañas literarias, logra en esta obra amenísima, reconstruir por la vía de la historia constitucional, la biografía de su patria, en toda su vibrante permanencia.

Porque éste es, sin duda, un libro de derecho, pero es también un libro de historia de Cuba, desde el principio del siglo XIX hasta nuestros días. En él se estudian en detalle los caminos que conducen a las Cartas elaboradas en la Isla desde que llegaron a ella los ecos de la revolución antinapoleónica en la Península, hasta las que allí se han redactado para tapar las vergüenzas totalitarias del comunismo tropical. En sus páginas desfilan todas las posiciones ideológicas criollas que se disputaron ayer el apoyo del pueblo para sus doctrinas discrepantes. El separatismo independentista del misterioso Joaquín Infante, el autonomismo del P. José Agustín Caballero, del regidor Claudio Gabriel Zequeira  y del Pbro. Félix Varela. El separatismo anexionista del general Narciso López. Y otra vez, mucho más definido entonces, el separatismo independentista de la Guerra de los Diez Años (1868-1878), que se expresa en las Constituciones Guáimaro (1868) y Baraguá (1878) y el de la Guerra de Independencia (1895-1898) reflejado en las constituciones de Jimaguayú (1895) y La Yaya (1897). Documentos todos saturados de la ideología liberal, democrática y republicana de la época, sin vacilaciones monárquicas de ningún género, pero a la vez, limitados en su aplicación por las peculiaridades del mundo social y político al que pautaban. El doctor de la Cuesta, con su interesante y detallado análisis histórico, tanto de esos textos constitucionales como de los personajes y los eventos envueltos en su elaboración, conduce al lector por el laberinto de la vida cubana en su agitada era de formación nacional. Y sienta así las bases para la comprensión de todo lo que siguió después.

Lo que sigue es el tránsito de la Colonia a la República, una república traicionada por un aliado infiel. República creada por una constitución liberal y democrática bastardeada por un apéndice constitucional, impuesto a la fuerza que convertía al país en el protectorado de una potencia extranjera. Y desnaturalizada, además, por la acción de dos ocupaciones militares de los Estados Unidos que abrieron escuelas, mejoraron la sanidad pública y estimularon un largo y vigoroso proceso de recuperación económica, pero que retrotrajeron a la nueva semicolonia muchos de los males políticos de la colonia que le precedió, incluyendo por fin los regímenes dictatoriales de machadistas y batistianos, que para disfrazarse, echaron mano a las más ingeniosas –y perversas– tergiversaciones constitucionales. Gerardo Machado  reformó en 1928 la Carta del Uno para extender su mandato hasta convertirlo en tiranía. Y cuando el pueblo en masa protestó contra la prórroga de poderes, la reelección, la corrupción administrativa y otros males heredados del “tiempo de España”, utilizó los más crueles métodos de represión para mantenerse en el poder. Tras la caída del dictador en 1933 se abre una de las épocas más agitadas en la historia de Cuba. Desde ese año hasta 1940, sin contar los cinco miembros de una Pentarquía que duró solo unos días, siete presidentes se suceden en el poder. Hasta que el jefe del ejército, Fulgencio R. Batista, logra controlar de modo absoluto el gobierno, reproduciendo los males cívicos del régimen anterior y provocando protestas de todo género en una ciudadanía exasperada y enardecida. Como siempre, los vaivenes se reflejan en el proceso político: en los Estatutos Constitucionales, que rigieron durante la presidencia provisional de Ramón Grau San Martín; en la Ley Constitucional de la República de Cuba, bajo la presidencia de Carlos Mendieta (todas ellas sometidas a sucesivas modificaciones parciales).

A esta etapa de confusión le siguió un momento de esperanza. Presionados en parte por la situación internacional, que condujo a la Segunda Guerra Mundial y la lucha democrática contra el nazismo, los líderes de los partidos y grupos políticos contendientes se pusieron de acuerdo para convocar y elegir una Asamblea Constituyente, que con no pocas dificultades produjo la Constitución de 1940. Y este documento se convirtió no sólo en el modelo para la organización del Estado cubano, sino en el programa político y social de toda una generación. Porque con todas sus limitaciones, la era agitadísima de 1933 a 1940 sirvió de fragua a los hombres y las mujeres nacidos en plena era republicana para forjar un consenso de opiniones capaz de conducir a Cuba por los caminos no sólo de la libertad política, sino, además, del progreso social. Ya en 1934 se obtuvo una gran victoria patriótica, por todos celebrada: la abolición de la Enmienda Platt, demanda sentidísima que encontró eco en el nuevo gobierno norteño de Franklin D. Roosevelt  y su política de “buena vecindad”. Era un ejemplo de lo que podía ganarse cuando la voluntad nacional se unificaba. La Constitución de 1940 fue una gran transacción capaz de resumir los ideales de reforma de la llamada “generación del treinta” y de lo mejor de aquéllas que la habían precedido. El pueblo la recibió con enorme entusiasmo y renovada fe en los destinos cubanos.

La ilusión duró doce años. De 1940 a 1952 reina en Cuba la democracia, la sucesión presidencial basada en el voto popular y un indudable progreso económico y social. Pero el 10 de marzo de 1952, con un golpe de Estado militar, Fulgencio R. Batista retorna a la arbitrariedad y el despotismo, siempre acompañados de la peor corrupción. Se declara vigente la Carta del 40, mas pocos días después se le sustituye con unos Estatutos Constitucionales, donde se remienda el texto democrático vigente para colocar todo el poder en manos del dictador. El resultado fue una ola de protestas y, por fin, de insurrecciones que culminan en el establecimiento de un frente bélico en la Sierra Maestra. Dirigido por Fidel Castro y con el apoyo de la indudable mayoría de la opinión pública, este movimiento rebelde derrota a Batista y lo obliga a exiliarse en la madrugada del 1º enero de 1959. Regresa entonces la esperanza. La revolución, por boca de su líder, promete el rápido retorno a la legalidad representada por la Constitución de 1940, que esta vez –se dice– va a funcionar en toda su dimensión política y social, aunque por el momento haya que adaptarla a “la situación histórica imperante”. El 7 de febrero de 1959, sin embargo, se promulga una Ley Fundamental de la República, anunciadora de un nuevo período que bien pudiera llamarse la Era del Gran Engaño. Porque, como es sabido, en un proceso que tomó apenas dos años, la Revolución, que se había proclamado, al nacer, “verde como las palmas”, se convirtió en una revolución roja, comunista, basada abiertamente en los principios del marxismo-leninismo y aliada fiel de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Esta transición de la democracia al totalitarismo tenía necesariamente que reflejarse en el ámbito constitucional. La Ley Fundamental de 1959 fue sustituida, primero, por la Constitución de 1976, mucho más corta que las anteriores, que fueron debidamente podadas para eliminar “los residuos burgueses” que las “aquejaban” y, luego, por la Constitución de 1992, que trata de adaptarse, aunque manteniendo el carácter totalitario del gobierno, a la nueva situación internacional provocada por el desplome de la Unión Soviética y de su imperio europeo.

El profesor de la Cuesta pone en evidencia cómo cada cambio estatutario conduce siempre a una mayor concentración de poderes en las manos del pequeño grupo dirigente y en una pérdida de libertades para el pueblo. Después de señalar que en Cuba, “las libertades públicas consignadas en la Constitución, carecen de garantías reales”, concluye afirmando que allí “las tres constituciones promulgadas no reflejan que se haya alcanzado progreso alguno en su evolución en los últimos cuarenta y tantos años, y los simples ciudadanos siguen sin disfrutar de las libertades públicas y de la posibilidad de ejercer los derechos cívicos, tanto ahora en la fase del ‘Estado de todo el pueblo’ como en el de la ‘dictadura del proletariado’... El peor aspecto de la vigencia de las tres constituciones últimas en la historia cubana, residen que el pueblo de Cuba haya dejado de practicar la democracia por casi medio siglo”.

Nada de eso fue cambiado por la última reforma que se le ha hecho a la Constitución. Si acaso, se intensifica y amplía, con el repetido empeño de ese documento en afirmar el carácter irrevocable e irreversible del “socialismo” y “del sistema político y social contenido en él”, como puede leerse en la “Disposición Especial” de esa Reforma de 2002. Todos los aspectos del totalitarismo reinante en las últimas cuatro décadas en Cuba se ratifican y se extienden ahí: el control absoluto y total de la vida política, económica, social y cultural por el Estado –o en la práctica por el gobierno– y el dominio absoluto y total de la conciencia de cada uno de los ciudadanos por el Partido que los domina absolutamente. Nuestro autor ofrece una excelente referencia comparada del sistema constitucional cubano y el de otros intentos de control ideológico total de la sociedad, además del soviético, como por ejemplo el nazismo y el franquismo. Intentos, por cierto, todos fracasados y yacentes en el polvo de la historia.

Un hecho de capital importancia se desprende de estas páginas de Constituciones Cubanas: la perseverancia del pueblo de Cuba en su amor por las libertades públicas. Podemos ver en la obra cuántas veces los esfuerzos dirigidos a implantarlas y protegerlas han logrado la victoria. (Para fundamentar e iluminar esos empeños el doctor de la Cuesta incluye un capítulo entero sobre los derechos humanos en general, que el lector no debe pasar por alto.) Pero, a la vez, encontramos numerosos ejemplos de lo contrario, del triunfo de la arbitrariedad, del cesarismo y el despotismo. En cierto modo, la historia cubana en los últimos dos siglos no es sino un permanente zigzag, que este libro refleja en toda su tristeza, pero también en toda su promesa. Leyéndolo, encontramos en él una tragedia de alzas y caídas pero, además, una indestructible voluntad de democracia, de justicia y de progreso. Nos habla de las cuatro décadas de totalitarismo castrista, pero también de la heroica oposición interna contra el régimen, cuya máxima expresión es el afamado Proyecto Varela del incansable defensor de los derechos humanos Oswaldo Payá: un plan de cambios de la legislación vigente hoy en la Isla, “tendientes a propiciar una democratización a la manera occidental y, por ende, la adopción de una nueva Constitución”. El autor nos presenta también numerosas muestras de la disidencia de intelectuales y artistas que se defienden de las medidas de control típicas de los regímenes totalitarios, para demostrar que en medio de las sombras, Cuba sigue como siempre empeñada en transitar el camino de la luz.

En Cuba se avecinan cambios profundísimos tras la cercana desaparición de Fidel Castro, y el doctor de la Cuesta le dedica a esa eventualidad el capítulo final de su obra donde se ofrecen ideas muy creativas sobre temas como los siguientes: ¿Cuáles serán la Constitución o constituciones del período de transición? ¿Cómo tendrá lugar el cambio de un régimen al otro? ¿Seguirá algo parecido al proceso español tras la muerte de Francisco Franco? ¿O al nicaragüense, con viraje a la derecha? ¿O al chileno después de Pinochet , con viraje a la izquierda? Desde luego, la respuesta obvia es: no se sabe. Pero el estudio de las alternativas que el autor ofrece facilita la compresión del complejo problema sucesorio. E idéntica utilidad presentan los lineamientos generales con que se cierra el libro, inspirados en el empeño de que la nueva ruta se oriente hacia una preceptiva constitucional democrática.

Como puede apreciarse, este libro ofrece en un amplio panorama el retrato de la tragedia nacional cubana a través de dos largos siglos de sueños y desilusiones, de alzas y caídas... pero, a la vez, de permanente e indestructible voluntad de democracia, de justicia y de progreso. Hay que agradecerle al autor que realice su meritoria labor con los instrumentos mejores de la ciencia historiográfica y de la filosofía del derecho, siempre empeñado en un afán de objetividad, como corresponde a un erudito formado en las mejores universidades de Europa y América. Con la sinceridad que lo caracteriza, declara sus simpatías y sus antipatías, pero logra que éstas no lo conduzcan a la deformación de la realidad o la propaganda vocinglera de la propia ideología. Por eso, es ésta una obra de lectura indispensable para los que allá o acá continúan empeñados en sacar a la nación de la larga crisis que la consume y le impide ingresar de lleno en la modernidad política, económica, social y cultural del siglo XXI. Y es, además, un libro de enorme utilidad para quienes sencillamente, y de verdad, deseen conocer la Cuba vivífica de ayer y de hoy.

Jorge Castellanos Taquechel

 

'CONSTITUCIONES CUBANAS' DEL SIGLO XIX AL PRESENTE

Olga Connor

A cargo del Instituto de Investigaciones Cubanas de la Universidad Internacional de la Florida y de su Facultad de Derecho, el doctor Leonel Antonio de la Cuesta presentó su libro más reciente Constituciones cubanas (Alexandria Library Incorporated) en el Marc Pavillion de esa universidad. Demostrando que es abogado de corazón, éste era un proyecto --un sueño-- que tenía desde que estudiaba Derecho en Cuba, aunque ya pudo publicar una primera parte en 1974.

Le precedieron en su discurso Uva de Aragón; Lucrecia Granda, experta jurídica, y José Manolín Hernández. Aquí se estudian las constituciones en su contexto histórico, dijo Hernández, aunque De la Cuesta concluye con señalamientos y recomendaciones. ''Los historiadores no estamos acostumbrados a hacer eso. Si se hace, debe ser sutilmente'', acotó. Pero el estudio es minucioso, denso y al tanto de lo último. Y lo que se deduce, dijo, es que los cubanos siempre han tenido una pasión por vivir en un estado de derecho. Han querido ser un país de leyes. Inmediatamente después de un movimiento revolucionario la consecuencia era hacer una constitución (se reproduce en el libro la de 1959, junto a la del 40, la del 76 y la del 92, y también el proyecto Varela). Puso ejemplos de constituciones poco aptas, como la de Ignacio Agramonte, en la que todo el poder iba a una cámara de representantes nada menos que en una república en armas. Nuestras constituciones han sido muy largas y con preceptos que nunca fueron aplicados, explicó Hernández. En otros casos ha habido grandes contradicciones, por ejemplo se prohibía el latifundio, pero se garantizaba la propiedad privada, por lo que no se podría hacer reforma agraria. No se pensaba en la logística, concluyó Hernández.

De la Cuesta hizo un recorrido del origen del libro, y de su vida. ''Lo que era mi hobby, la literatura, se convirtió en mi profesión y lo que era mi profesión, el derecho, se convirtió en mi hobby''. Su ilusión es que cuando se vaya a redactar una nueva constitución en Cuba se tenga una visión crítica, e imagino que espera, sobre todo, que lean antes este libro.