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El paraíso de las mujeres
(novela)
Vicente Blasco Ibáñez
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Índice
Al lector
I. Frente á la Tierra
de Van Diemen
II. Noche de misterios y
despertar asombroso
III. De cómo Edwin Gillespie fué
llevado á la capital
de la
República
IV. Las riquezas del Hombre-Montaña
V. La lección de Historia del
profesor Flimnap
VI. Donde el profesor Flimnap
termina su lección
VII. El más grande de los asombros
de Gillespie
VIII. En el que el Padre de los Maestros visita al
Hombre-Montaña
IX. Donde el gigante va de
caza y Popito expone sus
ideas
sobre el gobierno de las mujeres
X. En el que se ve cómo el
Hombre-Montaña conoció
al
fin la Ciudad-Paraíso de las Mujeres, y la
deplorable aventura con que terminó esta visita
XI. Que trata del discurso
pronunciado por el
senador Gurdilo y de cómo el Hombre-Montaña
cambió de traje
XII. De cómo Edwin Gillespie perdió
su bienestar
y le faltó muy poco para perder su vida
XIII. Donde se ve como unos pigmeos
bigotudos
intentaron asesinar al gigante
XIV. Lo que hizo el
Gentleman-Montaña para que
Popito no llorase más
XV. Que trata de muchos sucesos
interesantes, como
podrá apreciarlo el curioso lector
XVI. Donde el Hombre-Montaña deja de
ser gigante y
da por terminado su viaje
-oOo-
Prólogo
Al
lector
Considero necesario dar una explicación sobre el origen de este
libro.
Una casa editorial cinematográfica de los Estados Unidos me pidió
hace un año una novela para convertirla en “film”, recomendándome
que fuese muy «interesante» y se despegase por completo de los
convencionalismos y rutinas que hasta ahora vienen observándose en
las historias presentadas por medio del cinematógrafo.
Yo admiro el arte cinematográfico–llamado con razón el «séptimo
arte»–, por ser un producto legítimo y noble de nuestra época. Como
todo progreso, ha encontrado numerosos enemigos, que fingen
despreciarlo; especialmente entre los escritores faltos de las
condiciones necesarias para servir á este arte, aunque lo deseasen.
La llamada República de las Letras es un estado conservador y
misógeno, que se subleva instintivamente ante toda novedad y la
repele con sarcasmos que cree aristocráticos.
Cuando se inventó la imprenta, una gran parte de los literatos de
entonces también la consideraron como algo populachero y ordinario,
que nunca podría gustar á los espíritus escogidos. Fué preciso el
transcurso de algunas decenas de años para que todos se convenciesen
de que el libro impreso, aunque menos hermoso que el códice escrito
á mano y con letras capitulares artísticamente iluminadas, servía
mejor á la difusión de las ideas y al mejoramiento intelectual de la
humanidad.
Dentro de un siglo las gentes se asombrarán tal vez al enterarse de
que hubo escritores que presenciaron el nacimiento de la
cinematografía y no hicieron caso de ella, apreciándola como una
diversión pueril y frívola, buena únicamente para el vulgo
ignorante.
Conozco todas las objeciones contra el cinematógrafo y su creciente
difusión. Son las mismas que todavía á estas horas formulan algunas
devotas, en el fondo de las provincias, contra la novela y contra el
teatro, creyéndolos la perdición de la humanidad y la causa de todas
las inmoralidades existentes.
Si la cinematografía no hubiese de dar en el curso de su desarrollo
otras cosas que el sainete grotesco é inverosímil que hace reir con
payasadas de “clown”, ó las historias de ladrones y detectives, yo
abominaría de ella, como lo hacen muchos. Pero el nuevo arte está
todavía en los primeros vagidos de su infancia; no tiene más allá de
veinticinco años de existencia–que equivalen á veinticinco minutos
en la historia de un invento útil–, y nadie sabe hasta dónde pueden
llegar el desarrollo de su juventud y el esplendor de su madurez.
También la novela dió en distintos períodos de su vida una floración
de libros que tuvieron por héroes á bandidos «simpáticos» ó
tenebrosos y á policías «providenciales», y á nadie se le ocurre
decretar por ello la supresión de dicho género literario. Al lado de
la novela psicológica y de observación directa existirá siempre la
novela de folletín. Y lo mismo puede decirse del teatro. Juntos con
el drama y la comedia, atraerán siempre á una gran parte del público
el melodrama espeluznante ó la farsa grotesca.
La cinematografía no iba á librarse de esta división impuesta por
los dos gustos diversos y antitéticos que se reparten la gran masa
del público. Como ocurre en la infancia de todo arte, el primer
producto del cinematógrafo ha sido el melodrama terrorífico y la
farsa que hace reir hasta desquijararse, géneros que con más rapidez
atraen á las multitudes. Pero ahora, después de dos docenas de años
de existencia, los que nos preocupamos del desarrollo
cinematográfico vamos viendo cómo se afina el gusto del público en
las naciones más instruidas y cómo al lado de las historias para
reir y las tragedias detectivescas surgen las primeras
manifestaciones de la verdadera novela cinematográfica, con
caracteres extraídos de la realidad, observaciones psicológicas y
una fábula que mantiene despierto al mismo tiempo el interés del
espectador.
Yo creo próximo el nacimiento de muchas novelas cinematográficas que
serán al mismo tiempo grandes obras literarias. Pero estas novelas
resultan de más difícil producción que una novela en forma de libro,
ya que en ellas no es posible lo que en la jerigonza literaria
llamamos el «relleno».
* * * * *
La cinematografía no es el teatro mudo, como creen muchos; es una
novela expresada por medio de imágenes y frases cortas.
El teatro tiene convencionalismos de lugar y de tiempo, impuestos
por los breves límites de un escenario, y de los cuales no puede
librarse. En cambio, la acción de la novela no reconoce limites; es
infinita, como la del cinematógrafo, y puede componerse de tres ó
cuatro historias diversas, que se desarrollan á la vez, y al final
vienen á confundirse en una sola; puede tener por escenario los
lugares más diversos de nuestro planeta.
Una obra teatral llegará, cuando más, hasta siete actos y cambiará
sus decoraciones quince ó veinte veces: pero le es imposible ir más
allá. Una novela, lo mismo que una historia cinematográfica, puede
disponer de tantos escenarios como capítulos, tener por fondo los
más diversos paisajes y por actores verdaderas muchedumbres.
Repito que el «séptimo arte» es novela y no teatro, y tal vez por
esto todas las obras teatrales célebres que fueron trasladadas al
cinematógrafo pasaron inadvertidas, mientras las novelas famosas, al
ser filmadas, obtuvieron grandes éxitos, agrandándose el interés de
su fábula con la plasticidad de los personajes que el lector sólo
había podido imaginarse vagamente á través de las líneas impresas.
Hoy empieza á aumentar considerablemente en todas las naciones el
número de los novelistas que nos preocupamos del arte
cinematográfico.
La multiplicidad de los idiomas con que expresan los hombres su
pensamiento representa para el artista literario un obstáculo que no
conocen el pintor, el escultor, ni el músico. Es cierto que los
traductores se encargan de salvar este obstáculo; pero por grande
que sea su pericia y la conciencia con que realicen su trabajo,
¡resulta siempre tan diversa la novela traducida de la novela
original, y se pierden tantas cosas en el traslado de una á otra!...
En cambio, la expresión cinematográfica puedo proporcionar á la
novela la universalidad de un cuadro, de una estatua ó de una
sinfonía. Los rótulos del “film” y la necesidad de traducirlos
representan poca cosa en esta clase de obras. Lo importante es la
imagen vivida, la acción interpretada por seres humanos, valiéndose
del gesto, que ignora el estrecho molde de las sílabas.
Gracias á este nuevo medio de expresión, el novelista que por su
nacimiento pertenece á un país determinado puede tener por patria
intelectual la tierra entera y ponerse en comunicación con los
hombres de todos los colores y todas las lenguas, hasta con los que
viven en los límites de un salvajismo recién abandonado. Por medio
del «séptimo arte», un autor puede en la misma noche contar su
historia imaginada á los públicos de Nueva York, Londres y París, á
las muchedumbres cosmopolitas de los grandes puertos del Pacífico á
los árabes que llegan á caballo al aduar del desierto donde funciona
el modesto aparato del cinematografista errante, á los marineros que
invernan en una isla del Océano Glacial y entretienen sus noches
interminables con el relato mudo de las novelas luminosas.
Yo puedo decir que una de mis mayores satisfacciones literarias la
tuve hace dos años, estando en California, al conversar con un
japonés que había viajado por toda Asia.
Este hombre me habló de una de mis novelas, contándome su
«argumento» del principio al desenlace para convencerme de que la
conocía bien. No la había leído, por no estar traducida aún al
idioma de su país, y pensaba comprar la versión inglesa.
Pero la había «visto» en un cinema de Pekín.
* * * * *
Además hay que hacer una confesión. La novela está en crisis
actualmente en todas las naciones.
El siglo XIX fué el siglo de la música y de la novela. Resulta tan
enorme la producción novelesca de los últimos cien años y tan
diversas las actividades de sus novelistas, que autores y público
viven ahora como desorientados.
Es casi imposible encontrar un camino virgen de huellas. Cuando el
novelista cree seguir un sendero completamente inexplorado, se
entera á los pocos pasos de que otros avanzaron por el mismo sitio
antes que él. Todos los resortes de la maquinaria novelesca parecen
flojos y mortecinos de tanto funcionar; todas las situaciones
emocionantes, todos los caracteres salientes, todos los tipos de
humanidad, están casi agotados. La originalidad novelesca va siendo
cada vez más ilusoria. Por eso sin duda, muchos autores violentan la
serena sencillez de su idioma, obligándole á producir una
florescencia atormentada, de invernáculo, y hacen de ello su mayor
mérito. Buscan ocultar de tal modo, bajo la frondosidad forzada del
lenguaje, la anémica pobreza de la historia que cuentan.
Los novelistas se agitan infructuosamente en busca de novedad; el
público exige igualmente novedad; pero la novela actual, cuando
pretende en Francia y otros países ser verdaderamente nueva, no
tiene nada de novela, y aburre al lector.... Y en esta crisis, que
es universal, nadie columbra la solución.
Yo no afirmo que el cinematógrafo sea un remedio único y decisivo;
reconozco además como indiscutible que la novela impresa será
siempre superior á la novela expresada por el gesto, pues esta
última no puede disponer con la misma amplitud que la otra de la
sugestión inmaterial del «estilo»; pero creo que si los novelistas
empiezan á intervenir directamente en el desarrollo del «séptimo
arte», monopolizado hasta hace poco por personas sin competencia
literaria, su esfuerzo servirá cuando menos para reanimar la novela,
comunicándola una segunda juventud y haciendo más extensos sus
dominios actuales.
Sin embargo, no á todos los países les es fácil adaptarse con éxito
al nuevo medio de expresión literaria.
La cinematografía depende del desarrollo industrial de un país y de
su riqueza.
El libro también necesita sujetarse á la influencia de estos dos
factores; pero un editor de novelas impresas puede establecerse en
cualquier parte donde existan imprentas y almacenes de papel, y le
bastan unos cuantos miles de pesetas para publicar sus primeros
volúmenes.
Las casas editoriales de cinematografía necesitan capitales de
millones y crear por su propia cuenta inmensos talleres. Además, les
es indispensable tener á sus espaldas la grandeza de una de esas
naciones que son primeras potencias industriales, para encontrar con
facilidad energías eléctricas gigantescas, fábricas capaces de
producir nuevas maquinarias: en una palabra, para disponer de
poderosos aliados y servidores.
Por este motivo, el más enorme de los pueblos americanos es y será
siempre el primer productor cinematográfico de la tierra. Francia,
que inventó la cinematografía, figura actualmente como una simple
importadora de “films” facturados desde Nueva York.
El cinematógrafo ocupa en los Estados Unidos el quinto lugar entre
los productos nacionales. Avanza á continuación del acero, el trigo
y otros artículos indispensables para la vida.
Hay en aquella República veinticinco mil salas de cinematógrafo,
algunas de ellas con lugar para más de seis mil espectadores.
En los miles de ciudades donde viven agrupados sus ciento veinte
millones de habitantes, los teatros se mantienen en una situación
estacionaria, mientras los cinemas son cada vez más numerosos.
De una obra cinematográfica americana que obtiene éxito en el mundo
entero llegan á venderse por término medio doscientas copias. Es lo
que se llama, en lenguaje de librería, «una mediana tirada». De
estas copias Francia compra tres ó cuatro para «pasarlas» en sus
diversos cinemas; España tres; Italia tres ó dos, etc. La Gran
Bretaña, que es la mayor compradora de Europa, adquiere once ó
quince para la metrópoli y sus colonias.
En total: de las doscientas copias, los Estados Unidos consumen
ellos solos ciento veinte, y las ochenta restantes son para los
demás pueblos de la tierra. Así se comprende que los
cinematografistas americanos, sin salir de su país, puedan cubrir
todos sus gastos, que son inauditos, y realizar ganancias. El
producto del resto del mundo es para ellos á modo de una propina.
Después de saber esto, reconocerá el lector que el cinematógrafo
sólo puede ser americano, y que la suprema aspiración de todo
novelista que desee triunfos en el «séptimo arte» consiste en
abrirse paso allá ... si es que puede, pues la empresa no resulta
fácil.
* * * * *
Pero volvamos á la explicación del origen de este libro.
Como mi novela “Los cuatro jinetes del Apocalipsis” ha sido
convertida en el “film”–más extenso y costoso de todos los que se
conocen hasta el presente, y el cual obtiene en los Estados Unidos
un éxito que durará años–, recibí de Nueva York, como ya he dicho,
el encargo de escribir un relato novelesco que pudiera servir para
una obra cinematográfica de «interés y novedad».
Así produje EL PARAÍSO DE LAS MUJERES.
Esta historia fantástica, que se despega por completo de mis novelas
anteriores, no ha nacido verdaderamente ahora, pues data de los
tiempos de mi infancia.
Desde que leí, siendo niño, los “Viajes de Gulliver”, el recuerdo de
Liliput y sus pequeños habitantes se fijó para siempre en mi
memoria. Muchas veces me pregunté, en aquellos años ya remotos:
«¿Qué habrá ocurrido en Liliput después que se marchó el héroe de
Swift?...» Y me entretenía imaginando á mi modo los diversos
episodios de la historia contemporánea de los pigmeos.
Ahora, en la madurez de mi vida, he intentado otra vez rehacer la
historia moderna de Liliput, pero como puede realizarlo la fantasía
de un hombre, menos optimista y generosa que la de un niño.
Esto de imaginarse una humanidad más pequeña que la nuestra, con
nuestros mismos defectos y preocupaciones, como si fuese contemplada
á través de un microscopio, es algo que halaga la vanidad de los
hombres, y por lo mismo resulta tan antiguo como su existencia.
Swift, el humorístico deán irlandés, fué el creador de Gulliver y
del reino de Liliput; pero cien años antes, Rabelais, que
indudablemente le sirvió de modelo, había descrito con no menor
humor las costumbres de enanos y gigantes.
Tengo la certeza de que en todas las literaturas antiguas fueron
muchos los relatos sobre países de pigmeos y países de colosos. ¿Qué
pueblo no contó historias de gnomos minúsculos, de vida misteriosa,
y gigantes que para contemplar á uno de nuestra especie necesitan
colocarlo sobre la palma de una mano?... Voltaire se inspiró en
Swift para crear su “Micromegas”, y sería muy largo el relato de
todos los novelistas y cuentistas que imitaron más ó menos
directamente este género de fantasías.
Yo escribí la presente novela creyendo que únicamente iba á servir
para la producción de una cinta cinematográfica, y jamás aparecería
en forma de libro. En realidad, la casa editorial de Nueva York no
me pidió una novela, sino lo que llaman en lenguaje cinematográfico
un «escenario», un relato escueto y de pura acción, para que sirva
de guía al director de escena, á los encargados de las tramoyas y á
los actores que interpretan los personajes.
Pero excitado por la novedad del trabajo y á impulsos también de mis
hábitos de novelista, empecé á escribir y á escribir, sin darme
cuenta de que en vez de un «escenario» producía una novela, y en
veintiuna tardes terminé EL PARAÍSO DE LAS MUJERES.
Nunca he trabajado tan aprisa y con tanto fervor. Creo que si me
pusiera ahora á hacer una copia del presente libro emplearía más
tiempo.
Repito que jamás pensé que mi novela cinematográfica pudiera
convertirse en volumen impreso; y mi sorpresa fué grande al ver que
el «escenario» era un libro al que algunos pretendían encontrar
cierta intención filosófica y política. Hasta en los Estados
Unidos–país donde las mujeres ejercen una enorme y legítima
influencia–creen algunos, equivocadamente, que mi novela es á modo
de una sátira del feminismo norteamericano.
Como EL PARAÍSO DE LAS MUJERES ha sido traducida ya á varios
idiomas, me decido á publicarla igualmente en español, aunque no
pensase en ello cuando la escribí.
Será una obra más dentro del marco de la novela española, la cual
desde hace algunos años no peca ciertamente por exceso de variedad.
Los más de los novelistas marchan en fila india, uno tras otro, y
sólo de tarde en tarde se les ocurre saltar un poco fuera del
sendero. Mientras tanto, en los otros países la novela procura
renovarse y los autores cambian con frecuencia su manera de ver la
vida y de expresar sus impresiones, para que no los «encasille» el
público, adivinando de antemano lo que pueden decir. Además, la
novela es un género de variedad infinita, y allí donde todos los
novelistas describen lo mismo, con un lenguaje semejante, la novela
corre peligro de muerte.
Tal vez el presente libro sea considerado por muchos como una
«equivocación» al compararlo con mis anteriores obras; pero yo
prefiero equivocarme yendo en busca de novedad, á conseguir aciertos
fáciles, que muchas veces no son mas que simples repeticiones de
triunfos anteriores. De todos modos, me anima la esperanza de que
este relato ligero tal vez resulte más entretenido para el lector
que muchas novelas de moda reciente, en las que se emplean
trescientas páginas sólo para preparar el encuentro á puerta cerrada
de dos personas de distinto sexo, llegando así á la escena
«culminante» de la obra, que es simplemente una escena de «libro
verde», escrita con las precauciones necesarias para bordear el
Código y que el volumen pueda exponerse sin peligro en los
escaparates de las librerías.
Del “film” que dió origen á esta novela diré que aún está por nacer.
Según parece, fui amontonando en él tales dificultades do ejecución,
que los ingenieros norteamericanos que inventan nuevas «magias» para
esta clase de obras todavía están haciendo estudios y no han podido
encontrar el modo de que aparezcan en el lienzo luminoso, á un mismo
tiempo y sin trampa visible, la enormidad del Gentleman-Montaña y la
bulliciosa pequeñez de las muchedumbres que pueblan la
Ciudad-Paraíso de las Mujeres.
VICENTE BLASCO IBAÑEZ
Villa Fontana Rosa Mentón (Alpes Marítimos)
Febrero 1922
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