DR. LUIS AGUILAR LEÓN

La exasperación de la lluvia

La inmensa lluvia que se abatió por días sobre Miami, me ha impedido concentrarme en alguno de los apremiantes asuntos de la actualidad. Justo me parece explicar, a aquellos de mis lectores que se interesen, porque ese tipo de lluvia tiene el poder de reducir mis ideas a gotas.

Comencemos por lo obvio. No todas las aguas que caen del cielo son iguales. Hay lluvias livianas, risueñas que saltan del horizonte, juegan con el viento y se alejan después de acariciar el rostro de los mortales. Son esas las que, en forma de tenues nubes, aparecen en los mosaicos de Creta adornando los sagrados juegos de Minos.

Hay lluvias fecundas que ensanchan los arroyos, empapan los surcos, crean un germinar de raíces y alientan a que las plantan crezca hacia el sol. Y hay lluvias fuertes y breves que limpian las calles y no hacen más que provocar un corretear de risas que buscan cubierta bajo cualquier tejadillo.

La miserable lluvia que se abatió sobre Miami no era de ese género, no era risueña ni juguetona. Era una lluvia sombría, telúrica, pertinaz, gris, prehistórica, dinosáurica, delictiva y adicta, de esas que caen sobre las ciudades como cae el destino sobre los humanos; que no concede tregua ni reposo; que se pega a la ropa y la torna en una piel que se adhiere a nuestra piel; que repta por las paredes y se desborda en las calles como una serpiente furiosa, y luego se enrosca y se agazapa en los charcos para destruir a los carros que lo cruzan. Es una lluvia que enturbia la mirada y ahoga la esperanza, y empaña todos los recodos de la visión y torna a la atmósfera en una cúpula tediosa y gris. Cuando esa lluvia cae, las nubes se encapotan y parecen rebaños amarrados por cuerdas de lluvia. Bajo ese espeso peso del agua, bajo ese sordo redoblar de gotas unánimes y vengativas, no se atreven a volar los pájaros, ni se asoma un recuerdo de luz. Aún el formidable mar se deja azotar en silencio, inhibe sus olas, se disfraza de calma, y se esconde debajo de los muelles sin ni siquiera susurrar quejas bajo las quillas de los botes anclados. Mientras dura la lluvia, los peces se quedan tersos, tensos, inmóviles e inertes.

Ese tipo de lluvia convierte a la ciudad en un vasto antro de riesgos. Las noches triplican su peligrosidad. Nadie resbala por las calles, ningún grito taladra el perenne golpear del agua, la ciudad toda se encoge como si no le quedaran alientos ni para soñar con el amanecer. Aún los criminales abandonan sus proyectos y se escurren a sus más recónditos escondrijos.

Son las noches en que las ventanas se abren de repente con un golpe de terror, y las puertas lo hacen lentamente con chirridos de miedo, y cada figura humana que cruza parece como doblarse bajo el peso de un delito y, despojadas de la luna, también las brujas del aquelarre ocultan sus escobas y se arrodillan en rezos.

A los locos y a los apasionados, la luna los vuelve frenéticos y los hace saltar hacia una violencia de golpes y gritos. La luna es madre de crímenes pasionales. Pero esa lluvia pausada, monótona, inmisericorde, inmutable, abrumadora, ahoga los pensamientos y crea riachuelos de tensión en las mentes. La lluvia es madre de pausadas demencias y de crímenes silenciosos.

A algunos mortales, la tenacidad de la lluvia los hunde en una peculiar forma de melancolía, en un nirvana de la desesperación, en un abatimiento de la voluntad, a la cual un amigo mío, quien era ávido lector de Edgar Allan Poe, y luego descendió hasta Stephen King, llegó a temer como temían los herejes a la Inquisición.

Decía ese mi amigo que tal tipo de lluvia lo desajustaba y le producía lo que él llamaba una irremediable "deprimencia". Término que él definía, con un cierto grado de originalidad, como "una destructiva combinación de depresión y demencia", de la cual sólo lo libraba el poder de un arco iris.

Por eso, como él, yo he llegado a detestar ese tipo de lluvia que ensombrece los días, oculta el perfil de las palmas tropicales, se extiende eternamente, y me obliga a replegarme dentro de mismo en espera del amanecer.

Cuando llueve en esa forma, solo acierto a recordar a mi amigo, el lector de Poe, el creador de la "deprimencia", quien languidece en un sanatorio para alucinados, ululando su plácida demencia cada vez que su enemiga, la pesada lluvia, resuena sobre su techo, mientras el aguarda aún por su arco iris.

 Junio 1995

 

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