DR. LUIS AGUILAR LEÓN

Martí: siempre solo en su grandeza   

No, no lo busquéis entre los grandes autores de la humanidad, entre los clásicos del pensamiento traducido, citado, iluminando senderos a la juventud pensante.  No, Martí no está ahí.

A pesar de la devoción de los cubanos, a pesar de los homenajes más o menos retóricos de algunas minorías latinoamericanas, Martí sigue ignorado, recóndito solo en su grandeza, al margen de los laureles internacionales.

Y, aunque nos duela, acaso es justo y natural que así sea.  Porque como los cuerpos físicos, tienen también las almas su gravitación ineludible; y Martí gravitó toda su vida hacia una casi agónica soledad.

Más allá del patriota, más allá del Apóstol, más allá del orador y del poeta, hay un Martí que permanece en la sombra, que esquiva el pleno conocimiento, que se hunde en sí mismo para que no le lean los rasgos.

Ese Martí esquivo y oculto que apenas si se asoma fugazmente en un verso, en una frase dolorida, en un gesto iluminador, es el más fascinante, el que tiene la clave de la personalidad íntegra del hombre.  Ése es el Martí que titubeó en lanzar la plenitud de su mensaje y veló bajo otras proyecciones la profundidad de su credo.  Hagamos un esfuerzo por atisbar las razones de tan insólita voluntad de alejamiento.

Era en verdad una criatura extraña ese José Martí Pérez.

Nació con un don radiante que desde niño desconcertaba a los que le rodeaban; una fastuosa capacidad de amar. Martí lo amaba todo en dimensión torrencial, como si llevara el alma al descubierto.  Y de niño, como todos los niños,  creyó que tan magnífica sensibilidad era cosa común y colectiva.

Desbordándose en espíritu sobre el mundo circundante: hogar, escuela, amigos, naturaleza, Martí no había aún descubierto que el amor verdadero, el que no se agota en las palabras ni es mero velo de egoísmo, es un raro y doloroso privilegio de un puñado de almas… Un poema infantil, lleno de ingenuo patriotismo, hizo que la realidad le golpeara brutalmente el rostro.

Fue condenado a trabajos forzados en prisión.  Y vio de pronto el otro aspecto de la vida, la crueldad sistemática, el látigo inclemente, la dureza del hombre para el hombre.  Era un cuadro capaz de endurecer al más alzado espíritu.   No a Martí. 

Libre ya, en España, con la cicatriz del grillete lacerándole la pierna, José Martí quiso estampar en tinta sus llameantes impresiones.

Sin embargo, con todas las imágenes del reciente infierno rondándole la memoria, su pluma rasgó estas excepcionales palabras: “Ví la llaga, y no pensé en mí… sentí un cariño tan acendrado hacia aquel campesino de mi patria; sentí una compasión tan profunda hacia sus flageladores… Ni os odiaré, ni os maldeciré.  Si yo odiara a alguien, me odiaría por ello a mí  mismo”.

Cariño hacia los presos, compasión por los carceleros, extrañas reacciones de un adolescente macerado, cuya pluma podía llamear en justa ira.  Pero es que, aunque Martí ha visto el rostro granítico de la realidad y sabe ya que la vida no es amor incandescente, sabe también, acaso intuye, que la vida tampoco es eso solo, que hay grados más profundos y complejos donde todo se identifica y supera.

Y, sobre todo, como en un deslumbramiento, Martí ha descubierto que él no puede odiar.

De ahí en adelante comienza Martí a recoger sus caudales de amor.  Quiere más que antes, porque el sufrimiento es “la gran llaga creadora” de que habla Heine, pero aprende a refrenar los desbordamientos que le sacuden el alma.

Por Cuba y para Cuba en su pluma llamean argumentos, forja una prosa nueva, reverberante, donde las frases se enciman como en tempestad de ideas, y el esfuerzo se torna devoción y sacrificio permanente.

Viaja Martí por la América, como un peregrino sin sombra. Y donde quiera que pasa, turba con su oratoria, con sus ojos cada vez más profundos, con su sed inextinguible de esperanzas.  Cuba es su fuerza, su objetivo y su refugio, pero su alma despliega su amor incontenible en todos los senderos.

Se duele de las miserias de los indios, predica la unidad de nuestros pueblos, busca amigos, alienta esfuerzos nacionales, señala peligros y desvíos, y torna en entrega cotidiana su misión.

Las mujeres, sobre todo, cruzan por su vida no como oasis donde apagar la sed, sino como sin rumbo.

La frialdad de Nueva York se le resume en significativa reacción: “Empecemos por una curiosa confesión.  Este es el único país de todos los que he visitado donde he permanecido una semana sin sentirme especialmente atraído y profundamente prendado de alguna mujer”.

El sufrimiento y la ternura se le hacen cada vez más el pan de su más íntimo sacrificio.  De ahí que ya muchos que le conocen no lo entiendan.  Y como él sabe que no lo entienden, que no pueden entenderlo, acalla su más válido mensaje y se recoge en sí mismo.

Por Cuba, por el amor sublimizado, Martí sacrifica sus otros amores, su enorme talento, su hogar, la proximidad de su hijo, la intimidad de sus amigos.  Desgarrándose a sí mismo, entregándolo todo, se va quedando solo.  La poesía es,  acaso,  su única volcánica expresión.

Mientras tanto, su energía exterior es asombrosa.  Siembra ideas, escribe artículos, une a los exiliados, levanta los ánimos caídos, refrena a los impetuosos.  Él es alma y cuerpo de todo un movimiento, de un partido, de una idea, de una patria.

Pero es también el hombre que se sabe grande en otras dimensiones y que renuncia a tal grandeza.  “Lo que más vale de mí se ha quedado en silencio”,   le susurra una vez a un fraternal amigo.  Su poesía se torna a veces misteriosa y sombría, como oráculo de su propio martirio:

“Duele mucho en la tierra un alma buena. De día luce brava: por la noche se echa a llorar sobre sus propios brazos…”

Así ve consumiendo su propia grandeza, dejando a medias la universidad de su mensaje, clavando en la patria todo lo que su alma podía dar al mundo queriendo hacer de Cuba la tribuna de su más íntimo mensaje: sólo el dar enriquece.

De ahí también su anécdota más bella.  Se había organizado en mitin cubano en una casa amiga en Nueva York.  La noche señalada, la nieve cayó silenciosa e implacable.  Cuando Martí llegó al hogar fraterno, hileras de sillas vacías se desplegaban frente a la pequeña tribuna y  a la bandera cubana.

Martí se despojó del humilde gabán, se aproximó a la estufa y dejó escapar un gran suspiro.  La cocinera de la casa, negra y cubana, le trajo un vaso de ginebra.  El cuerpo enfermo y exhausto, para sonrojo de los maledicientes que tal bebida le critican, le reclamaba ya estímulos físicos para seguir andando.

“Maestro”, le confesó la cocinera, “qué pena quedarme sin oírlo.  Me moría por oírlo hablar y ya estoy muy vieja para salir.  ¡Qué pena!

Martí la miró con aquellos ojos sus ojos insondables, apuró el trago y le respondió suavemente: “Siéntese, por favor”… Y se subió a la tribuna, y dejó escapar su voz resonante y restallante.

Habló de Cuba, del sacrificio, de la vida y de la muerte.  Habló como si todos los exiliados estuvieran presentes, como si Cuba misma pudiera oírlo, como si toda “su América” estuviera escuchando. 

Habló para todos los seres humanos, como quien anda ya al borde de la despedida definitiva, como quien ya casi no tienen amarras en el mudo.

Cuando terminó, la cocinera sollozaba, y el dueño de la casa quedaba deslumbrado y absorto en un rincón de la sala.  Martí suspiró de nuevo, tomó su pobre gabán y se perdió en la noche inclemente.  Se iba como había llegado, solo.

Iba en busca de la última cita, de la hora que ya sabía él que se le aproximaba.  Hacia ella marchaba como él mismo se había forjado, solo, doblado sobre su propio sacrificio, en diálogo consigo mismo.

Detrás dejaba una sala vacía, una mujer conmovida y un mensaje de amor lanzado a plenitud, allí donde los hombres no podían oírlo.

Nota:
Este artículo se publicó el 28 de enero de 1977 en el Miami Herald. 

 

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