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Testimonio
de una
madre |
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Patricia Echeverri nació en Pereira,
Colombia. Creció y se educó en Medellín,
donde se graduó de ingeniera civil.
En 1992 se mudó a New York. Actualmente vive
en Miami con sus dos hijos, Daniel, de nueve
años de edad y Mariana, de cinco.
Esta es su primera incursión en el género
literario. |
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Historia conmovedora escrita por una joven
madre cuyo primer hijo nació con una grave
condición física llamada "síndrome del
corazón izquierdo".
La narración resulta, sin proponérselo, una
alabanza a las madres a quienes no
desalientan diagnósticos desfavorables ni
estadísticas fatales. No quedan devastadas,
sino apelan al amor maternal para sacar
fuerzas y sobreponerse a su destino y
alentar, calladas y tenaces, con su
presencia de centinela insomne, a todos los
que colaboran en la misión de salvar a la
criatura. Son madres devenidas heroínas por
su derroche de coraje, paciencia y fe.
El relato puede leerse también como un
llamado a la maternidad responsable, que
exige de la pareja tomar conciencia de los
sacrificios que exigen los hijos.
Canto al amor, la compasión y la esperanza,
también será de lectura útil para aquellos
que tienen un ser querido gravemente enfermo.
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En
la vida son pocas las veces que logramos el
éxito cuando desde el principio tenemos
todas las de perder. Para que esto ocurra,
generalmente necesitamos que un sinnúmero de
personas nos den la mano, y dentro de ellas
siempre hay alguna que actúa como el
cimiento de la esperanza, que día a día se
mantiene sin cansancio como nuestro faro.
Ésta es esa historia de un niño inocente que
llega a la vida con defectos cardíacos, tan
severos, que hace sólo veinte años le
hubieran costado la vida. Sin embargo, la
dedicación total de su madre lo ayuda a
sobrepasar esos obstáculos y lo lleva hasta
la cumbre de la montaña desde donde puede
ver el futuro feliz y saludable que le
espera, listo para ser disfrutado.
Robert Vogt-Lowell, MD (Cardiólogo
Pediatra, Miami) |
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Prólogo
Un día me puse a pensar que mi
vida había dado un gran cambio y sentí la necesidad
de escribir sobre los primeros años de la vida de mi
hijo Daniel, que había nacido con un grave problema
cardiaco. Durante ese tiempo adquirí muchas
experiencias nuevas que dejaron su huella en mí. No
quería que se borraran de mi mente aquellos detalles
pequeños que desafortunadamente se esfuman con el
tiempo y decidí empezar a escribirlos. Quería
describir las alternacias de emociones y los
altibajos de mis estados de ánimo en el transcurso
de la lucha por el bienestar de mi hijo. Quería que
él, fuente de mi inspiración y personaje principal
de esta historia, pudiera un día conocer todos los
detalles de aquellos años iniciales que desconocía.
Deseaba poder leer y volver a vivir aquellos
momentos que un día me hicieron llorar y reír y que
a fin de cuentas fortalecieron mí espíritu y me
ayudaron a crecer como madre y persona.
Pensaba también que es importante compartir mi
experiencia con padres o familiares de niños que
nacen con deficiencias físicas., pues saber que no
somos los únicos en el mundo con un problema o
situación desfavorable nos aporta confianza y
optimismo. Es importante tener una actitud positiva
ante la adversidad y confiar en que al final del
camino nuestros niños saldrán adelante con la ayuda
de Dios, de los médicos y de nosotros mismos.
Además, durante estos años he pensado mucho en lo
que podría llamar el embarazo responsable. Cada día
son más las mujeres muy jóvenes, en no pocos casos
casi niñas, que quedan embarazadas sin haberlo
pensado o querido, o queriéndolo, sin imaginar
siquiera las responsabilidades que un embarazo
conlleva. Las consecuencias son bien conocidas:
abandono de los estudios, deficiente cuidado de los
hijos que en no pocos casos las conducen a
abandonarlos, falta de preparación para labrarse un
futuro y como consecuencia, la frustración. Si mi
historia que cuento en este libro consigue que
algunas de estas jóvenes, al tomar conciencia de sus
responsabilidades, renuncien al embarazo prematuro y
lo pospongan para más tarde cuando dispongan de las
fuerzas físicas y espirituales para asumirlo, o las
que no renuncien tomen conciencia de las
responsabilidades que adquieren al traer una nueva
criatura a nuestro mundo y de la obligación de
criarla para que se convierta en un ciudadano o una
ciudadana útil, añadiría una satisfacción más a la
que me proporciona mi propósito antes mencionado.
Cuando a un hijo nuestro le diagnostican una
enfermedad o condición que ni siquiera sabemos que
existe o si hemos oído de ella no tenemos la menor
idea de sus consecuencias, como me sucedió a mí
(Daniel fue diagnosticado con "síndrome del corazón
izquierdo"),
necesitamos armarnos de mucha paciencia y valor para
no ser presas de la angustia y la desesperación
antes de empezar la batalla, palabra desgastada en
símiles y metáforas, pero que utilizo porque muchas
veces en el curso de estos años sentí que estaba
inmersa en una batalla por la vida de mi hijo. Le
agradezco a la vida el desafío de una prueba tan
difícil para la cual no me dejó desarmada, pues
también me concedió lo necesario para superar los
momentos difíciles.
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