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Parábola del Mago y el Poeta
Nota: Este texto pertenece a la novela La
cena de los trece comensales.
(Del Cuaderno de apuntes de Sofía. Escrito
en Punta del Este.)
A Jorge Luis Borges, creador de parábolas
magistrales.
Aquel poeta desconocido era
pobre, y no tenía otra riqueza que sus
palabras, conformadas por la realidad que,
según algunos, se confundía con el sueño, y
según otros, el sueño la moldeaba. Vivía en
un territorio del Este rodeado de montañas y
surcado por ríos que sus habitantes
recorrían en canoas. Los pájaros que pasaban
le enseñaban sus trinos, los amaneceres sus
soles y su secreto los bosques donde a veces
se perdía imaginando vocablos que juntaba
para deleitarse con su sonido, aunque no
siempre comprendía su significado. A veces
preguntaba a los caminantes que pasaban de
prisa qué querían decir esos vocablos unidos
formando frases misteriosas, pero ellos
tampoco sabían descifrarlos, dedicados
únicamente al comercio, a los viajes en que
intercambiaban cosas y a acumular monedas de
oro y plata. El poeta se habituó a la
soledad y al silencio, y sintió que sus
palabras se volvían contra él para crearle
una pena que le quitó la paz y el sueño. En
sus noches de insomnio miraba las estrellas
y se preguntaba si lo guiarían hacia alguien
en no sabía qué remoto confín, que le
desentrañara las sílabas escondidas ahora en
su memoria y en la que se asemejaban la
lluvia con los pasos por el bosque y el
crepúsculo con la huida. Buscando a alguien
que le aliviara la pena, el poeta abandonó
su cabaña y se adentró en los caminos.
Preguntó el significado de sus palabras a
los brujos que curaban enfermos, a los
mendigos que escondían la lepra, a los
bandidos que asaltaban a los ricos y a los
señores que viajaban en elefantes
custodiados por sus esclavos; pero ninguno
lo entendió. Al poeta, las estrellas le
negaron su ruta, y un tigre lo acechó desde
cierto árbol, pero al ver la indiferencia
que ahora le inspiraba la vida, la fiera se
alejó por un senderito de la montaña.
El poeta se detuvo ante un
río donde halló a un moribundo en una canoa
de ébano, se apresuró a auxiliarlo, y al
sentirlo atormentado por la sed, le donó sus
últimas gotas de agua. Por gratitud, el
moribundo le dijo: "El hombre que andas
buscando está detrás de esa orilla, muy
lejos, más allá del horizonte. Tendrás que
atravesar luces y sombras, días y noches,
senderos y ciudades para encontrarlo.
Deberás avanzar en línea recta. Si la
pierdes, no lo hallarás. Ese hombre habita
una casa de sándalo y lo reconocerás porque
se te parece". El poeta vio morir al otro y
partió. En su cansancio atravesó laberintos
de caminos entre montañas, desiertos con
hondonadas y montículos de arena, oasis de
palmeras con agua que le alivió la sed, y
bordeando un bosque incendiado perdió la
línea recta de su ruta y tuvo que volver
atrás y esperar que el incendio se
extinguiera para poder andar entre los
árboles. Después navegó, se fatigó, los
peligros lo inquietaron y tuvo que
sacrificar a una pantera que lo atacó desde
un tronco. Anduvo por días en que perdió la
cuenta del tiempo hasta que la línea recta
desembocó en un río circular con rápidos que
casi lo ahogaron, y regresando a la orilla
buscó piedras inmensas que colocó entre las
aguas para crear un camino. Al otro lado
durmió, se repuso, sus huellas se grabaron
en ceniza y sintió que el tiempo retrocedía
hacia el pasado. Entonces tuvo que
detenerse, no supo si por días o por años
hasta que sintió las horas moverse hacia el
presente. Adentrándose en un laberinto de
grutas con estalactitas de marfil, avanzó
otra vez hacia el futuro, y llegó a un sitio
fresco, bebió agua de los cocoteros y más
allá de un volcán en reposo halló una ciudad
amurallada. La línea recta no lo condujo
hacia la puerta guardada por guerreros
armados y abierta a los vendedores de todo,
que en tumulto salían y entraban. Siguió la
línea hasta el muro, en un sitio distante de
las garitas custodiadas y apelando a la
esperanza casi perdida, fabricó una escala
con raíces de plantas tomadas de los
alrededores, subió el muro y descendió
adentro. La ciudad resplandecía con
antorchas y flores sobre las fachadas de las
torres y estanques con peces de oro y
fuentes que murmuraban secretos. Incapaz de
seguir adelante, el poeta dio sus últimos
pasos hasta una casita de sándalo cuya
fragancia lo embriagó. Le preguntó a un
mendigo que pasaba, y éste le dijo que allí
habitaba un mago famoso. Con un último
esfuerzo el poeta llamó a la puerta
entreabierta y nadie le respondió. Decidió
penetrar y halló una salita en penumbras con
pequeñas luces ardiendo en potecitos de
alabastro. Al fondo, sentado en la postura
del loto, estaba un hombre meditando. Al oír
el leve ruido de la puerta, abrió los ojos
que mostraron el color del lapislázuli, y en
ellos había un enigma. A la pregunta de
"¿Quién eres?", pronunciada en el mismo
idioma del recién llegado, éste le dio su
respuesta:
—Señor, soy apenas un poeta
que sufre, y he venido buscándote desde muy
lejos.
—¿Por qué has venido?
—Para que me cures una pena
que traigo.
—Siéntate y reposa. Cuando
hayas descansado, hablaremos.
El poeta se adormeció
suavemente, y al despertar no supo cuánto
tiempo había transcurrido. La salita se
había transformado en una inmensa sala
hexagonal con mármoles sobre las paredes. El
mago estaba allí todavía, cubierto con una
túnica de seda, con el rostro rasurado de
modo impecable, y lo realzaba una extraña
belleza. Los ojos le habían cambiado de
color y ahora eran verdes. El poeta no dudó
de que aquel mago era el hombre a quien
había estado buscando. Detrás había un
espejo con marco de plata donde de
pronto empezó a cruzar la historia secreta
del viajero con las espléndidas siluetas de
su juventud. Viéndolas pasar sin detenerse,
el poeta descubrió que el mago había
adivinado su trayectoria y el porqué de cada
suceso en su existencia. Miró al mago y lo
encontró parecido a él mismo. Entonces, se
preguntó si era éste el hombre que lo había
recibido al llegar, u otro ser. Sin romper
el silencio, el mago encendió una llamita
que al afirmarse cambió de colores, y en
cada color aparecía uno de los numerosos
paisajes interiores del poeta. En ellos se
vio como príncipe y como mendigo, enjoyado y
miserable, bajo una sucesión de crepúsculos
y amaneceres, desgarrado por una jauría de
tigres, o protegido por una manada de
caballos salvajes en fuga. Maravillado al
sentir que alguien penetraba en su mundo
íntimo y lo comprendía, le dio las gracias.
El mago interpretó con canciones las
palabras del poeta y le tendió la luz
afiebrada de un relámpago. Ahora el
poeta no necesitaba de las palabras porque
el otro lo interpretaba como si fuera parte
de él, y en reciprocidad quiso penetrar en
el sentir del mago, pero no pudo porque el
mundo de éste era radicalmente hermético.
Desconcertado, al poeta le brotó una pena
más honda que aquélla traída por los
caminos. Miró el espejo buscando la verdad
del otro para asirse a ella, pero el espejo
había apagado sus imágenes y yacía cubierto
por un jirón de humo. El mago se refugió en
muchos silencios sucesivos, y el poeta,
desesperado, se puso a buscar por la sala
una puerta de salida. Empezó a palpar las
paredes, y cada vez que hallaba una puerta,
la abría y encontraba un tesoro diferente.
Detrás de la primera tropezó con un
cofre de gemas legítimas; en la segunda
había una estatua con un enigma; tras la
tercera vio una biblioteca antigua con
millares de manuscritos atados con cintas de
seda. El poeta se volvió hacia el mago, lo
interrogó sobre su tesoro y el mago no le
respondió, pero en sus ojos vio el poeta
pasar la historia del mundo conocido
entonces. El poeta miró hacia la llamita y
advirtió que se había consumido. Fue así
como empezaron a brotarle otra vez las
palabras que no se grabaron en el espejo,
ahora definitivamente mudo. Las palabras que
siguieron brotándole eran incomprensibles, y
sintió que estaba solo. Intentando escapar a
su extrañamiento, el poeta dio unos pasos
hacia el mago, y al tocarlo, lo vio
convertirse en un ídolo de oro. El mago no
habló más, no cantó sus canciones ni le dio
al poeta una solución para el desierto
interior que ahora lo avasallaba, y el
hombre venido de lejos se quedó de rodillas
ante el ídolo, con miedo de que una nueva
transformación lo desapareciera. El poeta
pronunció su última palabra y la vio
estrellarse en el espejo de humo y
extinguirse. Fue así como quemó su esperanza
y retomó el laberinto de los caminos.
Años después, un viajero que
cruzó por la ciudad amurallada, le dijo al
indiferente gentío de la plaza, que un poeta
había andado en silencio por los pueblos, y
que un guerrero tuvo piedad de su silencio y
lo decapitó para salvarlo.
Josefina Leyva
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