Otra novela de la autora:
La dama de la libertad

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El mundo ficcional de Josefina Leyva

 


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La Dama de la Libertad
N O V E L A

Josefina Leyva ha publicado 11 novelas, una biografía y un poemario. Es una viajera incansable. Ha sido profesora universitaria, periodista y traductora de francés. Porque ha hecho de la libertad individual y colectiva el eje de su obra, ha sido llamada “la novelista de la Libertad”.

Esta novela plantea las dificultades de la comunicación entre la gente, llevadas al extremo en la relación de la protagonista con su terapeuta. Tiene como escenario el Buenos Aires actual, junto al frenesí del tango y la llegada de dos exiliadas desde la controversial Isla de los Pájaros Negros. La evocación de una de estas mujeres desborda seis Interludios de la Nostalgia. En la cena con trece comensales en la casona de Victoria Ocampo, un judío relata su experiencia en la segunda guerra mundial, y arrastra la novela a su destino ante la perplejidad de sus oyentes.

Email de la autora: oriente27@aol.com

© Josefina Leyva, 2011
ISBN: 978-1-936886-07-4
Library of Congress Control Number: 2011924456

Publisher: Alexandria Library, Miami, 2011
 


Parábola del Mago y el Poeta


Nota: Este texto pertenece a la novela La cena de los trece comensales.
(Del Cuaderno de apuntes de Sofía. Escrito en Punta del Este.)


A Jorge Luis Borges, creador de parábolas magistrales.

Aquel poeta desconocido era pobre, y no tenía otra riqueza que sus palabras, conformadas por la realidad que, según algunos, se confundía con el sueño, y según otros, el sueño la moldeaba. Vivía en un territorio del Este rodeado de montañas y surcado por ríos que sus habitantes recorrían en canoas. Los pájaros que pasaban le enseñaban sus trinos, los amaneceres sus soles y su secreto los bosques donde a veces se perdía imaginando vocablos que juntaba para deleitarse con su sonido, aunque no siempre comprendía su significado. A veces preguntaba a los caminantes que pasaban de prisa qué querían decir esos vocablos unidos formando frases misteriosas, pero ellos tampoco sabían descifrarlos, dedicados únicamente al comercio, a los viajes en que intercambiaban cosas y a acumular monedas de oro y plata. El poeta se habituó a la soledad y al silencio, y sintió que sus palabras se volvían contra él para crearle una pena que le quitó la paz y el sueño. En sus noches de insomnio miraba las estrellas y se preguntaba si lo guiarían hacia alguien en no sabía qué remoto confín, que le desentrañara las sílabas escondidas ahora en su memoria y en la que se asemejaban la lluvia con los pasos por el bosque y el crepúsculo con la huida. Buscando a alguien que le aliviara la pena, el poeta abandonó su cabaña y se adentró en los caminos. Preguntó el significado de sus palabras a los brujos que curaban enfermos, a los mendigos que escondían la lepra, a los bandidos que asaltaban a los ricos y a los señores que viajaban en elefantes custodiados por sus esclavos; pero ninguno lo entendió. Al poeta, las estrellas le negaron su ruta, y un tigre lo acechó desde cierto árbol, pero al ver la indiferencia que ahora le inspiraba la vida, la fiera se alejó por un senderito de la montaña.

El poeta se detuvo ante un río donde halló a un moribundo en una canoa de ébano, se apresuró a auxiliarlo, y al sentirlo atormentado por la sed, le donó sus últimas gotas de agua. Por gratitud, el moribundo le dijo: "El hombre que andas buscando está detrás de esa orilla, muy lejos, más allá del horizonte. Tendrás que atravesar luces y sombras, días y noches, senderos y ciudades para encontrarlo. Deberás avanzar en línea recta. Si la pierdes, no lo hallarás. Ese hombre habita una casa de sándalo y lo reconocerás porque se te parece". El poeta vio morir al otro y partió. En su cansancio atravesó laberintos de caminos entre montañas, desiertos con hondonadas y montículos de arena, oasis de palmeras con agua que le alivió la sed, y bordeando un bosque incendiado perdió la línea recta de su ruta y tuvo que volver atrás y esperar que el incendio se extinguiera para poder andar entre los árboles. Después navegó, se fatigó, los peligros lo inquietaron y tuvo que sacrificar a una pantera que lo atacó desde un tronco. Anduvo por días en que perdió la cuenta del tiempo hasta que la línea recta desembocó en un río circular con rápidos que casi lo ahogaron, y regresando a la orilla buscó piedras inmensas que colocó entre las aguas para crear un camino. Al otro lado durmió, se repuso, sus huellas se grabaron en ceniza y sintió que el tiempo retrocedía hacia el pasado. Entonces tuvo que detenerse, no supo si por días o por años hasta que sintió las horas moverse hacia el presente. Adentrándose en un laberinto de grutas con estalactitas de marfil, avanzó otra vez hacia el futuro, y llegó a un sitio fresco, bebió agua de los cocoteros y más allá de un volcán en reposo halló una ciudad amurallada. La línea recta no lo condujo hacia la puerta guardada por guerreros armados y abierta a los vendedores de todo, que en tumulto salían y entraban. Siguió la línea hasta el muro, en un sitio distante de las garitas custodiadas y apelando a la esperanza casi perdida, fabricó una escala con raíces de plantas tomadas de los alrededores, subió el muro y descendió adentro. La ciudad resplandecía con antorchas y flores sobre las fachadas de las torres y estanques con peces de oro y fuentes que murmuraban secretos. Incapaz de seguir adelante, el poeta dio sus últimos pasos hasta una casita de sándalo cuya fragancia lo embriagó. Le preguntó a un mendigo que pasaba, y éste le dijo que allí habitaba un mago famoso. Con un último esfuerzo el poeta llamó a la puerta entreabierta y nadie le respondió. Decidió penetrar y halló una salita en penumbras con pequeñas luces ardiendo en potecitos de alabastro. Al fondo, sentado en la postura del loto, estaba un hombre meditando. Al oír el leve ruido de la puerta, abrió los ojos que mostraron el color del lapislázuli, y en ellos había un enigma. A la pregunta de "¿Quién eres?", pronunciada en el mismo idioma del recién llegado, éste le dio su respuesta:

—Señor, soy apenas un poeta que sufre, y he venido buscándote desde muy lejos.

—¿Por qué has venido?

—Para que me cures una pena que traigo.

—Siéntate y reposa. Cuando hayas descansado, hablaremos.

El poeta se adormeció suavemente, y al despertar no supo cuánto tiempo había transcurrido. La salita se había transformado en una inmensa sala hexagonal con mármoles sobre las paredes. El mago estaba allí todavía, cubierto con una túnica de seda, con el rostro rasurado de modo impecable, y lo realzaba una extraña belleza. Los ojos le habían cambiado de color y ahora eran verdes. El poeta no dudó de que aquel mago era el hombre a quien había estado buscando. Detrás había un espejo con marco de plata donde de pronto empezó a cruzar la historia secreta del viajero con las espléndidas siluetas de su juventud. Viéndolas pasar sin detenerse, el poeta descubrió que el mago había adivinado su trayectoria y el porqué de cada suceso en su existencia. Miró al mago y lo encontró parecido a él mismo. Entonces, se preguntó si era éste el hombre que lo había recibido al llegar, u otro ser. Sin romper el silencio, el mago encendió una llamita que al afirmarse cambió de colores, y en cada color aparecía uno de los numerosos paisajes interiores del poeta. En ellos se vio como príncipe y como mendigo, enjoyado y miserable, bajo una sucesión de crepúsculos y amaneceres, desgarrado por una jauría de tigres, o protegido por una manada de caballos salvajes en fuga. Maravillado al sentir que alguien penetraba en su mundo íntimo y lo comprendía, le dio las gracias. El mago interpretó con canciones las palabras del poeta y le tendió la luz afiebrada de un relámpago. Ahora el poeta no necesitaba de las palabras porque el otro lo interpretaba como si fuera parte de él, y en reciprocidad quiso penetrar en el sentir del mago, pero no pudo porque el mundo de éste era radicalmente hermético. Desconcertado, al poeta le brotó una pena más honda que aquélla traída por los caminos. Miró el espejo buscando la verdad del otro para asirse a ella, pero el espejo había apagado sus imágenes y yacía cubierto por un jirón de humo. El mago se refugió en muchos silencios sucesivos, y el poeta, desesperado, se puso a buscar por la sala una puerta de salida. Empezó a palpar las paredes, y cada vez que hallaba una puerta, la abría y encontraba un tesoro diferente. Detrás de la primera tropezó con un cofre de gemas legítimas; en la segunda había una estatua con un enigma; tras la tercera vio una biblioteca antigua con millares de manuscritos atados con cintas de seda. El poeta se volvió hacia el mago, lo interrogó sobre su tesoro y el mago no le respondió, pero en sus ojos vio el poeta pasar la historia del mundo conocido entonces. El poeta miró hacia la llamita y advirtió que se había consumido. Fue así como empezaron a brotarle otra vez las palabras que no se grabaron en el espejo, ahora definitivamente mudo. Las palabras que siguieron brotándole eran incomprensibles, y sintió que estaba solo. Intentando escapar a su extrañamiento, el poeta dio unos pasos hacia el mago, y al tocarlo, lo vio convertirse en un ídolo de oro. El mago no habló más, no cantó sus canciones ni le dio al poeta una solución para el desierto interior que ahora lo avasallaba, y el hombre venido de lejos se quedó de rodillas ante el ídolo, con miedo de que una nueva transformación lo desapareciera. El poeta pronunció su última palabra y la vio estrellarse en el espejo de humo y extinguirse. Fue así como quemó su esperanza y retomó el laberinto de los caminos.

Años después, un viajero que cruzó por la ciudad amurallada, le dijo al indiferente gentío de la plaza, que un poeta había andado en silencio por los pueblos, y que un guerrero tuvo piedad de su silencio y lo decapitó para salvarlo.

                   Josefina Leyva