|
El tren y la vida de George Claude y Santiago
Martín
POR BELKIS CUZA MALE
Especial/El Nuevo Herald
domingo 9 de mayo de 2010
La vida es un tren, dicen poetas y filósofos.
Y también los que miran con ojos mágicos pasar
el tiempo. Y nada más oportuno que ese título,
Una vida, un tren, escogido por
Santiago Martín para su libro recién publicado
por Alexandria Library, de Miami.
La novela --yo la llamaría mejor relato
testimonial-- abre con la construcción del
primer ferrocarril en Matanzas, Cuba, y de
modo riguroso y detallado, de la mano del niño
Santiago, vemos multiplicarse en la zona los
caminos de hierro, al igual que las
locomotoras, desde que La Junta hizo su
recorrido en el primer tramo entre Matanzas y
Guanábana. Pongan atención: estamos en 1845.
La narración es bellísima y logra su cometido:
mostrarnos no sólo ese hecho memorable de la
construcción del ferrocarrril, sino, la
vitalidad de una ciudad que ya era llamada La
Atenas de Cuba, por la pasión con que
descollaban allí las artes y las letras. En
medio de este recuento histórico, el autor
aprovecha para darle vida a dos grandes
escritores cubanos, José Jacinto Milanés y
Gertrudis Gómez de Avellaneda, lo que
constituye una fina muestra del talento de
Martín para recrear una escena casi teatral.
Al reunirlos ficticiamente en un espacio de
tiempo muy especial en la vida de la
Avellaneda, tras su vuelta a Cuba, Martín
intenta lo que parecería imposible, que dos
genios literarios se admiren y quieran.
Recuérdese que la Avellaneda, a pesar de la
coronación en el teatro Tacón, y luego en el
Liceum de Matanzas, no era querida por muchos.
Su vuelta a Cuba, casada ahora con Verdugo,
quien había sido gobernador de Cienfuegos, de
Cárdenas y luego de Pinar del Río, la
distanciaba de los cubanos, según algunos.
Pero, gracias a Martín, le seguimos los pasos
tras la muerte de Verdugo, envenenado con una
taza de chocolate que estaba destinada a la
poetisa, hasta que se marcha para siempre de
la Isla.
Cambia el espacio de tiempo y estamos ahora en
los años 20. De seguro no son muchos los que
recuerden a George Claude, el inventor de las
luces de neón. Ni siquiera los matanceros,
donde el científico e inventor realizó una de
sus proezas, la de intentar producir enegía
eléctrica usando las capas submarinas a
diferentes temperaturas. El espectáculo en
torno suyo y las peripecias de los casi tres
años que vivió en Cuba marcaron de modo muy
especial a esa ciudad. La llegada del francés
a Matanzas, en 1927 --alternada con varios
viajes a Nueva York, Italia y París, en el
periodo de tres años-- dotaron de una
inusitada vitalidad a la zona, y su
experimento encontró siempre eco en El
Imparcial, el periódico local.
¿Cómo y por qué un científico y millonario de
la talla del francés George Claude escogió la
bahía de Matanzas para producir electricidad
sin combustible? ``(...) El hombre escogió
Matanzas --nos dice Martín-- porque la
topografía del fondo de su bahía era la ideal
entre todas las visitadas...'' Hay que ir a
las páginas de Una vida, un tren, para
conocer al detalle los pormenores no sólo de
este invento, sino de la personalidad de
Claude. Verdad o ficción, Martín no descuida
los datos y de pronto la obra parecería
convertirse en un informe de ingeniería, pero
sin que perdamos jamás interés en su lectura.
Todo lo contrario, ya estamos sumergidos de
cabeza y de ahí saldremos con un mayor
conocimiento. No por gusto Santiago Martín,
además de crítico de teatro, ópera y ballet,
es también ingeniero. Esta faceta de su vida
no lo separa de las otras sino, por el
contrario, las nutre, como hombre renacentista
que parece ser. De ahí que también ejerza la
labor de promotor cultural desde la fundación
Apogeo, creada por él hace un par de años.
Vuelven a pasar los años y hace su aparición
ese tercer personaje, Enrique, que no es otro
que el propio Santiago Martín. Lo vemos desde
la cuna, y lo seguimos en sus andanzas de niño
y de joven. Claude está muerto hace años, y
también el Santiago que vio con ojos de niño
asombrado el viaje de La Junta, la primera
locomotora. Ahora son los años 60. Plena
Revolución cubana. Los espíritus de Claude y
Santiago --convertidos en guardianes
celestiales de este Enrique/Santiago--
servirán de enlace a la tercera parte del
libro.
El personaje de esta etapa crece y vive ya
entre Matanzas y La Habana. Siempre fiel a los
suyos, especialmente a su madre, Clara Elsa.
Se hace ingeniero y promotor cultural, y
seguimos su vida, como si abriéramos un libro.
Su viaje de trabajo a la antigua Unión
Soviética, sus amigos, sus alegrías, sus
enojos, sus sueños. Y también, la vuelta a la
fe, los milagros, la aparición de la Virgen de
las Mercedes, y su nueva devoción a San
Lázaro. Sólo por milagro, cree, que haya
podido lograr la salida hacia México, hacia
Querérato, donde se establece, --tras un
primer viaje, que la inminente muerte de su
padre acortó--, al mismo tiempo que sus amigos
Abel y Martha. Pero llegan a Querétaro y allí
desarrolla una activa vida cultural. Seis años
bien aprovechados, como diría luego. Un paso
más, y cruzará la frontera. Un paso más y
estará en Miami.
Leer este relato testimonial es leer un mapa
biográfico de Cuba, de los cubanos. Pero
Santiago Martín no ha tenido reparos en
contarlo todo, con pelos y señales.
Es una lectura muy refrescante, hermosa y
obligada para mirarnos en ese espejo que es
Una vida, un tren.
•
BelkisBell@Aol.com |