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© 2010 Santiago Martín
ISBN: 978-1-934804-58-2
250 páginas, encuadernación rústica.

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Cinco preguntas a Baltasar Santiago
Entrevista a Santiago Martín
por Luis de la Paz
Diario Las Américas


Lea "El tren y la vida de George Claude y Santiago Martín"
por Belkis Cuza Malé - El Nuevo Herald

 

Una vida, un tren

Novela de Santiago Martín

Conozco a Santiago Martín (Matanzas, Cuba, 1955) desde que nació, y los rumbos que ha tomado su vida, siempre marcada por su talento, su manera de ser y sus valientes decisiones.

Mucho me honra hacer unas líneas para saludar ésta su primera novela, en la que se aparta de la poesía erótica de Amaos los unos a los otros, de la sátira política, mejor entendida por quienes -como él- conocimos y sufrimos el drama cubano, tema de su Esperando el velorio, y de la poesía y el ensayo de tema político, más profundos aunque no carentes de humor, de Calentando el bate, para ahora llevarnos de la mano, a bordo de un antiguo tren, en un viaje lleno de anécdotas, cultura, historia, nostalgia, recuerdos, y un extenso caudal de noticias e información que cubre más de siglo y medio de logros de la mente humana, a veces desconocidos hasta por los más eruditos, todo ello insertado de forma amena en la trama de Una vida, un tren .

En palabras del propio autor, “si novelar la vida de ese genio francés que fue el ingeniero Georges Claude satisface a su alma atormentada por el olvido, y su titánico intento de obtener energía del fondo del mar matancero es reconocido y retomado por los ingenieros del Siglo XXI, esta novela, canto de alabanza también a los genios que como él han hecho de las Matemáticas, la Física y la Química las llaves mágicas para sacarnos de las cavernas y llegar a la Luna de verdad, habrá cumplido su cometido, porque el hombre que escribe debe hacerlo con un fin elevado, no sólo por hedonismo o en busca de la fama”.

Santiago Martín, que se autodefine como un ingeniero que escribe, y que trata de promover el arte como remedio para mejorar el género “humalo” (Cuenca, Arturo. 2008. D.R.), ofrece en la tercera parte del libro su vida novelada, tutelada por Santiago I, el espíritu de aquel niño que en la primera parte espera ansioso la llegada del tren a Matanzas, y por Georges Claude, el inventor de las luces de neón, el cine sonoro y las lámparas fluorescentes de la segunda; siempre bajo la protección del mil veces milagroso San Lázaro, con la esperanza de que su testimonio personal muestre la triste realidad cubana a partir de 1959 a aquellos hermanos hispanoamericanos que han preferido mirar hacia el otro lado, atrapados en ese antiamericanismo trasnochado que los ha cegado, sin querer ver que una dictadura de izquierda es tan condenable o más que una de derecha; y que Barak Obama, el primer presidente afroamericano de los Estados Unidos, rescate el principio de Claude para dotar a Norteamérica y al Mundo, donde sea aplicable, de una fuente más de energía, no dependiente del petróleo, con la posibilidad adicional de desalinizar parte del agua de mar empleada y hacerla potable; en momentos en que, en los Estados Unidos en particular, y en el mundo en general, todos clamamos por cambios basados en la ciencia y la conciencia, mientras en la Isla querida las palmas siguen siendo novias que esperan.
Gracias, Santiago Martín, por todas tus entregas.

                                    Lionel Rodríguez de la Torre.

 

 

 


Prólogo
Prólogo histórico ficcional
Por Eduardo Lolo
Escritor y profesor
 

Detrás de cada novela se oculta una historia verdadera que sirviera de patrón o inspiración inicial al novelista. Luego, en el proceso de creación, la ficción como que adquiere vida propia: la realidad de lo que pasó se muta en la existencia de lo que pudo haber pasado o pudiera pasar, en lo que los antiguos llamaron imitatio. Hasta los personajes, liberados de las personas de donde emergieran, a veces se rebelan contra el narrador, de alguna forma conquistando cierto grado de autonomía. Al final del proceso quedan la realidad y el autor como padres de una nueva vida, ya del todo independiente de ambos una vez consumado el parto: ha nacido una novela.

En algunos casos, sin embargo, esa historia verdadera que actuara de génesis se niega a desaparecer; es más: ni siquiera se resigna a permanecer entre las sombras y pugna por quedar en primer plano, en un desafiante intento de convertir al lector en testigo de los hechos narrados. Surge así la llamada “novela histórica”.

Este tipo de narración se caracteriza por presentar una fábula desarrollada en medio de eventos históricos, entendiéndose como tales hechos que hayan existido previamente al acto de la escritura. Para darle verosimilitud a su ‘historia’, el autor crea sus personajes basados en personas que existieron en realidad o se aceptan como existentes por sus posibles lectores, y basa la trama de la novela sobre acontecimientos conocidos y/o comprobables o tenidos de esa condición. El subgénero no es nada nuevo en literatura: existen casos antiguos de narraciones históricas en prácticamente todas las lenguas y culturas, aunque no fue sino hasta el siglo XIX que se hizo popular en el mundo occidental.

En el siglo XX la novela amplió sus fuentes documentales más allá de la historia en tanto que hechos acaecidos. Para ello viajó a zonas inexploradas, poco utilizadas, o del todo ignoradas por la narrativa con anterioridad, tales como el subconsciente o las recetas de cocina, por señalar dos ejemplos extremos. La prácticamente ilimitada experimentación de los “ismos” que caracterizaron la centuria, permitió a los autores incorporar a la narración cualquier cosa; a éstos no solamente ya nada humano les fue más ajeno: ni siquiera lo sobrehumano lo sería ya jamás. Como resultado de todo lo anterior, la novela del siglo XXI llega a la vida con un legado tan amplio como libre y sólido. Semejantes amplitud y solidez combinadas a la libertad crean las condiciones para una refundación del género que muy bien pudiera dar vida a una nueva poética narrativa.

Pero dejemos que el tiempo confirme o refute esa temprana conjetura de crítico literario trasnochado. Mientras, tenemos en las manos Una vida, un tren. Novela de ficción histórica en tres partes, de Santiago Martín. A través de la misma el lector puede viajar (y utilizo el término casi que de forma literal) por varias vidas, tiempos, lugares, y hasta diferentes planos astrales (¿reales, ficticios?) por donde se mueven sus personajes. La historia, sin embargo, no trata de suplir a la ficción en la trama, o viceversa: ambas conviven y se complementan mutuamente, logrando a la postre una posible realidad artísticamente verosímil, aún cuando determinados lectores no quieran (o no puedan) aceptar algunos de los aspectos de la imitatio de Santiago Martín.
Los personajes reales ‘conviven’ en esta novela con personajes de ficción creados por el autor o tomados por éste de otras narraciones, con lo que el texto se enriquece de intertextualidad. Los seres humanos —tanto aquellos de raíz real como ficcional— se ‘mezclan’ con los dioses (antiguo recurso retórico de probada eficacia) de diferentes religiones o mitologías, de acuerdo al punto de vista del lector. Es más, los personajes que mueren siguen existiendo e interactuando con aquellos que permanecen vivos. Y todo ello sin menoscabo de la verosimilitud dramática del texto.

Desde el punto de vista estructural, a la narración propiamente dicha se le unen, ampliándola a manera de experimentación, un copioso material gráfico y largas citas de textos noticiosos y hasta científicos; algo así como una extraña y por ende novedosa mixtura de ponencia histórica y/o científica con la leyenda.
 

Las dos primeras partes mantienen una evidente unidad de estilo y ritmo narrativo; hay matices en los personajes secundarios y casi todos tienen una justificación dramática en la narración; la urdimbre de ficción y realidad es artísticamente verosímil, etc. Personajes reales de quienes no se sabe si tuvieron contacto alguno entre sí, se encuentran y conversan con toda naturalidad. A ellos se unen personajes de ficción creados por Santiago Martín u otros autores, salidos de otras novelas para aparecerse aquí sin pérdida alguna del decorum dramático. Los observan y deciden (o influyen) sobre sus vidas diversos espíritus y deidades de fuentes varias que, al parecer, logran en el “más allá” una fraternal convivencia desconocida entre sus excluyentes cófrades en el “más acá”. Y todo ello en movimiento, comenzando con la mítica llegada del tren a la ciudad de Matanzas y la huida (en tiempo, espacio, e inclusive en esotérico plano vital) de los personajes y hasta las mismas aguas de la bahía en viaje térmico como fuente de energía.

La tercera parte rompe con las dos anteriores: de distante historia pasada se convierte en presente recién vivido, casi en progreso; de los hechos acaecidos a otros, pasa a ser el devenir (más bien el departir) propio del creador. La perspectiva del autor omnisciente y apartado de la narración desaparece para incorporar la óptica del autor-personaje, siempre adolorida de pasado inmediato. Dicho cambio determina entonces que lo que en las dos primeras partes era ficción histórica, se transmute en esta tercera y última en autobiografía. Pero con una perspectiva que en nada se vuelve condescendiente con su personaje principal, que es el defecto básico de la mayoría de las entregas del subgénero. En este caso el auto-retrato del personaje no oculta sus propios defectos y contradicciones. Por ejemplo: queda claramente descrito cómo su aparente doble cara ideológica en México (la conocida “careta” del socialismo) lo hace sospechoso de traición para el gobierno cubano al tiempo que es visto como posible agente del mismo gobierno por algunos de sus anfitriones mexicanos, o cuando su indiscutible honradez por una parte no impide que time o estafe a una compañía de llamadas telefónicas por la otra, etc., etc. Una vez consumada su incorporación al exilio, el personaje-autor se dedica a escribir contra el gobierno castrista para publicar, fundamentalmente, en una revista editada fuera de Cuba que muchos consideran parte de la estrategia de supervivencia del propio gobierno de los Castro.

La fusión de historia y ficción de esta novela comienza y termina con su propio creador. Conocí al autor en Cuba muchos años atrás, cuando éste era un talentoso adolescente. Sin embargo, vine a tener conocimiento de la existencia de Santiago Martín hace muy poco tiempo. ¿Cuál es real?

Si esta novela trata de una vida que es, a su vez, muchas vidas, bien pudiera ser también la mía o la del lector (o lectora) que la tiene ahora entre sus manos. Y si vamos por el mundo como vagones engarzados en un tren, yo (o Ud., o él, o ella) haríamos muy bien identificándonos con uno de esos coches en movimiento por el tiempo, tirados con fuerza por la vida y la muerte. Siempre nos quedará el consuelo de imaginarnos siendo incluso después de haber sido.

Termino/comienzo mis palabras dando a conocer un último descubrimiento con relación al libro que tienen en las manos: se anuncia ya en el mismo título que esta novela de ficción histórica tiene tres partes. Pues bien: tal número es, asimismo, fantasía. Esta novela consta, en realidad/ficción, de cuatro partes: la autoría de la última corresponde a Ud. con su respuesta una vez concluida la lectura de las páginas que siguen. Ahora, ¡a bordo todos, que estamos a punto de partir!

                   Miami, invierno de 2008


La vida es un tren

Por Luis de la Paz
DeLaPazL@aol.com
Diario Las Américas, 12 de mayo, 2011


El escritor cubano Santiago Martín (Matanzas, 1955) nos entrega en Una vida, un tren (Alexandria Library, Miami, 2010), una novela deliciosa. En este caso, la condición de ingeniero estructural del autor, le aporta al libro un interés particularmente curioso. Se trata de una reveladora pieza histórica-literaria, donde a veces es difícil (y en muchos casos la realidad no importa mucho) discernir entre rigor investigativo y ficción.
La novela está ordenada en tres etapas. Comienza en la primera mitad del siglo XIX con el personaje de Santiago y la llegada del ferrocarril a la ciudad de Matanzas. La segunda se desarrolla en torno al científico francés Georges Claude. Para el cierre, la vida de Santiago Enrique bajo el castrismo. La novela traza en su conjunto una elipse entre etapas, que finalmente se interrelacionan, cuando Santiago y Claude “apadrinan” y “guían” al joven Santiago Enrique en su vida.


En esta novela nada es gratuito. El autor ha diseñado un libro que desde la primera página ejerce control sobre el lector. La documentación de muchos sucesos con fechas, ilustraciones y recortes de prensa, así como una serie de insertos de ficción colocados con perfecta precisión, sirven para armonizar la narración.

 

Santiago Martín le rinde homenaje a su ciudad, Matanzas, a sus personajes célebres como el poeta José Jacinto Milanés y el compositor José White. Reconstruye, sobre crónicas y artículos aparecidos en la prensa, eventos sociales y culturales, acontecimientos relevantes que marcaron el crecimiento y desarrollo de la región, que alcanzó el título de La Atenas de Cuba. También “permite” encuentros que no tuvieron lugar, como el de Gertrudis Gómez de Avellaneda con José Jacinto Milanés, entre otras anécdotas que hacen aún más ameno el libro.
Esos juegos con la historia (la real y la inventada), hacen coincidir en la travesía inaugural del célebre barco Márquez de Comillas, al compositor cubano Ernesto Lecuona con el científico Georges Claude, quien viaja a Cuba con su invento de las luces de neón, y sus investigaciones para producir energía eléctrica desde el mar. A todas estas, en el mismo barco, siguiendo muy de cerca a Claude, viaja el detective Hércules Poirot.


Si las dos primeras partes del libro permiten disfrutar de los encantos y avances de Cuba, y en particular de la Matanzas del siglo XIX y parte del XX, la tercera, que se inicia en 1955, muestra un creciente deterioro, abandono y destrucción. Lo que antes fueron etapas placenteras y brillantes, todo es derrumbe en el marco de la revolución castrista. El personaje de Santiago Enrique (que a pesar de los obstáculos lograr estudiar ingeniería y finalmente salir de Cuba y continuar su labor en México), ha de enfrentar muchos momentos espinosos. En estas circunstancias, las apariciones de “sus padrinos” y la fe religiosa, sobre todo en San Lázaro, juegan un papel fundamental en esa parte de la novela.


Santiago Martín en Una vida, un tren, arma un rompecabezas de muchas piezas, donde cada pedazo encaja con precisión. Con una prosa fluida y convincente, el autor nos traslada al pasado, nos sitúa allí un tiempo, hasta que nos vuelca de repente en el patético presente de la Cuba contemporánea, donde todo es doloroso.
 
 

 


El tren y la vida de George Claude y Santiago Martín

POR  BELKIS CUZA MALE
Especial/El Nuevo Herald
domingo 9 de mayo de 2010

 

La vida es un tren, dicen poetas y filósofos. Y también los que miran con ojos mágicos pasar el tiempo. Y nada más oportuno que ese título, Una vida, un tren, escogido por Santiago Martín para su libro recién publicado por Alexandria Library, de Miami.
 

La novela --yo la llamaría mejor relato testimonial-- abre con la construcción del primer ferrocarril en Matanzas, Cuba, y de modo riguroso y detallado, de la mano del niño Santiago, vemos multiplicarse en la zona los caminos de hierro, al igual que las locomotoras, desde que La Junta hizo su recorrido en el primer tramo entre Matanzas y Guanábana. Pongan atención: estamos en 1845.
 

La narración es bellísima y logra su cometido: mostrarnos no sólo ese hecho memorable de la construcción del ferrocarrril, sino, la vitalidad de una ciudad que ya era llamada La Atenas de Cuba, por la pasión con que descollaban allí las artes y las letras. En medio de este recuento histórico, el autor aprovecha para darle vida a dos grandes escritores cubanos, José Jacinto Milanés y Gertrudis Gómez de Avellaneda, lo que constituye una fina muestra del talento de Martín para recrear una escena casi teatral. Al reunirlos ficticiamente en un espacio de tiempo muy especial en la vida de la Avellaneda, tras su vuelta a Cuba, Martín intenta lo que parecería imposible, que dos genios literarios se admiren y quieran. Recuérdese que la Avellaneda, a pesar de la coronación en el teatro Tacón, y luego en el Liceum de Matanzas, no era querida por muchos. Su vuelta a Cuba, casada ahora con Verdugo, quien había sido gobernador de Cienfuegos, de Cárdenas y luego de Pinar del Río, la distanciaba de los cubanos, según algunos. Pero, gracias a Martín, le seguimos los pasos tras la muerte de Verdugo, envenenado con una taza de chocolate que estaba destinada a la poetisa, hasta que se marcha para siempre de la Isla.

 

Cambia el espacio de tiempo y estamos ahora en los años 20. De seguro no son muchos los que recuerden a George Claude, el inventor de las luces de neón. Ni siquiera los matanceros, donde el científico e inventor realizó una de sus proezas, la de intentar producir enegía eléctrica usando las capas submarinas a diferentes temperaturas. El espectáculo en torno suyo y las peripecias de los casi tres años que vivió en Cuba marcaron de modo muy especial a esa ciudad. La llegada del francés a Matanzas, en 1927 --alternada con varios viajes a Nueva York, Italia y París, en el periodo de tres años-- dotaron de una inusitada vitalidad a la zona, y su experimento encontró siempre eco en El Imparcial, el periódico local.
 

¿Cómo y por qué un científico y millonario de la talla del francés George Claude escogió la bahía de Matanzas para producir electricidad sin combustible? ``(...) El hombre escogió Matanzas --nos dice Martín-- porque la topografía del fondo de su bahía era la ideal entre todas las visitadas...'' Hay que ir a las páginas de Una vida, un tren, para conocer al detalle los pormenores no sólo de este invento, sino de la personalidad de Claude. Verdad o ficción, Martín no descuida los datos y de pronto la obra parecería convertirse en un informe de ingeniería, pero sin que perdamos jamás interés en su lectura. Todo lo contrario, ya estamos sumergidos de cabeza y de ahí saldremos con un mayor conocimiento. No por gusto Santiago Martín, además de crítico de teatro, ópera y ballet, es también ingeniero. Esta faceta de su vida no lo separa de las otras sino, por el contrario, las nutre, como hombre renacentista que parece ser. De ahí que también ejerza la labor de promotor cultural desde la fundación Apogeo, creada por él hace un par de años.
 

Vuelven a pasar los años y hace su aparición ese tercer personaje, Enrique, que no es otro que el propio Santiago Martín. Lo vemos desde la cuna, y lo seguimos en sus andanzas de niño y de joven. Claude está muerto hace años, y también el Santiago que vio con ojos de niño asombrado el viaje de La Junta, la primera locomotora. Ahora son los años 60. Plena Revolución cubana. Los espíritus de Claude y Santiago --convertidos en guardianes celestiales de este Enrique/Santiago-- servirán de enlace a la tercera parte del libro.
 

El personaje de esta etapa crece y vive ya entre Matanzas y La Habana. Siempre fiel a los suyos, especialmente a su madre, Clara Elsa. Se hace ingeniero y promotor cultural, y seguimos su vida, como si abriéramos un libro. Su viaje de trabajo a la antigua Unión Soviética, sus amigos, sus alegrías, sus enojos, sus sueños. Y también, la vuelta a la fe, los milagros, la aparición de la Virgen de las Mercedes, y su nueva devoción a San Lázaro. Sólo por milagro, cree, que haya podido lograr la salida hacia México, hacia Querérato, donde se establece, --tras un primer viaje, que la inminente muerte de su padre acortó--, al mismo tiempo que sus amigos Abel y Martha. Pero llegan a Querétaro y allí desarrolla una activa vida cultural. Seis años bien aprovechados, como diría luego. Un paso más, y cruzará la frontera. Un paso más y estará en Miami.
 

Leer este relato testimonial es leer un mapa biográfico de Cuba, de los cubanos. Pero Santiago Martín no ha tenido reparos en contarlo todo, con pelos y señales.
 

Es una lectura muy refrescante, hermosa y obligada para mirarnos en ese espejo que es Una vida, un tren. • 
 

BelkisBell@Aol.com 

 

Sinopsis de la novela Una vida, un tren,
de Baltasar Santiago Martín

Una vida, un tren es una novela de ficción histórica en tres partes, que comienza en 1842 y concluye en el 2008.

Santiago es un niño matancero que espera con impaciencia la llegada del ferrocarril a su ciudad. Durante la construcción de la vía férrea tiembla la tierra tres veces en Matanzas, y los negros esclavos se lo atribuyen a la ira de Changó, la deidad yoruba del rayo y del trueno, que se opone a que el tren se convierta en atributo de su rival Oggún, dueño de todo lo de metal y del transporte, y una gran sesión espiritista así lo confirma, pero Olofi (Dios) convence a Changó para que acepte el tren, pues la energía que lo moverá le pertenece.

Inaugurado el ferrocarril, el desarrollo económico de Matanzas se acelera, y en 1860 la ciudad se declara “La Atenas de Cuba”, donde Santiago juega un papel importante como dueño de la librería El Pensamiento y traductor de francés. Estalla la guerra en 1868 contra España, y Santiago es apresado y luego deportado a la metrópolis por conspirador, de donde logra viajar a París, su sueño dorado.

En la capital francesa consigue trabajo en una escuela como profesor de francés y español, y traba amistad con un          colega que le pide que le dé clases particulares a su hijo Georges (Claude), lo cual acepta.

Santiago regresa a Cuba, y su pupilo se convierte en una gran ingeniero, que inventa, entre otras muchas cosas, los anuncios lumínicos de neón, que lo hacen millonario.

Pero la verdadera obsesión de Claude es aplicar el principio del gradiente térmico marino para obtener energía eléctrica, y decide trasladar la planta piloto que logró hacer funcionar en Bélgica para la bahía de Matanzas, luego de un bojeo previo en su yate Jamaica por toda la isla de Cuba.

En 1928 -ya Santiago ha muerto- comienza la construcción de la planta en Uvero Alto, y después de dos intentos fallidos, el 7 de septiembre de 1930 logra instalar la tubería de dos kilómetros de largo en la bahía matancera, y hacer funcionar la planta, pero sorpresivamente abandona el país, a pesar del éxito alcanzado, para ponerse al servicio del gobierno fascista de Benito Mussolini, y después de Adolfo Hitler, con quien colabora intensamente durante la ocupación alemana de Francia.

Derrotado Hitler, Claude es condenado a cadena perpetua en 1944, pero cinco años después se le conmuta la pena y muere en 1960, a los noventa años, con la añoranza de volver a Matanzas. Lo que no pudo lograr en vida lo logra en espíritu, y en Matanzas se reencuentra con Santiago, quien le explica el funcionamiento del mundo sobrenatural y lo convence para “apadrinar” a un niño matancero, en plena revolución de Fidel Castro.

En esta tercera parte de la novela, el niño Santiago Enrique comparte las aficiones de sus dos tutores por el transporte, y se convierte en ingeniero civil estructural y en profesor universitario, donde una tesis de grado que asesora lo lleva a investigar la historia y el trabajo de Claude en la bahía, hasta convencerse de que el francés desea que se le reivindique, y escribe esta novela con su historia.