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Cuba. La batalla de ideas
Carlos
Alberto Montaner
352 páginas
6" x 9"
Encuadernación: Rústica
ISBN: 978-0-9816178-1-7
© 2008, Carlos Alberto Montaner
Adquiéralo
por $29.95 enviando un cheque,
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Firmas Press
2333 Brickell Avenue,
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Miami, FL 33129
(Esa cantidad cubre los gastos
de franqueo e impuestos)
Desde
sus inicios, el gobierno cubano, y muy especialmente Fidel
Castro, han tratado de justificar la dictadura, que ya lleva
medio siglo, con cierta racionalidad discursiva montada
sobre sofismas, medias verdades y francas mentiras. A ese
descomunal y constante esfuerzo por ocultar la realidad, le
han llamado "la batalla de las ideas". En este libro, el
autor decide participar en esa batalla, aborda los
argumentos del gobierno, uno por uno, y demuestra la
falsedad o la debilidad que los caracteriza.
CARLOS ALBERTO MONTANER es
autor de más de veinte libros de ensayos y narraciones.
Publica una columna semanal en decenas de diarios de Europa,
Estados Unidos y América Latina. Ha sido profesor
universitario. Salió de Cuba en 1961 y se radicó en España a
partir de 1970. En 1990 fundó la Unión Liberal Cubana con el
objeto de impulsar en Cuba una transición pacífica hacia la
libertad y la prosperidad.
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ÍNDICE
Prólogo. La
lucha por la libertad
Debates
-
Deconstruyendo a Fidel Castro
-
Refutación a Felipe Pérez Roque
-
Debate con Ignacio Ramonet
-
El Che Guevara y las cosas que
hacen los progres
-
Anatomía de la represión
La transición
-
Castro contra sus herederos
-
El futuro democrático de Cuba
-
El síndrome del pesimismo
totalitario
-
Cuba y las claves de la transición
española
-
Conversaciones en los funerales
del Comandante
-
Estados Unidos y el futuro
democrático de Cuba
-
Las huellas morales de la revolución
comunista
-
La transición
o el desastre
José Martí
La identidad conflictiva
-
Cuba y USA o cómo la geografía
define la historia
-
El paraíso a 90 millas: vista de
la Florida desde Cuba
-
La identidad mestiza
-
La imagen de los cubanos o el
estereotipo mutante
-
La lucha entre Ricky Ricardo y
Tony Montano
-
La Habana:Historia breve de una
ciudad encantada
-oOo-
PRÓLOGO
LA LUCHA POR LA LIBERTAD
I
En la madrugada del
primero de enero de 1959 nos sucedió lo que a miles de familias
cubanas: alguien llamó para avisarnos que Batista había huido.
Inmediatamente sentí una rara felicidad que jamás había
experimentado. Aunque sólo tenía quince años, gozaba (o padecía) de
una monstruosa precocidad, no tan infrecuente en Cuba, acaso
provocada por una combinación entre el calor, el efecto de las
hormonas y el clima político en que vivía el país, precocidad de la
que sólo me percaté años más tarde, cuando fui padre y abuelo de
adolescentes absolutamente más tranquilos, equilibrados, sanos,
despreocupados e ingenuos de lo que yo era a esa misma edad. En todo
caso, con el triunfo de la revolución me parecía que llegaba al país
una era ejemplar de justicia y honradez con la que yo soñaba y
quería colaborar.
Cuando amaneció, tomé
el auto del laboratorio de productos médicos donde me desempeñaba
como vendedor en las farmacias de La Habana (en esa época estudiaba
de noche en el Instituto del Vedado), y con mi hermano mayor y otros
jóvenes amigos salí a recorrer la capital para ponernos al servicio
del nuevo gobierno que comenzaba a instalarse mediante la ocupación
de cuarteles, ministerios y la protección de algunos medios de
comunicación. Llevábamos unos brazaletes revolucionarios que no
recuerdo quién aportó al grupo. Nuestro propósito era buscar armas
para evitar que los partidarios de la dictadura pudieran reaccionar
y tratar de recuperar el poder, pero no tardamos en obtener la
primera señal de que el desplome del gobierno era irreversible. Como
a las nueve de la mañana nos detuvo una perseguidora de la policía
de Batista. Temimos que pudiera ocurrir lo peor, pero no fue así.
Muy cortésmente, quien parecía ser el jefe de la patrulla nos rogó
que manejásemos con cuidado, nos deseó suerte y nos dijo que era muy
afortunado que Batista se hubiese largado del país. Nos preguntó, de
paso, si le podíamos regalar unos brazaletes. Supongo que se los
dimos. Era evidente que no sólo estaban derrotados: estaban
totalmente desmoralizados.
II
Mi adhesión al
castrismo, no obstante, duró muy poco. El desencanto, como les
sucediera a tantos millones de cubanos, llegó de forma gradual, pero
en una secuencia casi vertiginosa. Tras la alegría de los primeros
días, me sacudió el desagradable impacto del espectáculo indigno de
unos juicios públicos sin garantías procesales y los fusilamientos
de los militares condenados por torturas y asesinatos. Asistí como
simple observador al juicio que le siguieron al director del
Instituto del Vedado, un profesor de apellido Duarte que
aparentemente no había cometido otro delito que el de ser batistiano,
y no pude sentir otra cosa que pena por aquel hombre humillado y
aterrorizado al que insultaban desde la gradería. Creo que lo
sentenciaron a ocho o diez años de cárcel. Pocos, para las extensas
condenas de ese periodo. Muchos, si se tiene en cuenta que no era
responsable de ningún hecho criminal.
Sin embargo, no fue
esa injusticia, sino otra, la que me dejó una intensa huella.
Recuerdo con total nitidez mi primera discusión pública en la que
tomé una posición absolutamente anticastrista. Fue en el Instituto
del Vedado, durante una asamblea convocada por razones que he
olvidado, cuando el debate se desvió al candente tema de un nuevo
juicio impuesto por Fidel a unos pilotos de la fuerza aérea de
Batista cuando el primer tribunal revolucionario los absolvió porque
no había encontrado pruebas con las cuales poder condenarlos. Me
pareció un hecho terrible que el jefe de la revolución ignorara las
sentencias de sus propios jueces y forzara un nuevo proceso, esta
vez condenatorio. Para mayor alarma social, Félix Pena, el
presidente del tribunal desautorizado por Fidel, un capitán de la
Sierra Maestra, se había dado un balazo en la cabeza.
Hasta ese momento –las
primeras semanas– mis objeciones a la revolución no eran
ideológicas, sino humanas y, si se quiere, políticas: no me gustaban
los fusilamientos, ni las turbas que gritaban paredón, ni la manera
absolutamente autoritaria con que Fidel Castro había iniciado su
gobierno. Pensaba, como casi todo el país, que la revolución se
había efectuado para restaurar las libertades y recuperar la
democracia liquidada el 10 de marzo de 1952. Se decía, es cierto,
que los comunistas comenzaban a controlar la revolución, pero no
existía un testimonio o unas pruebas claras que lo demostrara, hasta
que se produjo la sensacional denuncia del jefe de la fuerza aérea
revolucionaria, el comandante Pedro Luis Díaz Lanz: había, en
efecto, según sus palabras, un plan secreto para desviar la
revolución e instaurar un régimen marxista en la Isla. A
continuación, a una velocidad de vértigo se sucedieron la
destitución del presidente Manuel Urrutia, la persecución al
periodista Luis Conte Agüero, un ex compañero de Fidel Castro del
Partido Ortodoxo al que el máximo líder llamaba “hermano”, y el
encarcelamiento del comandante Huber Matos, todos víctimas de sus
convicciones anticomunistas. Ya no era posible seguir dudando.
Para mí, que ya había
cumplido dieciséis años, soñaba con una Cuba libre y estaba a punto
de casarme (lo hice en diciembre del 59), ese giro hacia Moscú
significaba mucho. Había leído en Bohemia poco tiempo antes, con
mucho interés y bastante pavor, la forma en que la URSS había
aplastado la revolución húngara de 1956, y ya había devorado los
primeros libros anticomunistas que entonces circulaban profusamente
en La Habana: La gran estafa de Eudocio Ravines y Darkness at Noon
de Arthur Koestler, novela publicada en español bajo el título de El
cero y el infinito. En todo caso, quise cerciorarme de que, en
efecto, Fidel Castro había tomado el camino de los soviéticos, y
para averiguarlo me dirigí a un maestro de matemáticas que había
conocido cuando estudié en el Colegio Trelles del Vedado. Se llamaba
Raúl Ferrer, era un poeta de verso popular, miembro del PSP, amigo
de mi padre, y siempre había sido muy cordial conmigo. Creo que
luego llegó a ser viceministro de Educación.
La conversación fue
muy franca y nunca dejaré de agradecerle su respuesta transparente.
Le dije que quería saber la dirección real que tomaba el país, dado
que muchas personas estaban preocupadas por el aparente rumbo hacia
el comunismo adoptado por Castro. No le revelé mi aversión a ese
destino, pero él lo adivinó con mucha facilidad, y me respondió más
o menos lo siguiente: “es verdad que el gobierno va a construir el
socialismo, va a ser una etapa muy dura llena de confrontaciones, y
todos los cubanos tendrán que tomar decisiones muy graves porque no
habrá espacio para la indiferencia. Tú mismo”, me dijo, “tendrás que
definirte”.
No había en sus
palabras ni amenazas ni reproches: era la sincera comunicación de un
hecho que él tenía por qué conocer. A fines de 1959, ya una buena
parte de los niveles medios del Partido Socialista Popular
controlaban los mecanismos de seguridad e inteligencia, y
secretamente dirigían el adoctrinamiento en las fuerzas armadas.
Eran los señores y dueños de la represión. Creo que fue entonces
cuando pensé que lo único decente y patriótico que podía hacerse en
ese momento era tratar de impedir por cualquier medio la
consolidación de una dictadura comunista en Cuba, algo en lo que
seguramente ya estaban pensando decenas de miles de cubanos que, de
buena fe, apoyaron la lucha contra Batista.
Mi impresión en esos
tiempos (principios de 1960), forjada en los tres círculos en los
que se desenvolvía mi vida, era que, lejos de estar en una posición
minoritaria y excéntrica, ocurría a la inversa: casi todos mis
allegados rechazaban la instauración de una nueva tiranía, ahora de
signo comunista. En el instituto, donde estudiaba las últimas
asignaturas de bachillerato, creía percibir que la mayor parte de
los jóvenes manifestaba su desagrado con la posibilidad de que se
instaurara un régimen comunista. Muchos de mis compañeros, casi
todos pobres o de niveles sociales medios, blancos y negros,
hablaban de los “ñángaras” con un enorme desprecio. En el Comodoro,
un club de esparcimiento al que solía acudir para jugar squash, la
incomodidad de los socios era aún mayor y más audible, tal vez
porque se trataba de sectores económicos que se sentían (con razón)
amenazados o agredidos por el gobierno. En ese medio los
procomunistas eran la excepción. Por último, en mi sector laboral no
era muy diferente: los farmacéuticos y empleados de botica que
visitaba para venderles medicinas casi invariablemente se mostraban
muy críticos con la revolución. No olvidaré nunca al humilde
mensajero de una botica de Marianao que acabó alzándose (y muriendo)
en Pinar del Río.
No hay duda: en el
primer trimestre de 1960 mucha gente estaba con la revolución, pero
también mucha gente estaba en contra, y era la voz de estas personas
la que prevalecía, al menos para mí. Incluso, el movimiento 26 de
Julio estaba totalmente escindido. En la Universidad de La Habana,
el líder del 26 de Julio, Pedro Luis Boitel, estudiante de
ingeniería, dirigía la facción anticomunista, lo que motivó que
Fidel y Raúl Castro se presentaran en la Colina a apoyar la
candidatura del comandante del Directorio Revolucionario Rolando
Cubelas y de Ricardo Alarcón, actual presidente de la Asamblea
Nacional del Poder Popular. Pocos años más tarde Pedro Luis y
Rolando reanudarían su amistad en la cárcel, donde el primero murió
de sed. Tras una prolongada huelga de alimentos, el gobierno decidió
eliminarlo privándolo de agua. En la Universidad de Las Villas la
oposición al comunismo era aún más enérgica, y Porfirio Remberto
Ramírez, líder de la Federación de Estudiantes Universitarios,
capitán en la lucha guerrillera contra Batista, había vuelto a las
montañas y poco después sería fusilado. Por otra parte, en el noveno
congreso de la CTC había sucedido lo mismo: Fidel Castro
personalmente tuvo que empeñar todo su peso político para evitar la
aplastante derrota de los comunistas. Poco después, el líder
sindical del 26 de Julio, ex secretario general de la CTC, David
Salvador, pasaría a la clandestinidad y, eventualmente, a la cárcel.
Casi nadie quería a los comunistas.
Simultáneamente, ya
había comenzado el asalto final contra los medios de comunicación y
las escuelas privadas; la Iglesia y el gobierno habían tenido
numerosos choques y el país vivía en medio de una honda crispación.
En el Escambray habían surgido las primeras guerrillas campesinas,
casi invariablemente dirigidas por ex oficiales de la lucha contra
Batista, mientras en las ciudades se escuchaban bombas y petardos,
generalmente colocados u ordenados por ex dirigentes de la
revolución, como el ex comandante Aldo Vera, ex jefe de Acción y
Sabotaje del 26 de Julio en La Habana, asesinado años más tarde en
Puerto Rico por la Dirección General de Inteligencia (DGI) cubana.
Se sabía, además, que algunas figuras revolucionarias históricas de
gran relevancia, como el ingeniero Manuel Ray, ex jefe de
Resistencia Cívica, una efectiva organización en la lucha contra
Batista, mérito que lo convirtió en ministro de Obras Públicas del
primer gabinete de la revolución, y el comandante de la Sierra
Maestra Humberto Sorí Marín, padre de la primera Ley de Reforma
Agraria, fusilado en abril de 1961, habían roto con el gobierno o
habían pasado a la clandestinidad, mientras otras personalidades,
como el profesor universitario José Miró Cardona, ex primer ministro
de la revolución, había optado por exiliarse. Ya se podía hablar,
también, de éxodo masivo, y tal vez la manera más acertada de
describir a la sociedad cubana de aquellos tiempos era afirmar que
el país estaba profunda y agriamente dividido en dos fragmentos
radicalmente hostiles.
III
Naturalmente, como no
podía ocurrir de otra manera, las formas de lucha utilizadas contra
Castro eran las mismas que se habían empleado a lo largo de todas
las insurrecciones políticas que conoció la república, especialmente
desde 1930 y 1958. A partir de 1960, los grupos recurrieron a las
guerrillas, los sabotajes y el terrorismo. La diferencia no estaba
en los métodos, sino en la proliferación de grupos, en el origen
católico de los más significativos, y en la presencia de Washington,
que con evidente lucidez en el análisis, pero con una infinita
torpeza en la ejecución de sus planes, no vio la insurgencia
anticastrista como una revolución antidictatorial más, sino como lo
que realmente era: un peligroso episodio de la guerra fría librado a
noventa millas de sus costas, lo que determinó su total
participación en el conflicto, primero brindándoles ayuda militar a
los oposicionistas, pero enseguida controlando casi totalmente a las
principales organizaciones.
Esa injerencia de
Washington determinó que la importancia de los diferentes grupos de
oposición, y, por lo tanto, su poder de convocatoria dentro del
país, se fueran perfilando con arreglo a la cercanía a lo que
entonces, muy genéricamente, se denominaba “los americanos”. Quienes
tenían mejores conexiones con la CIA poseían más dinero, armamentos
y explosivos. Quienes carecían de contacto, apenas contaban con
recursos para enfrentarse a un aparato represivo masivo y sin
escrúpulos que ya comenzaba a tener la letal eficiencia del que
existía en la URSS y sus satélites.
En la oposición casi
nadie sentía la ayuda norteamericana como un baldón. ¿No se había
convertido el gobierno cubano en un satélite de Moscú? ¿No habían
ayudado los norteamericanos a la resistencia francesa a librarse de
los nazis? ¿No había cabildeado exitosamente el 26 de Julio en
Washington para lograr el embargo de armas norteamericanas a la
dictadura de Batista? Entonces ya se conocía que el consulado
norteamericano en Santiago de Cuba había ayudado al 26 de Julio con
una entrega de cincuenta mil dólares durante la lucha contra
Batista, y se pensaba que era perfectamente natural que la gran
democracia norteamericana, que había impedido que los comunistas se
apoderaran de Grecia o de Guatemala en los años cincuenta (como en
su momento celebrara Raúl Roa, luego, inexplicablemente, canciller
de la revolución), ayudara a los demócratas cubanos a resistir la
consolidación del comunismo en la Isla. Al fin y al cabo, cuando
comenzaba la década de los sesenta, el antiamericanismo era una
emoción política casi desconocida en Cuba, apenas sostenida por el
pequeño grupo de militantes del PSP. La Enmienda Platt había
desaparecido en 1934 y el antiimperialismo del primer tercio del
siglo XX casi se había desvanecido entre las jóvenes generaciones.
Incluso, el gran partido de masas de los años cuarenta, el
autenticismo, y la ortodoxia, su derivación, se habían transformado
en agrupaciones anticomunistas, aunque mantuvieran un discurso de
izquierda sostenido por la inercia retórica.
Me hubiera gustado que
el enfrentamiento hubiera sido de naturaleza política, pero el
gobierno no dejaba otra opción que recurrir a la lucha subversiva,
dado que Castro había cerrado todas las puertas a la discrepancia
cívica. Fue en esa atmósfera en la que comencé a participar en los
grupos activos de oposición y, para mí, el inevitable punto de
partida era el mundo estudiantil, concretamente el Instituto del
Vedado, donde en el pasado había establecido una gran amistad con un
líder estudiantil, Alfredo Carrión Obeso, ex vicepresidente de la
asociación de estudiantes. Ya Alfredo estaba en la universidad, en
la Facultad de Derecho, donde se había vinculado a un grupo
“auténtico” fundado por el Dr. Antonio (Tony) de Varona, ex primer
ministro del gobierno de Carlos Prío. La organización se llamaba
Rescate Revolucionario Democrático y formaba parte del Frente
Revolucionario Cubano, una estructura fuertemente apoyada por
Washington a la que pertenecían otros cuatro grupos, aunque la
figura dominante parecía ser el joven médico Manuel Artime, miembro
de la Agrupación Católica Universitaria, ex oficial del Ejército
Rebelde, al que se incorporó en la Sierra Maestra junto a un joven
abogado llamado Emilio Martínez Venegas.
En Rescate, al menos
nosotros, muy poco logramos hacer, más allá de planear
desordenadamente algunas acciones descabelladas que nunca pudimos
llevar a cabo. Hablábamos de fomentar una imposible huelga
universitaria, pero tal vez nuestro proyecto más recurrente era
ayudar a las guerrillas del Escambray y eventualmente unirnos a
ellas, seguramente seducidos por el ejemplo del propio Castro y de
su exitosa aventura insurgente. Con ese objetivo en mente, en el
otoño del 60 viajé a Miami –en esa época todavía se podía tomar un
avión libremente– para entrevistarme con Tony Varona y pedirle que
nos situara unas armas en el Escambray, pero la experiencia no fue
nada estimulante: Tony no me recibió, aunque envió a su secretario
(creo que le llamaban el Chino Zayas) a conversar conmigo. El Chino
me oyó atentamente, pero tal vez porque al fin y al cabo yo sólo era
un muchacho de 17 años, o acaso porque ya ellos tenían los
campamentos en Guatemala y planeaban lo que luego fue la invasión de
Bahía de Cochinos, lo cierto es que no me hicieron el menor caso y
unos días más tarde regresé a La Habana.
Pocas semanas después,
a fines de diciembre de 1960, mi corta y frustrada experiencia como
conspirador llegó a su fin. Nos habían delatado, y en medio de una
redada general de varios cientos de personas, casi todas
desconocidas para mí, con la excepción de Julio Antonio Yebra
(llamado Julio Antonio en homenaje a Mella, compañero de luchas de
su padre), amigo del vecindario y del Club Comodoro, un joven y
brillante médico al que fusilaron a los pocos días, nuestra pequeña
célula compuesta por cuatro personas (Alfredo Carrión, Jorge Víctor
Fernández –que era realmente el jefe– Néstor Piñango y yo) fue a
parar a Quinta y Catorce, donde entonces estaban las oficinas del
G-2, y allí estuvimos retenidos durante varios días de intensos
interrogatorios que todos resistimos con firmeza.
Tras una corta
estancia en la Cabaña, en los primeros días de enero de 1961 comenzó
el juicio. Fue una farsa, en la que los abogados defensores apenas
pudieron conversar con nosotros unos minutos. Las acusaciones eran
muy generales y las sentencias ya venían dictadas desde el
Ministerio del Interior. No nos imputaban ninguna acción concreta
porque, en verdad, prácticamente no habíamos pasado de los
preparativos. Así y todo, las condenas fueron a veinte y veinticinco
años de prisión que mis compañeros de lucha cumplieron casi
totalmente en condiciones terribles, menos Alfredo Carrión, que a
los pocos años de cautiverio fue asesinado a mansalva por un guardia
tras detenerlo después de un intento de fuga. Lo que recuerdo con
emoción de aquellos terribles días es el alto nivel de patriotismo
de los jóvenes presos y la hidalguía con la que marchaban al
paredón, seguros de que valía la pena dar la vida por Cuba si con
ello se trataba de impedir el establecimiento de una dictadura
totalitaria en el país.
Para mi fortuna, yo no
había cumplido todavía los dieciocho años, por lo que, gracias a las
insistentes gestiones de Víctor de Yurre, un amigo de la familia que
había sido una figura destacada de la revolución en los primeros
tiempos –uno de los tres alcaldes que tuvo La Habana a principios de
1959–, se logró que me trasladaran a una prisión de menores hasta
arribar a la mayoría de edad, como todavía señalaba el código penal
entonces vigente. De esa cárcel, en la que estaban recluidos varias
docenas de jóvenes presos políticos –el menor de once años de edad,
los mayores de diecisiete–, pude escaparme junto a otro prisionero,
un combatiente del Escambray llamado Rafael Gerada que había sido
herido en combate. Tras escondernos en La Habana varios días, ambos
conseguimos asilo en una embajada latinoamericana, en la que
estuvimos unos seis meses hasta que obtuvimos los salvoconductos y
abandonamos el país escoltados por los diplomáticos que nos habían
protegido.
Recuerdo, cuando
despegaba el avión, que cantamos conmovidos el himno nacional. Era
el 8 de septiembre de 1961. Estábamos seguros de que pronto
volveríamos a una Cuba libre. Ha pasado casi medio siglo desde
entonces.
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