DR. LUIS AGUILAR LEÓN

Isabel Pérez Farfante de Canet

Si existiera en el exilio, cuerpo vivo de una Cuba agonizante, un Premio Nacional al Mérito, propondría yo que se le otorgara a Isabel Pérez Farfante de Canet, cuya labor callada, tesonera, y, al mismo tiempo, brillante (cualidades que, al contrario de lo que piensan muchos cubanos no son incompatibles) ha plantado con mano firme el nombre de Cuba en una parcela recóndita de la ciencia. Isabel es hoy mundialmente reconocida como una de las mas eminentes autoridades en camarones. Su nombre aparece grabado en el Smithonian Institute de Washington D.C., sus libros han sido traducidos a varios idiomas, incluyendo el japonés y el ruso. Su última obra fue publicada, espléndidamente, hace menos de un año, por el Musée National d’Histoire Naturel de Paris. Y hace apenas dos semanas, el Colegio de Green Vale, en Long Island, New York, inauguró una sección, en su Laboratory of Resources and Research, con el nombre de Isabel Farfante.

Para la inmensa mayoría de los mortales, los camarones son unos pequeños curvos crustáceos, cuyo único destino es ser devorados por los humanos en una placentera diversidad de formas. Algunos “gourmets” han creado variaciones exquisitas para disfrutar aún más la simple operación de ingerirlos. Y todos conocemos la advertencia popular contra la pereza que, por oscuras razones, asegura que el camarón que se duerme (¿es cierto que los camarones duermen?) se lo lleva la corriente. Bajo esa cuota de liviana ignorancia yacen, sin embargo, dos formidables realidades: primera, que la captura y venta de los camarones ha generado en muchos países poderosas industrias de exuberante riquezas; y, segunda, que el estudio de los hábitos y migraciones de esos crustáceos es esencial tanto para la vasta industria pesquera, como para la expansión del conocimiento científico del océano, esa enorme reserva alimenticia que permite nuestra supervivencia.

Pues bien, Isabel Pérez Farfante, cuyo esposo, Gerardo Canet, es notable y conocido geógrafo y economista, descubrió temprano su fascinación ante el maravilloso tejido de la naturaleza, donde todo latido y todo ser responde a un trazo ecológico y donde cada criatura es, simultáneamente, un misterio y una clave para descifrar al universo; y concentró su metódica curiosidad en estudiar las palpitaciones que vibran bajo la incesante fluctuación de las olas. Asi nació su amor, porque toda investigación responde a una vocación amorosa, por esos fascinantes crustáceos que pululan en el océano y que nosotros conocemos como camarones.

En aguas cubanas inició sus pesquisas y clasificaciones, escrutó sus organismos y sus migraciones y llamó la atención del gobierno sobre las riquezas que se movían en nuestras costas. Pero, como todo déspota, Fidel Castro no necesita de sabios. Tras los usuales esfuerzos por hacerse oír, sintiéndose cada vez más asfixiados por el régimen, Isa y Gerardo siguieron la trayectoria de miles de cubanos y partieron rumbo al exilio en los Estados Unidos. Como Oscar Wilde, no trajeron nada que declarar en la aduana. Excepto su talento.

En el Norte se saben cultivar ingenios. Muy pronto Isabel fue invitada a formar parte del Smithonian Institute de Washington D.C., y comenzó a recibir todo el apoyo que necesitaba para ampliar sus conocimientos. A medida que nuestra Isa descubría subespecies de camarones, clasificaba especímenes y ampliaba su contribución al mundo de la ciencia, le fueron menudeando reconocimientos y homenajes. Japoneses de reverentes espinazos solicitaban su apoyo, alemanes de impresionantes nombres estudiaban y citaban sus escritos, lejanos rusos se ponían en contacto con ella, y múltiples instituciones le reconocían su jerarquía. Mientras tanto, Isa, feliz como una hija del fecundo Poseidón, descubría nuevas especies, estudiaba sus rumbos y aventuras e imprimía sobre las espaldas de los indiferentes camarones denominaciones latinas, que los hacían reconocibles a los científicos y naturalistas del mundo. No existe hoy un libro serio sobre los camarones donde no aparezca, en letras insignes, el nombre de Isabel Pérez Farfante.

Como siempre, al brindar este modestísimo homenaje a la obra y al talento de nuestra Isa, cuyo triunfo a todos ennoblece, me roza la frente la sombra de la tragedia cubana. Y pienso, como he pensado tantas veces ante cubanos que han ascendido las duras rocas del exilio, ¡cuantos talentos cubanos, lanzados a los vientos por una implacable dictadura, han echado raíces y dado fruto en tierras ajenas! ¡Que largo desangramiento de las mejores energías de un pueblo! ¡Que trágica e irreversible forma de anemizar a una nación!.

Pero la melancolía debe ser ahogada. En estos momentos, cuando acaban de darle la sorpresa de un nuevo y perpetuo homenaje en Long Island; doblemente agradable porque la institución no le informó que se trataba de un homenaje hasta que ella llegó al laboratorio de “Green Valey”; nuestra Isa sólo se merece un sólido y conmovido aplauso. Al cual añado una liviana curiosidad que sólo ella me puede aclarar. ¿Es verdad que los camarones duermen?. Y si duermen, ¿con que sueñan?.

 

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