DR. LUIS AGUILAR LEÓN

La nieve y la caída de un imperio

Bien me acuerdo cuán tenue y oscura descendía aquella tarde sobre Washington, sombreada por un cerco de nubes grises, de las cuales se desprendían los ingrávidos copos de nieve que formaban la vanguardia del invierno. Sólo la vaga silueta del Capitolio hacía visible su perfil.

Al contemplar el albo manto de la ciudad, pensé, con un suave hálito de melancolía, que acaba de agonizar otro año cargado de recuerdos, y que la vida se escapa tan silenciosa y fugazmente como esos pétalos de nieve que flotan por unos instantes y luego se disuelven, sin queja ni ruido, en la infinita blancura que cubre la tierra. En uno de los museos de la ciudad había visto la reproducción de lo que un pesaroso relojero grabó en el gran reloj de Innsbruck: Vulnerat omni, ultima necat, para que nos sirviera de permanente recordatorio. ``Las horas todas hieren, la última mata''.

Pensé también, con otro tipo de estremecimiento, cómo el panorama de peligros y guerras habían cambiado su fisonomía. Mientras sobre toda la estepa rusa comenzaba a ceñirse el largo abrazo siberiano, el pueblo ruso había encontrado apoyo en los Estados Unidos y vías de abrigo y esperanza en su lucha contra el doble puñal del frío y del hambre. ``¡Rusia, mi amada Rusia, madre de largas noches y blancas esperanzas!'', cantaba Pushkin en 1821, cuando, después de la derrota de Napoleón, el imperio de los zares lucía expansivo, vasto y formidable.

Ciento setenta años más tarde, el férreo imperio de Lenin destruyó al de los zares y, tras enormes esfuerzos, pareció erguir para siempre un sistema basado en la represión y la propaganda. Pero también se derrumbó ese monstruoso sistema, en forma tan asombrosa y total, que a la madre Rusia de Pushkin le quedaron las largas noches y muy pocas blancas esperanzas. Una vez más, sin embargo, Rusia se ha unido al Occidente y marcha con más confianza en el futuro.

Décadas han de pasar, sin embargo, antes de que sea posible medir la magnitud del derrumbe del imperio soviético. Lo que pasma inicialmente en ese caso es el vacío que se ocultaba bajo la imponente estructura del estado ruso. Es difícil de creer que hace apenas una década el régimen soviético se mostraba omnipotente y agresivo, armado con la doble lanza del poderío militar y la fuerza de una ideología que, por un largo rato, atrajo a millones de seres humanos y pareció alzar, en los puños cerrados de sus fanáticos, el dominio del futuro.

Todo ese poderío se ha desvanecido como una tenue columna de humo. Pero hay algo más. El imperio romano dejó tras sí una fecunda herencia de legalidad y justicia; el imperio español sembró naciones y nociones en un vasto continente; el inglés se replegó sobre sí mismo sin estruendo ni caída, dejando en su estela modelos de gobierno y libertades. El imperio soviético, en cambio, cubre su caída con un polvo de odios y crueldades que todavía asombran a la humanidad.

Han de pasar años descifrando cómo fue posible que, sin rebelión ni sublevamiento, sin que un poder enemigo la abatiera en guerra, la Unión Soviética se hiciera polvo.

¿De qué sirvieron tantos años de sacrificios y muertes? ¿Qué sentido tuvo el brutal e inútil experimento de Lenin? ¿Qué se hicieron aquellos ``diez días que conmovieron al mundo?''

Ante el espectáculo, las preguntas se quedan vagando frente a la relatividad de la historia. La amenaza roja que parecía la fragua de un maligno Hefestos que forjaba y destruía a millones, es hoy tema del pasado que casi nadie entiende.

Pero, por el momento, mientras en Washington y Moscú la hoz y el martillo no dejaron rastro bajo la nieve del norte, es preciso mirar hacia el sur, donde existen, en secas montañas de polvo, un enjambre de cuevas que nutre a una amenaza más peligrosa que el comunismo: la de un terrorismo nutrido por un fanatismo religioso que sólo cree en la eliminación física y espiritual de todos a quienes juzga enemigos.

Al sur de Rusia se libra hoy el encuentro. Pero el campo de batalla es amplio. Por eso, aquella tarde que asistí en Washington a una charla sobre el islam y sus guerreros, me pareció que la nieve que caía simultáneamente sobre Moscú y Washington era una especie de unidad simbólica. Ojalá.
 

 

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