La nieve y la caída de un imperio
Bien me acuerdo cuán tenue y oscura descendía aquella tarde sobre
Washington, sombreada por un cerco de nubes grises, de las cuales se desprendían
los ingrávidos copos de nieve que formaban la vanguardia del invierno. Sólo la
vaga silueta del Capitolio hacía visible su perfil.
Al contemplar el albo manto de la ciudad, pensé, con un suave hálito de
melancolía, que acaba de agonizar otro año cargado de recuerdos, y que la vida
se escapa tan silenciosa y fugazmente como esos pétalos de nieve que flotan por
unos instantes y luego se disuelven, sin queja ni ruido, en la infinita blancura
que cubre la tierra. En uno de los museos de la ciudad había visto la
reproducción de lo que un pesaroso relojero grabó en el gran reloj de Innsbruck:
Vulnerat omni, ultima necat, para que nos sirviera de permanente
recordatorio. ``Las horas todas hieren, la última mata''.
Pensé también, con otro tipo de estremecimiento, cómo el panorama de peligros
y guerras habían cambiado su fisonomía. Mientras sobre toda la estepa rusa
comenzaba a ceñirse el largo abrazo siberiano, el pueblo ruso había encontrado
apoyo en los Estados Unidos y vías de abrigo y esperanza en su lucha contra el
doble puñal del frío y del hambre. ``¡Rusia, mi amada Rusia, madre de largas
noches y blancas esperanzas!'', cantaba Pushkin en 1821, cuando, después de la
derrota de Napoleón, el imperio de los zares lucía expansivo, vasto y
formidable.
Ciento setenta años más tarde, el férreo imperio de Lenin destruyó al
de los zares y, tras enormes esfuerzos, pareció erguir para siempre un sistema
basado en la represión y la propaganda. Pero también se derrumbó ese monstruoso
sistema, en forma tan asombrosa y total, que a la madre Rusia de Pushkin le
quedaron las largas noches y muy pocas blancas esperanzas. Una vez más, sin
embargo, Rusia se ha unido al Occidente y marcha con más confianza en el futuro.
Décadas han de pasar, sin embargo, antes de que sea posible medir la magnitud
del derrumbe del imperio soviético. Lo que pasma inicialmente en ese caso es el
vacío que se ocultaba bajo la imponente estructura del estado ruso. Es difícil
de creer que hace apenas una década el régimen soviético se mostraba omnipotente
y agresivo, armado con la doble lanza del poderío militar y la fuerza de una
ideología que, por un largo rato, atrajo a millones de seres humanos y pareció
alzar, en los puños cerrados de sus fanáticos, el dominio del futuro.
Todo ese poderío se ha desvanecido como una tenue columna de humo. Pero hay
algo más. El imperio romano dejó tras sí una fecunda herencia de legalidad y
justicia; el imperio español sembró naciones y nociones en un vasto continente;
el inglés se replegó sobre sí mismo sin estruendo ni caída, dejando en su estela
modelos de gobierno y libertades. El imperio soviético, en cambio, cubre su
caída con un polvo de odios y crueldades que todavía asombran a la humanidad.
Han de pasar años descifrando cómo fue posible que, sin rebelión ni
sublevamiento, sin que un poder enemigo la abatiera en guerra, la Unión
Soviética se hiciera polvo.
¿De qué sirvieron tantos años de sacrificios y muertes? ¿Qué sentido tuvo el
brutal e inútil experimento de Lenin? ¿Qué se hicieron aquellos ``diez
días que conmovieron al mundo?''
Ante el espectáculo, las preguntas se quedan vagando frente a la relatividad
de la historia. La amenaza roja que parecía la fragua de un maligno Hefestos que
forjaba y destruía a millones, es hoy tema del pasado que casi nadie entiende.
Pero, por el momento, mientras en Washington y Moscú la hoz y el martillo no
dejaron rastro bajo la nieve del norte, es preciso mirar hacia el sur, donde
existen, en secas montañas de polvo, un enjambre de cuevas que nutre a una
amenaza más peligrosa que el comunismo: la de un terrorismo nutrido por un
fanatismo religioso que sólo cree en la eliminación física y espiritual de todos
a quienes juzga enemigos.
Al sur de Rusia se libra hoy el encuentro. Pero el campo de batalla es
amplio. Por eso, aquella tarde que asistí en Washington a una charla sobre el
islam y sus guerreros, me pareció que la nieve que caía simultáneamente sobre
Moscú y Washington era una especie de unidad simbólica. Ojalá.