DR. LUIS AGUILAR LEÓN

El poder de los dioses y las masas

En estos momentos en que radicales elementos del islam proclaman ser voceros amenazantes de Alá, me vino a la mente comparar tal actitud, y la de su sociedad, con la de un monje italiano que durante el Renacimiento, una de las épocas más fecundas de la historia de Europa, logró, invocando a otro dios, hincar oraciones en las rodillas del pueblo florentino, obtener poder en Florencia y pagar un alto precio por su hazaña.

El monje se llamaba Jerónimo Savonarola y vivió en Florencia en el siglo XV, cuando el horizonte mundial se dilataba bajo el empuje de las incansables naves portuguesas y españolas; Copérnico alarmaba a la Iglesia con su nueva visión del universo; el proceso ético delineado por San Agustín se desarrollaba. La fe no se había perdido, pero se había desvitalizado, y los hombres dejaban de amar a Dios lo bastante para despreciarse a sí mismos, y comenzaban a amarse a sí mismos lo suficiente como para despreciar a Dios. Las cruzadas contra el islam no eran ya más que un rumor de hierro del pasado; las nacionalidades se afirmaban; los reyes resistían al papa; y Europa comenzaba a dominar el mundo.

En medio de ese fervor primaveral que estremecía el continente, Italia se enriquecía, luchaba y se fragmentaba en ciudades poderosas. Venecia dominaba el Adriático y se expandía hacia las costas de Grecia. Génova la desafiaba. Y mientras, en el centro de Italia, Florencia, rica y floreciente, regida por Lorenzo el Magnífico, le abría las puertas a los artistas que venían a embellecerla. En Florencia la vida se hacía fácil, alegre y peligrosa.

Pero en la inmortal ciudad no todo el mundo pensaba en divertirse. El prior del convento San Marcos, fray Jerónimo, quien había predicado en Brescia y tenía el espíritu ardiente de los profetas bíblicos, se enardecía ante la creciente corrupción de las costumbres. ¡Era preciso combatir el mal! Y su voz colérica y profunda se alzó en Florencia como un trueno inesperado de Dios.

Entonces ocurrió lo sorprendente. La frívola ciudad de mercaderes, poetas y erotismo, tembló ante aquel monje sombrío de restallante palabra. Era el viejo Jehová, iracundo destructor de ciudades el que amenazaba por boca de su servidor. El pueblo escuchaba horrorizado las terribles profecías que llovían sobre él desde aquel púlpito implacable. Florencia sería arrasada si no se arrepentía y sus gobernantes perecerían si no escuchaban sus palabras. La muerte de Lorenzo el Magnífico y la invasión de Italia por Carlos VIII, rey de Francia, parecían ser el prólogo que confirmaba esos augurios.

Como un pecador al borde de la muerte, los florentinos se arrepintieron de sus pecados y confiaron su salvación al poder de su profeta. Jesucristo fue nombrado rey de la ciudad, las fiestas y los trajes lujosos fueron abolidos y larga hileras de niños, vestidos de estameña, recorrían la ciudad prendiendo hogueras donde la gente arrojaba cuadros, joyas, adornos y todos los símbolos de placer. Florencia vivió un arrebato de religiosidad un tanto parecido a los que, a veces, recorren al islam, mientras el pueblo escuchaba arrodillado la voz infatigable del nuevo Reformador.

Pero el forzar a los hombres a arrodillarse es una de las más peligrosas victorias que puede lograr un mortal. Sobre todo si el poder se basa en la devoción religiosa y no en la fuerza de un bien armado ejército. Quienes con amenazas de un duro dios obligan a doblar las rodillas de otros por miedo, terminan exagerando su poder y provocando el resentimiento de los que se han arrodillado. Así ocurrió con Savonarola. Mientras el monje se ensoberbecía con su poder y se rebelaba contra la autoridad del papa Borgia (quien se merecía la rebelión), a quien osó excomulgar (aunque el papa bien se merecía la excomunión), Florencia, como un pecador ya recobrado, se fatigaba de la vida austera y penitente que se le había impuesto.

Las negras predicciones de Savonarola no acababan de cumplirse y cada hermosa mañana florentina devolvía a los hombres su fe en la vida y debilitaba algo más la posición del fraile. Mientras otros enemigos conspiraban contra él, otro monje, partidario de él cometió la locura de desafiar a una prueba de fuego a un franciscano que negaba un punto de Savonarola. Apenas se anunció el bárbaro espectáculo, que consistía en ver quién sobrevivía a una hoguera, los florentinos, con cruel entusiasmo, se movilizaron hacia la plaza y cubrieron todos los balcones de la ciudad. Tras larga espera, el franciscano no apareció, lo cual tornaba a Savonarola en vencedor. Pero la frustración del público se volvió súbito odio. Una ola de ira se desató contra Savonarola. El monje fue acosado, detenido, torturado bárbaramente y muerto. Luego quemaron su cadáver en la Plaza del Vechio, en el mismo lugar donde su voz dominadora había hecho levantar hogueras para consumir los pecados de la ciudad. Y cuenta uno de los testigos del espectáculo que al cadáver le arrojaron tantas piedras ``que más parecía una lluvia''.

Cinco siglos más tarde, cuando en Europa parecía que San Agustín tenía razón y que la fe en algunos líderes como Hitler o Stalin había sustituido a la fe en Dios, otro italiano dominador de multitudes, quien ponía su fe en el estado, pasó por Florencia, se acordó de aquel monje tremendo y ordenó que se le erigiera un busto. El sujeto se llamaba Mussolini. Y tambien pagó muy caro la adoración de su pueblo.

 

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