Las victoriosas derrotas de los cubanos
Hay veces en que contemplar objetivamente el panorama que nos
circunda es tan deprimente que incita al silencio. Hay quien tiene la capacidad
de espolear al entusiasmo para que agite la melena y luzca que está celebrando
una victoria, pero usualmente el gesto se queda ondeando en el vacío o
quebrantado por la realidad. Frente a tal deprimencia, vocablo creado
para expresar la mezcla de depresión y demencia que nos asalta, lo mejor es
refugiarse en el romanticismo del siglo XIX y musitar las aladas palabras de
Alfredo de Musset: ``La boca ha de guardar silencio cuando habla el corazón''.
El problema es que el corazón está más comprometido con la verdad que la
engañosa boca. Por eso, para reflexionar sobre la situación de los cubanos de
ambos bandos, he escogido un título tan enrevesado como enrevesada está la
circunstancia cubana. Los dos segmentos que integran al pueblo cubano, los de la
isla y los del exilio, viven victorias, que son en realidad derrotas, y aceptan
como derrotas las que pudieran ser victorias. De ahí que para los cubanos el
clásico nombre de Pirro, rey del Epiro, debería ayudarlos a entender la
situación. Pirro desafió a la antigua Roma y les ganó dos batallas a los
romanos, pero cuando contó el número de sus soldados muertos, se puso pálido y
comentó: ``¡Por Zeus!, una victoria más y estoy perdido''.
Conservando tal prudencia en la mente, tratemos de ubicar a Fidel Castro, y a
sus espoliques, que son aquellos lacayos que antes corrían delante de los
caballos de los amos y ahora corren delante del dictador. ¿Puede Castro
proclamar victoria? Sin duda. Cuarenta y tres años de dictadura sin que nadie
hoy le signifique reto es impresionante hazaña. Cada vez que quiera, Castro
puede desfilar con miles de cubanos agitando banderitas y culpando al
imperialismo por la nube de mosquitos que cubre a la isla.
Pero Pirro ofreció una buena manera de valorar la victoria o la derrota.
¿Cuál es el precio de la victoria de Castro? Cuba ha pagado uno de los precios
más altos que haya pagado nación alguna. La falta de libertad de todo un pueblo,
el colapso de la economía, el hambre en el campo, el regalarles las playas y las
mujeres a los turistas, el lamerle las botas al ``imperialismo'' americano que
juró destruir, arrestar y golpear a todo el que murmure, es decir, quebrar a
todo un pueblo para terminar rindiéndose al enemigo, ¿es eso una victoria? El
viejo Pirro diría que no. El corazón del pueblo diría que no. La boca de los
espoliques diría que sí. Esa boca que no se atreve ni a preguntar dónde está
Robertico Robaina, aquel flamante ministro de Castro desaparecido en el silencio
del miedo.
Ahora bien, si la ``victoria'' de Castro es una victoria pírrica, si es una
alfombra que cubre un crimen fácil de comprobar, ¿por qué se alzan voces
religiosas y civilizadas, preocupadas por el bienestar de los duros presos
talibanes en Guantánamo, sin que ni una sola voz, ni aun de la alta jerarquía
católica de Cuba, indague y proteste por la situación de los otros presos, de
los presos políticos cubanos, maltratados en la isla? En otra ocasión
examinaremos esa infamia.
Pero veamos, ¿cuál es la posición del exilio cubano en esta situación,
victoria o derrota? A favor del juzgar victoria está, en primer lugar, la
libertad. Los cubanos en la isla no tienen ni un aliento de libertad. Los
exiliados lo tienen: libertad para votar, para opinar, para viajar, etc. La vida
aquí es dura, pero los resultados son evidentes, el cubano aquí puede progresar
económicamente y ser básica ayuda al pobre pueblo de la isla.
En segundo lugar, está lo que han logrado los exiliados individual y
colectivamente. Hay exiliados cubanos en casi todas las ramas del país y del
globo, desde limpiadores de calles hasta presidentes de poderosas compañías;
desde embajadores y consejeros políticos hasta alcaldes electos, científicos y
artistas. ¿Quién no conoce la tendencia de los cubanos a creer que todo lo
saben? Una vez, un joven negrito recién llegado de Cuba, a quien examinábamos
para un oficio, nos dijo que en Cuba él era periodista. ``¡Ah!'', le dije
encantado, ``yo escribía para Prensa Libre, ¿para quién escribías tú?''
``Yo repartía el periódico El Mundo, me dijo con una admirable confianza.
¿Eso implica victoria? No, porque se ha logrado mucho, pero Cuba sigue
esclava, y la prensa americana sigue evadiendo casi toda crítica hacia Castro,
hay grupos hispanoamerianos que simpatizan con Fidel, y la minoría exiliada no
ha logrado quitarles la venda a los que no quieren ver al verdadero Castro. Los
éxitos, además, se han desarrollado fuera de Cuba, y a medida que el tiempo
diezma a las generaciones, el vínculo entre los exiliados jóvenes y la isla
tiende a debilitarse.
¿Es eso una derrota? No, pero tampoco es una victoria. En realidad, ambas
laderas del pueblo cubano se cierran sobre una tragedia. Una tragedia cuya
responsabilidad cae sobre muchos, pero básicamente sobre la ambición y el
egoísmo de un Führer que por un momento se consideró capaz de conquistar
al Africa y hacer polvo a los Estados Unidos. Y miles de cubanos murieron en
Africa y el polvo cayó sobre su propio pueblo. De ahí un dato decisivo. Como
nadie puede hablar de transición mientras Castro esté en el poder, el régimen
agota a diario sus reservas humanas. El exilio y los enemigos de Castro, en
cambio, se renuevan en y fuera de Cuba. La batalla continúa, y otra victoria
pírrica lo puede llevar al abismo.