DR. LUIS AGUILAR LEÓN

La ética y el miedo al apocalipsis

El presidente Bush insiste firmemente en que la única manera de vencer al terrorismo es cambiando nuestro modo de vivir, acaso pudiéramos decir nuestra ética. Es decir, que las armas no bastan si las manos que manejan esas armas no están dispuestas a morir por el pueblo, y si ese pueblo no está dispuesto a vigilar y luchar para que el enemigo no alcance una victoria. Una conducta ajena a sus deberes y de espalda a las responsabilidades no es capaz de rechazar el apocalipsis que sobre nosotros se cierne.

Para comprender mejor ese dilema de la ética frente a un mortal riesgo, conviene añadir una nota de historia. Recordemos que por más de cinco décadas hemos vivido bajo una creciente amenaza de total extinción. Esa presión ayudó a debilitar lo que pudiéramos llamar la ética clásica, aquélla que se refiere a la moral que, teóricamente, había dominado el mundo occidental hasta, aproximadamente, 1918.

¿Cuándo comenzó ese vivir bajo la muerte? Comenzó en agosto de 1945, cuando el Japón, estremecido por dos bombas atómicas, se rindió. Tras cinco años de muerte y destrucción, la Segunda Guerra Mundial llegaba a su final. Miles de seres humanos celebraron la paz con música y baile. Allá en el lejano y menudo Santiago de Cuba, el pueblo cantaba: ``¡Pin, pin, cayó Berlín. Pon, pon, cayó el Japón!''.

Pero tras la amplia celebración, la humanidad, o al menos la humanidad pensante, comenzó a asimilar que algo sombrío y poderoso había cruzado y cambiado el destino de la humanidad. En los cines, las pantallas mostraban la imagen de una nube negra, oscura, amenazadora, que se alzaba hacia el cielo como un hongo maligno que aniquilaba todo a su paso, hombres, insectos, árboles y animales.

Obviamente, la capacidad destructora de esa arma había subido a grados increíbles: un solo avión era capaz de pulverizar una ciudad. En Hiroshima, la bomba había dejado a unos niños que trataron de correr convertidos en dibujos de sombras en algunas paredes. Expresando un extremo pesimismo, un conocido pintor alemán que vio esas ruinas dibujó una frase al pie de uno de sus cuadros: ``La humanidad tiene hoy la capacidad de destruirse a sí misma, una oportunidad que no debemos desperdiciar''.

La posibilidad de ser aniquilados por un ataque provocó reacciones infantiles, como entrenar a los niños a que, si el ataque se daba, trataran de escapar ¡escondiéndose debajo de los pupitres! Ciudadanos mayores soñaban con construir bunkers en los patios de sus casas donde, acumulando agua y alimentos, creían poder sobrevivir hasta que las radiaciones atómicas se disolvieran en la atmósfera.

Todas esas creencias sobre la capacidad de sobrevivir fueron desapareciendo a medida que se aprendía que cada año el poder de las bombas atómicas duplicaba su fuerza. Lo cual significaba que quienes se refugiaran en los bunkers iban a morir en los bunkers. Hollywood contribuía a popularizar el tétrico mensaje con películas como On the Beach o The Day After.

Como señalamos anteriormente, esa noción de la muerte súbita e invencible, agazapada en la conciencia de todo mortal, contribuyó a que la ética occidental aflojara sus términos y que la juventud, que rechazaba la guerra en Vietnam, buscara escaparse del círculo que los rodeaba. Muchos de ellos querían paz y amor; drogas, sexo y rebelión contra el establishment y la autoridad. Ese margen de libertad moral se amplió en 1990 cuando, para asombro del mundo, la Unión Soviética se desplomó sin dejar huella. Los Estados Unidos quedaban como única potencia y, naturalmente, el miedo al apocalipsis se redujo significativamente en América y Europa. ¿Quién se iba a atrever a atacar a los Estados Unidos?

Muchos padres, que se habían sacrificado en la Segunda Guerra Mundial para que sus hijos vivieran mejor, no querían cerrarles ningún camino. Así surgió otra ética que mantenía que nadie tiene que sacrificarse por nadie, que lo que es un deleite debe disfrutarse, y que uno responde sólo a uno mismo: ``Si te gusta, hazlo''. Y la ``patria'' no era un concepto que movilizara emociones. En terreno académico los postmodernistas enseñaron que la ética no existe, ni la historia, ni la filosofía; que nadie es responsable ante nadie; ni las normas de los padres son obligatorias para sus hijos; ni hay que enseñarles camino alguno. Los hijos tienen que encontrar su propio camino, aunque ese camino los lleve a violar la ley o a convertirse en fanáticos del talibán.

Es entonces que estalla el monstruoso crimen del 11 de septiembre. El ataque demostró que los Estados Unidos son muy vulnerables, que cientos de enemigos se están preparando para atacar por todos los flancos, el agua de las ciudades, los subways, los espectáculos deportivos, etc., y que por tanto, y eso es lo más importante, el pueblo americano tiene la necesidad de cerrar sus puños, prepararse para rechazar todo tipo de asalto y respaldar el contrataque americano. La época fácil donde parecía que los Estados Unidos eran invulnerables se acabó. Hoy, según los voceros del gobierno, una ola de patriotismo ha rodado sobre América aun sabiendo que la lucha por evitar el apocalipsis va a ser larga y dura. Pero, a lo que parece, no hay cómo evitarla.

 

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