La ética y el miedo al apocalipsis
El presidente Bush insiste firmemente en que la única manera de
vencer al terrorismo es cambiando nuestro modo de vivir, acaso pudiéramos decir
nuestra ética. Es decir, que las armas no bastan si las manos que manejan esas
armas no están dispuestas a morir por el pueblo, y si ese pueblo no está
dispuesto a vigilar y luchar para que el enemigo no alcance una victoria. Una
conducta ajena a sus deberes y de espalda a las responsabilidades no es capaz de
rechazar el apocalipsis que sobre nosotros se cierne.
Para comprender mejor ese dilema de la ética frente a un mortal riesgo, conviene
añadir una nota de historia. Recordemos que por más de cinco décadas hemos
vivido bajo una creciente amenaza de total extinción. Esa presión ayudó a
debilitar lo que pudiéramos llamar la ética clásica, aquélla que se refiere a la
moral que, teóricamente, había dominado el mundo occidental hasta,
aproximadamente, 1918.
¿Cuándo comenzó ese vivir bajo la muerte? Comenzó en agosto de 1945, cuando
el Japón, estremecido por dos bombas atómicas, se rindió. Tras cinco años de
muerte y destrucción, la Segunda Guerra Mundial llegaba a su final. Miles de
seres humanos celebraron la paz con música y baile. Allá en el lejano y menudo
Santiago de Cuba, el pueblo cantaba: ``¡Pin, pin, cayó Berlín. Pon, pon, cayó el
Japón!''.
Pero tras la amplia celebración, la humanidad, o al menos la humanidad
pensante, comenzó a asimilar que algo sombrío y poderoso había cruzado y
cambiado el destino de la humanidad. En los cines, las pantallas mostraban la
imagen de una nube negra, oscura, amenazadora, que se alzaba hacia el cielo como
un hongo maligno que aniquilaba todo a su paso, hombres, insectos, árboles y
animales.
Obviamente, la capacidad destructora de esa arma había subido a grados
increíbles: un solo avión era capaz de pulverizar una ciudad. En Hiroshima, la
bomba había dejado a unos niños que trataron de correr convertidos en dibujos de
sombras en algunas paredes. Expresando un extremo pesimismo, un conocido pintor
alemán que vio esas ruinas dibujó una frase al pie de uno de sus cuadros: ``La
humanidad tiene hoy la capacidad de destruirse a sí misma, una oportunidad que
no debemos desperdiciar''.
La posibilidad de ser aniquilados por un ataque provocó reacciones
infantiles, como entrenar a los niños a que, si el ataque se daba, trataran de
escapar ¡escondiéndose debajo de los pupitres! Ciudadanos mayores soñaban con
construir bunkers en los patios de sus casas donde, acumulando agua y
alimentos, creían poder sobrevivir hasta que las radiaciones atómicas se
disolvieran en la atmósfera.
Todas esas creencias sobre la capacidad de sobrevivir fueron desapareciendo a
medida que se aprendía que cada año el poder de las bombas atómicas duplicaba su
fuerza. Lo cual significaba que quienes se refugiaran en los bunkers iban
a morir en los bunkers. Hollywood contribuía a popularizar el tétrico
mensaje con películas como On the Beach o The Day After.
Como señalamos anteriormente, esa noción de la muerte súbita e invencible,
agazapada en la conciencia de todo mortal, contribuyó a que la ética occidental
aflojara sus términos y que la juventud, que rechazaba la guerra en Vietnam,
buscara escaparse del círculo que los rodeaba. Muchos de ellos querían paz y
amor; drogas, sexo y rebelión contra el establishment y la autoridad. Ese
margen de libertad moral se amplió en 1990 cuando, para asombro del mundo, la
Unión Soviética se desplomó sin dejar huella. Los Estados Unidos quedaban como
única potencia y, naturalmente, el miedo al apocalipsis se redujo
significativamente en América y Europa. ¿Quién se iba a atrever a atacar a los
Estados Unidos?
Muchos padres, que se habían sacrificado en la Segunda Guerra Mundial para
que sus hijos vivieran mejor, no querían cerrarles ningún camino. Así surgió
otra ética que mantenía que nadie tiene que sacrificarse por nadie, que lo que
es un deleite debe disfrutarse, y que uno responde sólo a uno mismo: ``Si te
gusta, hazlo''. Y la ``patria'' no era un concepto que movilizara emociones. En
terreno académico los postmodernistas enseñaron que la ética no existe, ni la
historia, ni la filosofía; que nadie es responsable ante nadie; ni las normas de
los padres son obligatorias para sus hijos; ni hay que enseñarles camino alguno.
Los hijos tienen que encontrar su propio camino, aunque ese camino los lleve a
violar la ley o a convertirse en fanáticos del talibán.
Es entonces que estalla el monstruoso crimen del 11 de septiembre. El ataque
demostró que los Estados Unidos son muy vulnerables, que cientos de enemigos se
están preparando para atacar por todos los flancos, el agua de las ciudades, los
subways, los espectáculos deportivos, etc., y que por tanto, y eso es lo
más importante, el pueblo americano tiene la necesidad de cerrar sus puños,
prepararse para rechazar todo tipo de asalto y respaldar el contrataque
americano. La época fácil donde parecía que los Estados Unidos eran
invulnerables se acabó. Hoy, según los voceros del gobierno, una ola de
patriotismo ha rodado sobre América aun sabiendo que la lucha por evitar el
apocalipsis va a ser larga y dura. Pero, a lo que parece, no hay cómo evitarla.