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El
silencio de la Iglesia
No hace mucho
tiempo, desde que fueron enviados a Guantánamo esos benévolos combatientes
llamados talibanes, se dio un fenómeno simultáneamente irritante y alentador:
una larga lista de voceros protestantes y algunos católicos alzaron voces de
alarma ante las duras condiciones en las que pudieran estar viviendo esos
prisioneros.
Con aplaudible
rectitud, sabiendo la dulce vida que disfrutaban los talibanes cuando por el
mundo andaban, siempre protegiendo a las mujeres y enseñando religión con un
látigo, esas personas exigieron que se permitiera conocer la situación de esos
presos. Así aprendimos que los cautivos vivían pasmados porque comían tres veces
al día, dormían sin problemas y se les permitía orar, leer y bañarse. Algunos de
ellos creyeron que habían entrado en el paraíso de Alá, aunque la ausencia
femenina tornaba difícil mantener esa creencia.
El problema no lo
creaba esa generosa investigación sobre los presos. Después de todo, aunque a
veces la brutalidad de algunos criminales dificulta superar la ira y aplicarles
justicia, lo correcto es siempre no violar principios ni quebrar los derechos
humanos. A quien aplique a esos prisioneros el torcido método que ellos usaban,
le significaría transformarse en uno de ellos, volverse talibán o nazi. Para
alguna gente, sin embargo, entre las cuales me encuentro, el problema consiste
en ver a muchos religiosos ir a Cuba, o pedir que se vaya a Cuba, a examinar la
situación de los talibanes presos, en Guantánamo, reclamar que se les trate con
justicia, y no alzar ni un susurro de protesta ante la noción, o la acusación,
de que en la isla hay cientos de prisioneros sin juicio ni sentencia, que
languidecen en las cárceles, golpeados o abusados por uno de los regímenes más
duros de la historia. Y aclaro que ese contraste me llama más la atención cuando
lo concentro en una situación que algo conozco. Me refiero específicamente a
Cuba y a la Iglesia católica, apostólica y callada de Cuba.
De inmediato
reconozco que ignoro los buenos actos que calladamente está realizando la
Iglesia en Cuba y las válidas razones que tiene la alta jerarquía eclesiástica
para hacer el bien sigilosamente, sin provocar a las terribles Furias de Castro.
Pero ese reconocimiento no me obliga a cerrar en clausura mis preocupaciones. Si
estoy equivocado, sería yo el primero en alegrarme.
Pero resulta que
cuando menciono el silencio de la Iglesia ante los presos cubanos y los abusos
del régimen, me dicen que la Iglesia no debe meterse en política ni hacer
declaraciones riesgosas que puedan limitarla aún más. Opongo a ese argumento lo
que no puedo menos que recordar que ocurrió en la América hispana cuando hace
unas tres décadas surgió la bien discutida teología de la liberación. Muchos
obispos, sacerdotes y católicos se movilizaron y, como ocurrió en la conferencia
de obispos celebrada en Medellín, Colombia en 1968, discutieron públicamente
cuál era la verdadera misión de la Iglesia, y muchos defendieron la tesis de que
la verdadera misión de la Iglesia era ''liberar'' a las personas del abusador
capitalismo. Y que en muchas ocasiones esa ''liberación'' puede requerir una
revolución.
Siguiendo ese
cauce, se multiplicaron los diálogos con los marxistas, y abiertamente muchos
sacerdotes apoyaron a los sandinistas y a Fidel Castro. Así el poeta
nicaragüense Ernesto Cardenal hablaba del Jesús revolucionario, numerosos
maestros jesuitas, franciscanos y maryknoll se expandieron por Centroamérica, y
el general de los jesuitas, el padre Pedro Arrupe y Gondra, declaró que el grito
del Che Guevara en Bolivia era el último eco del grito de Jesús en la cruz. Así
también se creó una nueva Iglesia, ''la Iglesia del pueblo'' que iba a reclamar
los derechos del pueblo.
Esa ola de
izquierda religiosa perdió su impulso por muchas razones. La acción
antiizquierda del papa Juan Pablo II; los sucesivos abusos y fracasos de los
''revolucionarios del pueblo'' que, como los sandinistas en Nicaragua, cayeron
en las mismas o peores faltas que el dictador Somoza; el colapso de la Unión
Soviética, lo cual redujo los diálogos con los marxistas a monólogos reflexivos
sobre las razones del fracaso marxista; la propaganda evangélica de los
protestantes. Y, sobre todo, por la acción de arzobispos, obispos y sacerdotes
que, como el cardenal de Nicaragua Miguel Obando y Bravo, creyeron necesario
oponerse públicamente a lo que querían imponer en sus países.
De ahí que duela y
extrañe el que en Cuba, al menos la alta jerarquía de la Iglesia, se mantenga
silenciosa frente a los abusos de un dictador totalitario que lleva 43 años
violando los derechos humanos sin recibir la menor crítica. Juan Pablo II, quien
ayudó mucho a liberar a Polonia del comunismo, fue a Cuba y lanzó un lema
evaporable frente a las convocadas masas. ''Que el mundo se abra a Cuba y que
Cuba se abra al mundo''. Cuatro meses después, ni una ventana se había abierto
hacia Cuba, ni Castro permitió que las viejas ventanas se entreabieran. Tan sólo
monseñor Pedro Meurice Estiú, arzobispo de Santiago de Cuba, irguió frases
contra los que creen que un partido es una nación. El resto de la alta jerarquía
ha seguido en silencio. ¿Resulta muy arriesgado mencionar en todas las
comunidades la llegada a Cuba del presidente de México y sus palabras sobre el
paso de la revolución cubana a la República de Cuba?
No sé la
respuesta. Probablemente estoy equivocado. Después de todo el silencio es
sabiduría. Pero, en ocasiones, callarse es volverse cómplice de una maldad. |