DR. LUIS AGUILAR LEÓN

El silencio de la Iglesia

No hace mucho tiempo, desde que fueron enviados a Guantánamo esos benévolos combatientes llamados talibanes, se dio un fenómeno simultáneamente irritante y alentador: una larga lista de voceros protestantes y algunos católicos alzaron voces de alarma ante las duras condiciones en las que pudieran estar viviendo esos prisioneros.

Con aplaudible rectitud, sabiendo la dulce vida que disfrutaban los talibanes cuando por el mundo andaban, siempre protegiendo a las mujeres y enseñando religión con un látigo, esas personas exigieron que se permitiera conocer la situación de esos presos. Así aprendimos que los cautivos vivían pasmados porque comían tres veces al día, dormían sin problemas y se les permitía orar, leer y bañarse. Algunos de ellos creyeron que habían entrado en el paraíso de Alá, aunque la ausencia femenina tornaba difícil mantener esa creencia.

El problema no lo creaba esa generosa investigación sobre los presos. Después de todo, aunque a veces la brutalidad de algunos criminales dificulta superar la ira y aplicarles justicia, lo correcto es siempre no violar principios ni quebrar los derechos humanos. A quien aplique a esos prisioneros el torcido método que ellos usaban, le significaría transformarse en uno de ellos, volverse talibán o nazi. Para alguna gente, sin embargo, entre las cuales me encuentro, el problema consiste en ver a muchos religiosos ir a Cuba, o pedir que se vaya a Cuba, a examinar la situación de los talibanes presos, en Guantánamo, reclamar que se les trate con justicia, y no alzar ni un susurro de protesta ante la noción, o la acusación, de que en la isla hay cientos de prisioneros sin juicio ni sentencia, que languidecen en las cárceles, golpeados o abusados por uno de los regímenes más duros de la historia. Y aclaro que ese contraste me llama más la atención cuando lo concentro en una situación que algo conozco. Me refiero específicamente a Cuba y a la Iglesia católica, apostólica y callada de Cuba.

De inmediato reconozco que ignoro los buenos actos que calladamente está realizando la Iglesia en Cuba y las válidas razones que tiene la alta jerarquía eclesiástica para hacer el bien sigilosamente, sin provocar a las terribles Furias de Castro. Pero ese reconocimiento no me obliga a cerrar en clausura mis preocupaciones. Si estoy equivocado, sería yo el primero en alegrarme.

Pero resulta que cuando menciono el silencio de la Iglesia ante los presos cubanos y los abusos del régimen, me dicen que la Iglesia no debe meterse en política ni hacer declaraciones riesgosas que puedan limitarla aún más. Opongo a ese argumento lo que no puedo menos que recordar que ocurrió en la América hispana cuando hace unas tres décadas surgió la bien discutida teología de la liberación. Muchos obispos, sacerdotes y católicos se movilizaron y, como ocurrió en la conferencia de obispos celebrada en Medellín, Colombia en 1968, discutieron públicamente cuál era la verdadera misión de la Iglesia, y muchos defendieron la tesis de que la verdadera misión de la Iglesia era ''liberar'' a las personas del abusador capitalismo. Y que en muchas ocasiones esa ''liberación'' puede requerir una revolución.

Siguiendo ese cauce, se multiplicaron los diálogos con los marxistas, y abiertamente muchos sacerdotes apoyaron a los sandinistas y a Fidel Castro. Así el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal hablaba del Jesús revolucionario, numerosos maestros jesuitas, franciscanos y maryknoll se expandieron por Centroamérica, y el general de los jesuitas, el padre Pedro Arrupe y Gondra, declaró que el grito del Che Guevara en Bolivia era el último eco del grito de Jesús en la cruz. Así también se creó una nueva Iglesia, ''la Iglesia del pueblo'' que iba a reclamar los derechos del pueblo.

Esa ola de izquierda religiosa perdió su impulso por muchas razones. La acción antiizquierda del papa Juan Pablo II; los sucesivos abusos y fracasos de los ''revolucionarios del pueblo'' que, como los sandinistas en Nicaragua, cayeron en las mismas o peores faltas que el dictador Somoza; el colapso de la Unión Soviética, lo cual redujo los diálogos con los marxistas a monólogos reflexivos sobre las razones del fracaso marxista; la propaganda evangélica de los protestantes. Y, sobre todo, por la acción de arzobispos, obispos y sacerdotes que, como el cardenal de Nicaragua Miguel Obando y Bravo, creyeron necesario oponerse públicamente a lo que querían imponer en sus países.

De ahí que duela y extrañe el que en Cuba, al menos la alta jerarquía de la Iglesia, se mantenga silenciosa frente a los abusos de un dictador totalitario que lleva 43 años violando los derechos humanos sin recibir la menor crítica. Juan Pablo II, quien ayudó mucho a liberar a Polonia del comunismo, fue a Cuba y lanzó un lema evaporable frente a las convocadas masas. ''Que el mundo se abra a Cuba y que Cuba se abra al mundo''. Cuatro meses después, ni una ventana se había abierto hacia Cuba, ni Castro permitió que las viejas ventanas se entreabieran. Tan sólo monseñor Pedro Meurice Estiú, arzobispo de Santiago de Cuba, irguió frases contra los que creen que un partido es una nación. El resto de la alta jerarquía ha seguido en silencio. ¿Resulta muy arriesgado mencionar en todas las comunidades la llegada a Cuba del presidente de México y sus palabras sobre el paso de la revolución cubana a la República de Cuba?

No sé la respuesta. Probablemente estoy equivocado. Después de todo el silencio es sabiduría. Pero, en ocasiones, callarse es volverse cómplice de una maldad.

 

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