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¿Es
verdad que las islas se quedan solas?
Desde hace largos
años, cada vez que me topo con datos y pruebas de la desvastación en que han
hundido a Cuba, o veo la desesperación de miles de cubanos cuyas vidas penden y
dependen de escaparse de su tierra, me acuerdo de un gran amigo que tenía en
Santiago de Cuba, llamado Nené Salmo, que tenía un talento especial para definir
situaciones.
Cuando en La
Habana las aceras temblaban bajo el entusiasmo de los barbudos, y de los
aspirantes a barbudos, y la radio resonaba con todos los proyectos
gubernamentales que iban a ''salvar'' a Cuba, fue él quien me preguntó si yo
tenía idea de lo que le había caído a Cuba? ''Amigo'', me añadió, ''lo que le ha
caído a Cuba es nada menos que la polilla australiana, la que comienza por
devorar los raíles del ferrocarril. Aquí no va a quedar nada'' Yo sonreí.
Un año más tarde,
cuando ya miles de miles de cubanos abandonaban la isla, mi amigo me visitó con
sombría expresión. Tras un largo silencio, contemplando el mar desde mi oficina,
me comentó en voz baja: ``Amigo, sólo los pueblos insensatos viven en islas. En
las islas los habitantes se aíslan y se quedan solos. No hay fronteras que
cruzar, sólo queda el mar. ¡Cuántos cubanos se van a sacrificar bajo las
olas!''.
Jamás lo volví a
ver. Sé que cayó preso más tarde y creo que murió en una cárcel. Pero me
quedaron sus palabras.
Ahora, cuando una
vez más un puñado de cubanos jóvenes intentó saltar hacia la esperanza y cayeron
en la realidad, cuando tuvimos atisbos de cómo un mero comentario de un
diplomático mexicano se esparció rápidamente, como fórmula salvadora, por una
ciudad empobrecida, me pregunto si es cierto que a las islas las abandona todo
el mundo.
Hace largo tiempo
que muchos cubanos han sentido y lamentado que el resto de ''nuestra'' América
no siente nada hacia Cuba. En 1865, antes de que comenzara la primera guerra de
independencia, el Partido Democrático de Cuba hizo una conmovedora llamada a la
América Latina: ``La causa de Cuba es la causa de América, es la causa de la
humanidad, debemos por tanto esperar que nuestros vecinos nos ayuden para que
Cuba rompa sus cadenas, evite su ruina y salga del estado de abyección en que
vegeta, como abandonada por sus felices hermanas de América''.
Ningún gobierno
ensayó alguna ayuda. Treinta años más tarde, durante la segunda guerra de
independencia, Enrique José Varona confesaba en sus notas que de todos los
reveses sufridos por los revolucionarios cubanos, ninguno los hería tanto como
la postura indiferente, cuando no hostil, que hacia Cuba habían adoptado los
gobiernos hispanoamericanos.
Obviamente pues,
el problema es antiguo y mucho más complejo. Por lo pronto, es posible dudar de
que exista una verdadera hermandad en la América Latina. Bajo los discursos
diplomáticos palpitan viejos rencores y estallidos bélicos que fragilizan unas
relaciones que los diferentes niveles económicos también complican. De ahí que
sea sintomático que en un continente donde los gobiernos parecen marchar sobre
el filo de la navaja hacia la democracia, un dictador que lleva cuarenta y tres
años aplastando todos los derechos humanos, que sembró y siembra guerrillas y
sangre en todos los rincones de ''nuestra'' América, que debería ser condenado
por todas las democracias del continente, no haya sido condenado.
¿Cómo es posible
esa incongruencia moral en gobiernos que, elegidos por el pueblo, firman graves
documentos y al mismo tiempo permiten que ese dictador trace su sarcástica
firma? Y si alguien lo critica a él, como hace poco hizo la Argentina, responde
llamando al crítico ''lamedor de las botas del imperialismo yanqui''. ¿Cómo pudo
México vacilar en dar pleno apoyo a unas nobles palabras del ministro Jorge
Castañeda? ¿Cómo explicar que otro vocero mexicano usara los mismos argumentos
que Castro: la culpa la tienen los Estados Unidos y Radio Martí? Ni Castro, ni
la dictadura, ni el hambre, ni la asfixia de la ausencia de libertad, sólo Radio
Martí y los Estados Unidos.
Hace poco el
presidente del Uruguay le pidió al presidente Bush que levantara el ''bloqueo''
a Cuba para luchar mejor contra el terrorismo. ¿Cuál ''bloqueo''? ¿Cuál
terrorismo? ¿No insistía, hasta hace poco, el presidente colombiano en que los
guerrilleros que ponían bombas y asesinaban no eran terroristas, eran rebeldes?
En todas esas frágiles democracias dos grandes miedos imponen cautela: el miedo
a la reacción de la izquierda en sus propios países y el miedo a ser llamados
por Castro ''lamedor de las botas yanquis''. Y nadie le dijo ni le dice a Castro
que él fue el más bajo lamedor de las botas soviéticas que los rusos conocieron;
que ese único servidor de los amos soviéticos les rogaba que no se llevaran las
tropas de la isla. Y cuando se las llevaron, cambió de postura y les echó toda
la culpa del desastre que había ocurrido en Cuba.
Es triste que las
islas se queden solas, aisladas por el mar. Pero también es triste que las
democracias de ''nuestra'' América sigan defendiendo, o no condenando, al único
dictador que pesa sobre el continente desde hace casi medio siglo. |