DR. LUIS AGUILAR LEÓN

¿Es verdad que las islas se quedan solas?

Desde hace largos años, cada vez que me topo con datos y pruebas de la desvastación en que han hundido a Cuba, o veo la desesperación de miles de cubanos cuyas vidas penden y dependen de escaparse de su tierra, me acuerdo de un gran amigo que tenía en Santiago de Cuba, llamado Nené Salmo, que tenía un talento especial para definir situaciones.

Cuando en La Habana las aceras temblaban bajo el entusiasmo de los barbudos, y de los aspirantes a barbudos, y la radio resonaba con todos los proyectos gubernamentales que iban a ''salvar'' a Cuba, fue él quien me preguntó si yo tenía idea de lo que le había caído a Cuba? ''Amigo'', me añadió, ''lo que le ha caído a Cuba es nada menos que la polilla australiana, la que comienza por devorar los raíles del ferrocarril. Aquí no va a quedar nada'' Yo sonreí.

Un año más tarde, cuando ya miles de miles de cubanos abandonaban la isla, mi amigo me visitó con sombría expresión. Tras un largo silencio, contemplando el mar desde mi oficina, me comentó en voz baja: ``Amigo, sólo los pueblos insensatos viven en islas. En las islas los habitantes se aíslan y se quedan solos. No hay fronteras que cruzar, sólo queda el mar. ¡Cuántos cubanos se van a sacrificar bajo las olas!''.

Jamás lo volví a ver. Sé que cayó preso más tarde y creo que murió en una cárcel. Pero me quedaron sus palabras.

Ahora, cuando una vez más un puñado de cubanos jóvenes intentó saltar hacia la esperanza y cayeron en la realidad, cuando tuvimos atisbos de cómo un mero comentario de un diplomático mexicano se esparció rápidamente, como fórmula salvadora, por una ciudad empobrecida, me pregunto si es cierto que a las islas las abandona todo el mundo.

Hace largo tiempo que muchos cubanos han sentido y lamentado que el resto de ''nuestra'' América no siente nada hacia Cuba. En 1865, antes de que comenzara la primera guerra de independencia, el Partido Democrático de Cuba hizo una conmovedora llamada a la América Latina: ``La causa de Cuba es la causa de América, es la causa de la humanidad, debemos por tanto esperar que nuestros vecinos nos ayuden para que Cuba rompa sus cadenas, evite su ruina y salga del estado de abyección en que vegeta, como abandonada por sus felices hermanas de América''.

Ningún gobierno ensayó alguna ayuda. Treinta años más tarde, durante la segunda guerra de independencia, Enrique José Varona confesaba en sus notas que de todos los reveses sufridos por los revolucionarios cubanos, ninguno los hería tanto como la postura indiferente, cuando no hostil, que hacia Cuba habían adoptado los gobiernos hispanoamericanos.

Obviamente pues, el problema es antiguo y mucho más complejo. Por lo pronto, es posible dudar de que exista una verdadera hermandad en la América Latina. Bajo los discursos diplomáticos palpitan viejos rencores y estallidos bélicos que fragilizan unas relaciones que los diferentes niveles económicos también complican. De ahí que sea sintomático que en un continente donde los gobiernos parecen marchar sobre el filo de la navaja hacia la democracia, un dictador que lleva cuarenta y tres años aplastando todos los derechos humanos, que sembró y siembra guerrillas y sangre en todos los rincones de ''nuestra'' América, que debería ser condenado por todas las democracias del continente, no haya sido condenado.

¿Cómo es posible esa incongruencia moral en gobiernos que, elegidos por el pueblo, firman graves documentos y al mismo tiempo permiten que ese dictador trace su sarcástica firma? Y si alguien lo critica a él, como hace poco hizo la Argentina, responde llamando al crítico ''lamedor de las botas del imperialismo yanqui''. ¿Cómo pudo México vacilar en dar pleno apoyo a unas nobles palabras del ministro Jorge Castañeda? ¿Cómo explicar que otro vocero mexicano usara los mismos argumentos que Castro: la culpa la tienen los Estados Unidos y Radio Martí? Ni Castro, ni la dictadura, ni el hambre, ni la asfixia de la ausencia de libertad, sólo Radio Martí y los Estados Unidos.

Hace poco el presidente del Uruguay le pidió al presidente Bush que levantara el ''bloqueo'' a Cuba para luchar mejor contra el terrorismo. ¿Cuál ''bloqueo''? ¿Cuál terrorismo? ¿No insistía, hasta hace poco, el presidente colombiano en que los guerrilleros que ponían bombas y asesinaban no eran terroristas, eran rebeldes? En todas esas frágiles democracias dos grandes miedos imponen cautela: el miedo a la reacción de la izquierda en sus propios países y el miedo a ser llamados por Castro ''lamedor de las botas yanquis''. Y nadie le dijo ni le dice a Castro que él fue el más bajo lamedor de las botas soviéticas que los rusos conocieron; que ese único servidor de los amos soviéticos les rogaba que no se llevaran las tropas de la isla. Y cuando se las llevaron, cambió de postura y les echó toda la culpa del desastre que había ocurrido en Cuba.

Es triste que las islas se queden solas, aisladas por el mar. Pero también es triste que las democracias de ''nuestra'' América sigan defendiendo, o no condenando, al único dictador que pesa sobre el continente desde hace casi medio siglo.

 

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