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El pueblo y el líder
He comenzado a
leer el ensayo de mi admirada Martha Beatriz Roque, recién publicado en una
excepcional edición de la revista ''Encuentro'', dedicada esencialmente a
escudriñar el camino y las posibilidades de la Cuba futura. Como todos sabemos,
la tarea de desentrañar las acciones de un pueblo y enseñarnos a comprender por
qué ese pueblo actuó así implica el caminar sobre válidas hipótesis.
Por eso mismo
señalo que si una dictadura dura mucho tiempo es preciso examinar al pueblo en
busca de las motivaciones que lo llevaron a un largo apoyo a la revolución. La
cuestión es difícil porque en casi todos los procesos que encajan largas
dictaduras, la mayor parte de los analistas se concentran en estudiar al líder.
Lo cual no es nada criticable, pero suele significar el evadir el estudio del
pueblo, del otro brazo del dualismo ''pueblo-líder''. Así el análisis del
régimen nazi se concentra en Hitler y pocos estudian el carácter del pueblo
alemán. En el caso de Cuba ocurre algo parecido; Fidel Castro es el centro del
poder, y de la economía y de todo. ¿Qué va a ocurrir cuando Castro desaparezca?
''No será fácil'', escribe Martha Beatriz Roque, 'eliminar de la mente del
cubano el espectro de la propaganda comunista, que no se ha cansado de plantear
que, si existe una transición, iría acompañada del despojo de los llamados
`logros' de la revolución''.
De ahí que a mí me
parece fascinante tratar de entender las reacciones del pueblo cubano ante las
primeras imágenes de la revolución triunfante. ¿Fueron movidos por la
propaganda; llevaban adentro una inesperada cuota de resentimiento; fue el
carisma de Fidel? Por lo pronto, y sólo contribuyendo a las puertas que abren
esas preguntas, ofrezco mi reacción ante una de las primeras escenas del drama o
la tragedia de un pueblo que parecía ser fuente de alegría, contradictorio en
sus expresiones, donde yo, y me delato culpable, nunca vi, ni escuché gritos de
odio contra los americanos, ni que pidieran la muerte porque el líder gritaba un
nombre.
He aquí lo que
sentí y escribí cuando se perpretó el juicio público, ante más de trescientos
mil cubanos, en contra de un verdadero héroe de la revolución, Huber Matos,
quien, de paso sea dicho, acaba de publicar sus memorias. Las palabras de este
artículo fueron publicadas en Prensa Libre el 1 de noviembre de 1959. ¿Cómo
podía yo explicarme tal brutal cambio en mi pueblo? No me lo explicaba. Y puedo
confesar que aún no lo entiendo cabalmente.
`` Paredón,
Paredón
'Ha sido una
semana cargada de hechos pesarosos, de acontecimientas que gravitan sobre el
alma con una indefinible sensación opresora. Primero fue el terrible espectáculo
de una muchedumbre coreando a grito unánime un solo vocablo: `¡Paredón!
¡Paredón!' Parecía que se trataba de un tema de música popular; pero se trataba
de un muro agujereado por las balas y de hombres silenciosos avanzando en el
amanecer hacia la muerte. Tenía un eco alegre. Pero implicaba la decisión final
sobre la vida o la muerte de unos compatriotas encarcelados. Y como creo que la
existencia es el más alto valor que tiene el ser humano; y como creo que la
sociedad tiene alguna vez el derecho a suprimirla, pero nunca así, al desgaire
de una plaza pública, bajo el frágil enardecimiento de una muchedumbre
frenética, mi alma se llenó de pesadumbre.
``Y frente al
grito rítmico y masivo, con la insistencia de una pesadilla y la tenacidad de un
latido, mi angustia interior se me desdoblaba en múltiples tenaces preguntas:
¿dónde estaba toda esa gente mientras allá en la Sierra el hombre contra el cual
vociferaban se jugaba la vida por la libertad de Cuba? ¿Qué hacían entonces
todos esos exaltados que ahora, bajo la tremenda impunidad del número, palmotean
y demandan la muerte de una persona a quien no se le ha dado la oportunidad de
defenderse, contra quien no se ha aportado todavía ni una sola prueba válida?
``¿Es que la
libertad, la vida y el prestigio de seis millones de ciudadanos van a depender
de lo que griten en una arena pública una facción airada de esos seis millones?
'Cierra la semana
con un balance de pesadumbre. Vuelven los tribunales revolucionarios, se nos
desaparece un héroe, y nos queda inserto en la retina el sombrío precedente de
un hombre juzgado a voz en cuello en una arena pública. Y detrás, como en las
tragedias griegas, queda resonando un coro oscuro e implacable que martillea
sobre las conciencias un solo terrible vocablo: `¡Paredón! ¡Paredón!' ''.
Tengo el dato, aún
recuerdo mi sentimiento, pero no sabría qué contestar si me piden una
explicación sobre esa conducta colectiva. ¿Había ocurrido un cambio o los
cubanos han sido siempre así y yo no lo había notado? No lo sé. Confío en que
alguien ofrezca una clara interpretación. |