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En
torno a los apodos
Anoche, mientras
oía a Fidel exponer su aventura y repetir que la mejor forma de ayudar al pobre
es darle todo el dinero del rico y dejar miserables a los dos, que es lo que él
hizo con Cuba, me sentí casi obligado a hablar del tema de los apodos en mi
tierra. Quién sabe por qué quisiera encontrar un nombrete que le fuera bien ha
este fracasado comunista-socialista-capitalista quien va a pasar a la historia
como el hombre que puso de moda los zapaticos de tenis.
No creo que ningún
pueblo tenga la tendencia a los apodos que ha germinado siempre en Cuba y que
crea una serie de características personales o de simbolismos de identificación
de nuestra tribu. Después de todo, hay muchos cubanos que no son conocidos si
les silencian el apodo. Es decir, que el apodo en Cuba es como las máscaras del
teatro griego clásico, un cuño que se perpetuaba hasta la tumba. Lo cual implica
tener suerte o cuidado cuando el niño crece, porque si sus amigos lo llaman
''Cangrejo'', Cangrejo se queda hasta la despedida del velorio.
La importancia de
nuestra gente poderosa, inclusive los gobernantes, puede ser reducida por el
pueblo con un apodo que se hace de inmediato popular. Recuerdo a un tipo, bien
delgado, que llegó a Santiago dándoselas de poderoso, a quien un poeta del
pueblo le dedicó unas líneas: En verdad, amigo mío, / hay cosas que no
comprendo: / a usted le dicen Cosío / y más parece un remiendo. Y ahí mismo se
quedó con ''Cosío'' para siempre.
Conviene recordar
que, de acuerdo con el vocabulario del pueblo, nosotros hemos sido gobernados
por un Tiburón, un Chino, un Indio, una Cuchara y un Caballo.
Hace un tiempo,
mencioné de pasada esa tendencia y señalé que, por razones desconocidas, muchos
apodos no nacen del cariño, sino de la burla. Como llamar Mula Ciega a un tipo
cuyos párpados estaban caídos, Pegao a un individuo que tenía larga la garganta
y Sansón a un individuo calvo y flaco, a cuyo hermano le llamaban Mosquito.
Buscando entre mis
notas del pasado me encontré los datos de una reunión que se iba a celebrar en
Miami para festejar la llegada de la Foca, cuyo nombre cristiano era Rafael Mas,
y la lista de los organizadores y posibles asistentes me trajo a la melancolía
del recuerdo. No creo que sea fácil encontrar otra colectividad donde floten los
apodos del grupo de Santiago de Cuba que iba a reunirse. Inevitablemente, con
esos datos llega la melancolía de recordar a todos aquellos amigos que ya
partieron hacia el más allá.
Imagínense los
lectores una mesa presidencial formada por Coñango, Macandaca, Pistolas, Cara de
Frita, Sentimiento Gaucho, el Gringo, Tután, Jabao, Bufón, Pintadilla y Lundy
(servidor de ustedes).
¿Cómo haríamos
para traducir esos apodos al inglés? ¿Cómo explicarles a los anglosajones,
quienes usualmente acortan los nombres (Dick por Richard, Bob por Robert), que
los nombretes cubanos no tienen nada que ver con los nombres originales, que
muchas veces responden a lo que la colectividad, bueno o malo, ve en nosotros?
De ahí que sea tan
difícil la cabal traducción de las ideas. Porque las ideas se expresan en
vocablos y los vocablos de cada tribu, de cada agrupación humana, tienen un
último y recóndito sentido que sólo se abre plenamente a los que ''viven'' tales
palabras. Si yo digo, por ejemplo, que estoy embullado por asistir a ese
almuerzo, estoy simultáneamente usando un vocablo intraducible, ''embullarse'',
y destacando un rasgo esencial del carácter hispano. En general, los hispanos
nos entusiasmamos poco y nos embullamos mucho. Quién sabe por qué, la palabra
''entusiasmo'' tiene un carácter serio, viene del griego en, dentro, y theos,
dios, es decir, ''inspirado por dios''. Más nos atrae la bulla, el ruido
exterior de algo que va a ocurrir en el futuro, y que se agota, que el
entusiasmo sostenido por una causa o un serio evento. Ya en el siglo XVIII
Feijoo escribió que para animar el futuro de España era preciso ``convencer a
mis compatriotas de que trataran de hacer siempre menos ruido y más obras''.
Pero, en fin, me
he desviado hacia disquisiciones filosóficas que muy poco tienen que ver con el
convite que se celebró en una ocasión en Miami, donde recorrimos los años idos y
nos dimos cuenta una vez más de que el tiempo vuela y abre vacíos en nuestro
sendero para que los recuerdos se unan al ominoso presente. |