DR. LUIS AGUILAR LEÓN

En torno a los apodos

 

Anoche, mientras oía a Fidel exponer su aventura y repetir que la mejor forma de ayudar al pobre es darle todo el dinero del rico y dejar miserables a los dos, que es lo que él hizo con Cuba, me sentí casi obligado a hablar del tema de los apodos en mi tierra. Quién sabe por qué quisiera encontrar un nombrete que le fuera bien ha este fracasado comunista-socialista-capitalista quien va a pasar a la historia como el hombre que puso de moda los zapaticos de tenis.

No creo que ningún pueblo tenga la tendencia a los apodos que ha germinado siempre en Cuba y que crea una serie de características personales o de simbolismos de identificación de nuestra tribu. Después de todo, hay muchos cubanos que no son conocidos si les silencian el apodo. Es decir, que el apodo en Cuba es como las máscaras del teatro griego clásico, un cuño que se perpetuaba hasta la tumba. Lo cual implica tener suerte o cuidado cuando el niño crece, porque si sus amigos lo llaman ''Cangrejo'', Cangrejo se queda hasta la despedida del velorio.

La importancia de nuestra gente poderosa, inclusive los gobernantes, puede ser reducida por el pueblo con un apodo que se hace de inmediato popular. Recuerdo a un tipo, bien delgado, que llegó a Santiago dándoselas de poderoso, a quien un poeta del pueblo le dedicó unas líneas: En verdad, amigo mío, / hay cosas que no comprendo: / a usted le dicen Cosío / y más parece un remiendo. Y ahí mismo se quedó con ''Cosío'' para siempre.

Conviene recordar que, de acuerdo con el vocabulario del pueblo, nosotros hemos sido gobernados por un Tiburón, un Chino, un Indio, una Cuchara y un Caballo.

Hace un tiempo, mencioné de pasada esa tendencia y señalé que, por razones desconocidas, muchos apodos no nacen del cariño, sino de la burla. Como llamar Mula Ciega a un tipo cuyos párpados estaban caídos, Pegao a un individuo que tenía larga la garganta y Sansón a un individuo calvo y flaco, a cuyo hermano le llamaban Mosquito.

Buscando entre mis notas del pasado me encontré los datos de una reunión que se iba a celebrar en Miami para festejar la llegada de la Foca, cuyo nombre cristiano era Rafael Mas, y la lista de los organizadores y posibles asistentes me trajo a la melancolía del recuerdo. No creo que sea fácil encontrar otra colectividad donde floten los apodos del grupo de Santiago de Cuba que iba a reunirse. Inevitablemente, con esos datos llega la melancolía de recordar a todos aquellos amigos que ya partieron hacia el más allá.

Imagínense los lectores una mesa presidencial formada por Coñango, Macandaca, Pistolas, Cara de Frita, Sentimiento Gaucho, el Gringo, Tután, Jabao, Bufón, Pintadilla y Lundy (servidor de ustedes).

¿Cómo haríamos para traducir esos apodos al inglés? ¿Cómo explicarles a los anglosajones, quienes usualmente acortan los nombres (Dick por Richard, Bob por Robert), que los nombretes cubanos no tienen nada que ver con los nombres originales, que muchas veces responden a lo que la colectividad, bueno o malo, ve en nosotros?

De ahí que sea tan difícil la cabal traducción de las ideas. Porque las ideas se expresan en vocablos y los vocablos de cada tribu, de cada agrupación humana, tienen un último y recóndito sentido que sólo se abre plenamente a los que ''viven'' tales palabras. Si yo digo, por ejemplo, que estoy embullado por asistir a ese almuerzo, estoy simultáneamente usando un vocablo intraducible, ''embullarse'', y destacando un rasgo esencial del carácter hispano. En general, los hispanos nos entusiasmamos poco y nos embullamos mucho. Quién sabe por qué, la palabra ''entusiasmo'' tiene un carácter serio, viene del griego en, dentro, y theos, dios, es decir, ''inspirado por dios''. Más nos atrae la bulla, el ruido exterior de algo que va a ocurrir en el futuro, y que se agota, que el entusiasmo sostenido por una causa o un serio evento. Ya en el siglo XVIII Feijoo escribió que para animar el futuro de España era preciso ``convencer a mis compatriotas de que trataran de hacer siempre menos ruido y más obras''.

Pero, en fin, me he desviado hacia disquisiciones filosóficas que muy poco tienen que ver con el convite que se celebró en una ocasión en Miami, donde recorrimos los años idos y nos dimos cuenta una vez más de que el tiempo vuela y abre vacíos en nuestro sendero para que los recuerdos se unan al ominoso presente.

 

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