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Venezuela y el poder de un césar
Sé muy bien cuán abismal ha sido la derrota
y cuantos análisis del fracaso brotarán en el futuro cuando se tengan más datos.
Pero, en realidad, la explicación parece sencilla. Se trata de un golpe de
estado organizado por gente sin experiencia política que creía posible triunfar
haciendo desfilar a miles de personas, que conocían los males que crecían en
Venezuela por causa de Hugo Chávez, como ese hablar de una ''revolución
bolivariana'' mientras se impone una ''revolución castrista'', que comienza por
organizar pandillas de violencia represiva, amenazar a los productores
venezolanos y regalarle a Castro una cuota de petróleo que no le pertenece a
Chávez, sino al pueblo venezolano.
Para esos golpistas, el magnífico desfile
era lo único necesario. No hacían falta maniobras civiles y militares, ni
coordinación con otros grupos vacilantes, ni apresurarse en obtener la renuncia
del césar, para presentarla como un fait accompli, como un hecho consumado, a
los que vacilaban; ni disolver sin consulta a respetadas instituciones. A pesar
de tal montaña de ineficiencia, la suerte los acompañó por unas horas. Tan
impresionantes resultaron los desfiles iniciales que la prensa mundial dio por
asegurada la victoria y ni siquiera los canales de televisión fueron protegidos.
Ante ese vacío en la capital, los pobres habitantes de los ranchos que rodean
Caracas comenzaron a bajar gritando por Chávez y disparando contra la masa
pacífica. Con ello, el nivel de justicia y unidad se dispersó sin efecto.
Preciso es recordar que Caracas, al igual
que casi todas las grandes ciudades de Latinoamérica, es una sociedad dividida,
es un mundo con dos vertientes. La pobre gente que vive en los ranchos que
rodean Caracas, y los ciudadanos que tienen puestos o medios económicos. Desde
hace años, todos los venezolanos saben que la mejor política, la más fecunda,
sería movilizar a los mejor preparados, a los que tengan recursos, para que
guíen y enseñen a la otra población el cómo salir de la miseria. No pidiéndole
ayuda al gobierno, sino abriéndoles fuentes de educación y trabajo. Gobernar sin
los pobres es una injusticia que conduce a vivir bordeando la violencia.
Gobernar con pobres organizados, convertidos en guardianes de la minoría que
gobierna el país, nada mejora, y los saqueos se hacen impunes. Lo más triste es
que por unas horas pareció que Venezuela iba a marchar hacia ese fecundo futuro.
Hay quien dice ahora que Hugo Chávez ha
aprendido su lección, que sabe que hay mucha gente que está contra él y, por
tanto, él está buscando la unidad y va a forjar una nueva Venezuela, aun cuando
todo fuera una maniobra teatral para justificar más poder. Siempre conviene ser
optimista. Pero ocurre que a veces el optimismo marcha por sobre la dura
realidad del camino y termina siendo polvo del mismo. En el caso actual, las
lecciones de la historia, si es que la gente aprende las lecciones de la
historia, enseñan que cuando se trata del poder, la más poderosa droga que
conoce la humanidad, los mortales se aferran a obtenerlo y conservarlo.
Cuando un césar recobra el poder montado
sobre los hombros del pueblo, su poder es por un tiempo ilimitado; nadie puede
frenar o controlar sus apetitos. A la primera oposición crítica o gesto
negativo, o que el césar sienta el deseo de castigar a alguien, nadie puede
acusarlo de no tener poderes. El sabe su respuesta: ``Yo estoy aquí por la
voluntad del pueblo y sólo soy responsable ante mi pueblo. Lo que mi pueblo
quiera que se haga, se hará. Yo estoy respaldado por la autoridad. Y a nadie más
que al pueblo le rindo cuentas''.
¿Quién puede responder a eso? ¿Qué base
legal se puede presentar para detener al césar ante un pueblo vociferante? Todos
los instrumentos legales, la constitución, la Asamblea del Pueblo, el Congreso,
quedan flotando en el vacío. El derecho, la legalidad sólo la tiene un hombre. Y
todo hay que hacerlo en nombre del pueblo. Por 43 años esa misma fórmula ha
funcionado en Cuba. Las palabras son diferentes, pero el objetivo es el mismo.
En Venezuela es el ''pueblo'' y Chávez. En Cuba es ''la revolución'' y Fidel.
Los dos son abstracciones. Ni el pueblo ni la revolución votan, ni tienen otra
manera de hacer constar su verdadera opinión. Sólo sus voceros pueden hablar en
nombre de esas abstracciones. El lema funcionó temprano y sigue funcionando hoy.
''El pueblo es la revolución, la revolución es Fidel''. Eso basta, eso es todo.
El pueblo tiene que sufrir lo que en su nombre se haga.
En Venezuela queda un factor incógnito cuya
influencia nadie niega, pero pocos saben, el petróleo, el oro negro de Venezuela
que no ha logrado enriquecer a su pueblo. Ese es otro tema, pero, por el
momento, les sugiero a los venezolanos que no tomen muy en serio a Gaviria, de
la OEA. Antes de entrevistar a los oposicionistas concluyó que sólo Chávez es el
poder legítimo en Venezuela. Lo cual no es muy trascendente. El señor Gaviria
fue presidente de Colombia e inició un suave tratamiento con las guerrillas, que
las llevó al poder que tienen ahora. Y cuando tuvo que sufrir un problema de
secuestro, no fue a las autoridades de su patria, Colombia; apeló al gobierno
''más legítimo'' de toda la región: Fidel Castro. Y Fidel Castro habló con sus
amigos guerrilleros y sus amigos guerrilleros, gente comprensiva y humanitaria,
le devolvieron al secuestrado. Pero mucha gente se rascaba la cabeza. ¿Son ésos
los grupos que Gaviria considera ''legítimos''? ¡Pobre Chávez! Es posible que
tenga que compartir la legitimidad con unos conocidos delincuentes. Pero, bueno,
quién sabe si Gaviria sabía ya eso de antemano. |