DR. LUIS AGUILAR LEÓN

Reflexiones sobre Ortega y Gasset

Tuve el privilegio de asistir al último curso que ofreció Ortega y Gasset en el Instituto de Humanidades de Madrid. El premio a El Nuevo Herald que lleva su nombre me refrescó este recuerdo.

El hombre no se resigna a ser caña frágil sometida a la dura ley del exterminio. Actuamos como si no estuvieran contados nuestros días o no fuera posible la súbita detención de nuestro movimiento. Si cae alguien a nuestro lado, reaccionamos como si a nosotros no nos fuera a tocar nunca y seguimos planeando a largo plazo. De ahí el sentido de sobresalto que tiene siempre la muerte. Como si fuera un acontecimiento irreal que irrumpe e interrumpe el curso normal del acaecer humano. Aun para los que tienen fe, y mucho más para los que no la tienen, es siempre abrumadora la inmovilidad definitiva. El propio Ortega señala: ``Ni en ética ni en biología se ha antendido suficientemente al hecho capital de la inevitabilidad de la muerte''.

El fenómeno conmueve más cuando se trata de un reconocido talento. Que una mente poderosa, pueda ser paralizada, destruida para siempre por algún minúsculo organismo que obedece a una ley es, a mi juicio, el acontecimiento más pesaroso de la existencia. La esperanza de inmortal felicidad se abre para el que desaparece, no para los que sienten el dolor del vacío. ''Presencia de la ausencia'', así definía San Agustín al cadáver. Esa ausencia aguarda en cada rincón. Por eso el último dato que nos permite cerrar el juicio sobre un hombre es la manera que tiene de enfrentarse a la muerte.

Rememorando al infatigable sembrador de ideas, al filósofo de las imágenes sugerentes y la prosa imperial, me preguntaba: ¿cómo habrá analizado Ortega el problema de la muerte? ¿Qué hondos análisis, qué sutiles disquisiciones le habrá provocado la cuestión suprema? ¿Es posible que aún su agudo cerebro no haya podido discernir una respuesta esclarecedora? No fue Ortega, por lo demás, hombre dado a la cavilación mortuoria o a la meditación sobre el fluir de la existencia humana. A diferencia de Unamuno, cuya filosofía era un meditatio mortis, el tema de la inmortalidad no le abrasó la mente. Todo lo contrario, trata esos temas con lejanía de filósofo, con una voluntad analítica.

Tan ajena le era la idea que se permite con ella requiebros de estilo que traslucen el desenfado helénico con que contemplaba el asunto: ''El valor supremo de la vida está en perderla a tiempo y con gracia'', escribió. Asimismo, cuando constata en todas partes un significativo estremecimiento espiritual, un relevante crecimiento de fe religiosa, rectifica sus cuadrantes de filosofía, otea el horizonte histórico y anuncia con voz fría de piloto experto: ''Dios a la vista''. Pero la divinidad que se anuncia en sus páginas es un sujeto de filosofía, una especie de mito colectivo que se aleja o se aproxima a la humanidad de acuerdo con los embates de los acontecimientos. Cuando Ortega explica el declinar de la fe en los albores del Renacimiento, deja caer estas palabras: ``El Dios irracional que se comunica burocráticamente con los hombres a través de la organización eclesiástica, va quedando al fondo del paisaje vital humano''.

Y, sin embargo, esa prosa analítica e indiferente ante Dios y la muerte ¡cómo se caloriza y carga de sentido cuando trata de la vida! No hay palabra que emerja con mayor vigor, que más se destaque en su estilo que la palabra ''vital''. Tal parece que Ortega se ha entregado a ella, allí donde la clava con cimbreante impulso allí está el núcleo de su reflexión. Su filosofía es la filosofía ''de la razón vital'', su concepto básico es ''la realidad radical'', la existencia misma, la vida de cada cual, a cuya comprensión aplicó Ortega su más tenaz atención. Con usual arrogancia afirmaba en 1950, en el Instituto de Humanidades de Madrid: ''Andan por ahí unos señores que se llaman a sí mismos existencialistas y que empiezan por desconocer lo que significa la palabra existencia''. Con esa devoción a la vida era natural que la muerte no le fuera tema esencial o frecuente.

El despego hacia la cuestión religiosa y algún que otro comentario mordaz sobre sus manifestaciones, le valieron una vez la acusación de haber tratado de ''descristianizar'' a España. En realidad, ni en pro ni en contra del cristianismo desplegó Ortega excesivo interés. Tuvo la postura clásica del pensador helénico que envuelve su escepticismo en el humo de una lejana y sutil ironía. Su gran lucha la desarrolló contra la España tradicional, inmóvil, rezagada, a la cual se empeñó en ''europeizar''. Muchas veces instó a los católicos españoles a forzar el paso y no quedarse fuera del movimiento vital de la Iglesia. Siempre quiso empujar a España hacia el futuro. Porque lo único que le resultaba intolerable era el retraso.

Han pasado los años. La España de Ortega ha cambiado radicalmente, pero el propio filósofo lo dijo: ''Todo salto hacia delante implica una inevitable cuota de riesgo''. En cada aniversario se menciona su nombre, se analiza su obra, se juzga su contribución y se le critica duramente. Sin embargo, cuando termino de leer críticas y panegíricos, y me acuerdo de su último curso, y rememoro cómo se enardecía su voz cuando nos hablaba de los infinitos problemas de la existencia, vuelvo a la inicial reflexión que me produjo la noticia de su muerte. ¿Cómo habrá enfrentado Ortega el último diálogo con el invencible enemigo?

 

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