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Reflexiones sobre Ortega y Gasset
Tuve el privilegio
de asistir al último curso que ofreció Ortega y Gasset en el Instituto de
Humanidades de Madrid. El premio a El Nuevo Herald que lleva su nombre me
refrescó este recuerdo.
El hombre no se
resigna a ser caña frágil sometida a la dura ley del exterminio. Actuamos como
si no estuvieran contados nuestros días o no fuera posible la súbita detención
de nuestro movimiento. Si cae alguien a nuestro lado, reaccionamos como si a
nosotros no nos fuera a tocar nunca y seguimos planeando a largo plazo. De ahí
el sentido de sobresalto que tiene siempre la muerte. Como si fuera un
acontecimiento irreal que irrumpe e interrumpe el curso normal del acaecer
humano. Aun para los que tienen fe, y mucho más para los que no la tienen, es
siempre abrumadora la inmovilidad definitiva. El propio Ortega señala: ``Ni en
ética ni en biología se ha antendido suficientemente al hecho capital de la
inevitabilidad de la muerte''.
El fenómeno
conmueve más cuando se trata de un reconocido talento. Que una mente poderosa,
pueda ser paralizada, destruida para siempre por algún minúsculo organismo que
obedece a una ley es, a mi juicio, el acontecimiento más pesaroso de la
existencia. La esperanza de inmortal felicidad se abre para el que desaparece,
no para los que sienten el dolor del vacío. ''Presencia de la ausencia'', así
definía San Agustín al cadáver. Esa ausencia aguarda en cada rincón. Por eso el
último dato que nos permite cerrar el juicio sobre un hombre es la manera que
tiene de enfrentarse a la muerte.
Rememorando al
infatigable sembrador de ideas, al filósofo de las imágenes sugerentes y la
prosa imperial, me preguntaba: ¿cómo habrá analizado Ortega el problema de la
muerte? ¿Qué hondos análisis, qué sutiles disquisiciones le habrá provocado la
cuestión suprema? ¿Es posible que aún su agudo cerebro no haya podido discernir
una respuesta esclarecedora? No fue Ortega, por lo demás, hombre dado a la
cavilación mortuoria o a la meditación sobre el fluir de la existencia humana. A
diferencia de Unamuno, cuya filosofía era un meditatio mortis, el tema de la
inmortalidad no le abrasó la mente. Todo lo contrario, trata esos temas con
lejanía de filósofo, con una voluntad analítica.
Tan ajena le era
la idea que se permite con ella requiebros de estilo que traslucen el desenfado
helénico con que contemplaba el asunto: ''El valor supremo de la vida está en
perderla a tiempo y con gracia'', escribió. Asimismo, cuando constata en todas
partes un significativo estremecimiento espiritual, un relevante crecimiento de
fe religiosa, rectifica sus cuadrantes de filosofía, otea el horizonte histórico
y anuncia con voz fría de piloto experto: ''Dios a la vista''. Pero la divinidad
que se anuncia en sus páginas es un sujeto de filosofía, una especie de mito
colectivo que se aleja o se aproxima a la humanidad de acuerdo con los embates
de los acontecimientos. Cuando Ortega explica el declinar de la fe en los
albores del Renacimiento, deja caer estas palabras: ``El Dios irracional que se
comunica burocráticamente con los hombres a través de la organización
eclesiástica, va quedando al fondo del paisaje vital humano''.
Y, sin embargo,
esa prosa analítica e indiferente ante Dios y la muerte ¡cómo se caloriza y
carga de sentido cuando trata de la vida! No hay palabra que emerja con mayor
vigor, que más se destaque en su estilo que la palabra ''vital''. Tal parece que
Ortega se ha entregado a ella, allí donde la clava con cimbreante impulso allí
está el núcleo de su reflexión. Su filosofía es la filosofía ''de la razón
vital'', su concepto básico es ''la realidad radical'', la existencia misma, la
vida de cada cual, a cuya comprensión aplicó Ortega su más tenaz atención. Con
usual arrogancia afirmaba en 1950, en el Instituto de Humanidades de Madrid:
''Andan por ahí unos señores que se llaman a sí mismos existencialistas y que
empiezan por desconocer lo que significa la palabra existencia''. Con esa
devoción a la vida era natural que la muerte no le fuera tema esencial o
frecuente.
El despego hacia
la cuestión religiosa y algún que otro comentario mordaz sobre sus
manifestaciones, le valieron una vez la acusación de haber tratado de
''descristianizar'' a España. En realidad, ni en pro ni en contra del
cristianismo desplegó Ortega excesivo interés. Tuvo la postura clásica del
pensador helénico que envuelve su escepticismo en el humo de una lejana y sutil
ironía. Su gran lucha la desarrolló contra la España tradicional, inmóvil,
rezagada, a la cual se empeñó en ''europeizar''. Muchas veces instó a los
católicos españoles a forzar el paso y no quedarse fuera del movimiento vital de
la Iglesia. Siempre quiso empujar a España hacia el futuro. Porque lo único que
le resultaba intolerable era el retraso.
Han pasado los
años. La España de Ortega ha cambiado radicalmente, pero el propio filósofo lo
dijo: ''Todo salto hacia delante implica una inevitable cuota de riesgo''. En
cada aniversario se menciona su nombre, se analiza su obra, se juzga su
contribución y se le critica duramente. Sin embargo, cuando termino de leer
críticas y panegíricos, y me acuerdo de su último curso, y rememoro cómo se
enardecía su voz cuando nos hablaba de los infinitos problemas de la existencia,
vuelvo a la inicial reflexión que me produjo la noticia de su muerte. ¿Cómo
habrá enfrentado Ortega el último diálogo con el invencible enemigo? |