DR. LUIS AGUILAR LEÓN

La desilusión del pesimismo

Confieso que desde hace algún tiempo, desde que finalizó la Segunda Guerra Mundial, en la pantalla de un cine santiaguero un hongo enorme y venenoso ensombreció el futuro y nos hizo conscientes del desastre colectivo que se agazapaba en el futuro. Obviamente, hoy en día las fuentes de hacer daño crecen en casi todos los rincones de la tierra.

De ahí que en esta nueva centuria, cada vez que enciendo el televisor o despliego las páginas de los periódicos, me preparo para enfrentarme a una cadena de desastres. Más aún, en fugaces ratos, me siento de acuerdo con los filósofos que mantienen que la humanidad va a ser aniquilada por sus propias creaciones e invenciones. Hace una par de años, en una exhibición de pintura italiana y alemana, un cuadro abstracto de colores sombríos mostraba en su esquina izquierda una frase en alemán: “Por primera vez en su historia la humanidad tiene la capacidad de destruirse, oportunidad que no debemos desperdiciar''.

¿Estamos exagerando para justificar una tesis pesimista? No lo creo. Creo que el pesimismo, como el optimismo, son proyecciones que aplicamos a las acciones para juzgarlas de acuerdo con nuestra voluntad. El pesimismo consiste en creer que toda nave humana, aunque viaje con las velas henchidas, va a terminar mal; el optimismo cree que todo proceso, aun cuando esté a punto de hundirse, terminará por vencer. Eso significa que son ellos los que definen la circunstancia. Mucho más certera me parece la descripción de Schumpeter. El marinero que avisa que le está entrando agua al barco no es opitimista ni pesimista, está simplemente advirtiendo una realidad. Los marineros que decidan abandonar el barco son pesimistas; los que decidan luchar por salvarlo son optimistas.

En la actualidad, algunos filósofos mantienen que ambas posiciones van a ser borradas por el colapso final de todo lo existente. De ahí la ''alienación'', la separación del concepto de la vida y de la muerte. Pero siempre se aclara que un aniquilamiento de la humanidad llevada a cabo por los hombres no plantea, como creeen algunos, borrar el concepto de Dios. Las creencias religiosas pueden salvarse aun cuando se discuta la existencia de Dios.

Lo que no ofrece dudas es que el escenario actual del mundo parece proyectar la imagen de un creciente aniquilamiento de los hombres llevado a cabo por los hombres. Esa visión del mal que llevamos adentro está siempre dispuesta a mostrar su existencia. Cuando al gran Dante Alighieri le preguntaron por qué en su Divina Comedia la descripción del infierno resultaba aterradora, mientras la del paraíso apenas si emocionaba. El poeta respondió: “Para encontrar las pavorosas situaciones del infierno sobraban los modelos en la tierra, pero del paraíso no encontré ni atisbos''.

¿Cómo se sentiría el Dante hoy frente a las múltiples imágenes que proyecta nuestra técnica sobre lo que está ocurriendo en el mundo? Le mostrarían que el nivel del mar está subiendo, amenazando con inundar toda la tierra; que gases en la atmósfera están intoxicando cada vez más el aire que respiramos y que el hambre y la pobreza castigan a millones de niños en el mundo.

Si le mostraran los maravillosos adelantos de la técnica, en transportes, en comunicaciones, en crear un universo que no existe, en explorar más lejanos planetas, todos desiertos, de paso sea dicho, alguien pudiera llevarlo a ver los rincones turbulentos de la tierra, donde hay guerrilleros que matan niños y niños que matan maestros; seres humanos que se suicidan para matar enemigos y entrar en el paraíso; donde ruedan los tanques y cada vez hay más naciones con armas devastadoras, incluyendo las que son como aquel hongo de muerte que oscureció el horizonte en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial.

Quién sabe si la mejor interpretación de ese dilema contemporáneo la describió un humorista español que se llamaba Wenceslao Fernández Flores. En una ocasión, cuando hubo una discusión teológica en Madrid sobre el juicio final, Wenceslao describió lo que iba a ocurrir ese día. Millones de muertos resucitaron para ser juzgados y se pasearon revisando las buenas y las malas acciones que cometieron en vida. Pasaba el tiempo y nada ocurría. Los resucitados comenzaron a gemir y a pedir que los juzgara el Angel del Juicio. Nada ocurría. Entonces la multitud vociferó su protesta, hasta que apareció un Angel de Flamígera Espada, que les preguntó por qué el griterío. Ellos explicaron y mostraron sus datos. Entonces tembló el universo con una carcajada y el Angel exclamó: ''¿Pero ustedes se creen tan importantes como para que Dios haya pasado siglos anotando las menudencias de lo que cada uno de ustedes hizo en la tierra? ¡Por Dios! Desbándense, aquí no va a haber juicio.'' y tendió sus alas hacia el universo.

 

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