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La
desilusión del pesimismo
Confieso que desde
hace algún tiempo, desde que finalizó la Segunda Guerra Mundial, en la pantalla
de un cine santiaguero un hongo enorme y venenoso ensombreció el futuro y nos
hizo conscientes del desastre colectivo que se agazapaba en el futuro.
Obviamente, hoy en día las fuentes de hacer daño crecen en casi todos los
rincones de la tierra.
De ahí que en esta
nueva centuria, cada vez que enciendo el televisor o despliego las páginas de
los periódicos, me preparo para enfrentarme a una cadena de desastres. Más aún,
en fugaces ratos, me siento de acuerdo con los filósofos que mantienen que la
humanidad va a ser aniquilada por sus propias creaciones e invenciones. Hace una
par de años, en una exhibición de pintura italiana y alemana, un cuadro
abstracto de colores sombríos mostraba en su esquina izquierda una frase en
alemán: “Por primera vez en su historia la humanidad tiene la capacidad de
destruirse, oportunidad que no debemos desperdiciar''.
¿Estamos
exagerando para justificar una tesis pesimista? No lo creo. Creo que el
pesimismo, como el optimismo, son proyecciones que aplicamos a las acciones para
juzgarlas de acuerdo con nuestra voluntad. El pesimismo consiste en creer que
toda nave humana, aunque viaje con las velas henchidas, va a terminar mal; el
optimismo cree que todo proceso, aun cuando esté a punto de hundirse, terminará
por vencer. Eso significa que son ellos los que definen la circunstancia. Mucho
más certera me parece la descripción de Schumpeter. El marinero que avisa que le
está entrando agua al barco no es opitimista ni pesimista, está simplemente
advirtiendo una realidad. Los marineros que decidan abandonar el barco son
pesimistas; los que decidan luchar por salvarlo son optimistas.
En la actualidad,
algunos filósofos mantienen que ambas posiciones van a ser borradas por el
colapso final de todo lo existente. De ahí la ''alienación'', la separación del
concepto de la vida y de la muerte. Pero siempre se aclara que un aniquilamiento
de la humanidad llevada a cabo por los hombres no plantea, como creeen algunos,
borrar el concepto de Dios. Las creencias religiosas pueden salvarse aun cuando
se discuta la existencia de Dios.
Lo que no ofrece
dudas es que el escenario actual del mundo parece proyectar la imagen de un
creciente aniquilamiento de los hombres llevado a cabo por los hombres. Esa
visión del mal que llevamos adentro está siempre dispuesta a mostrar su
existencia. Cuando al gran Dante Alighieri le preguntaron por qué en su Divina
Comedia la descripción del infierno resultaba aterradora, mientras la del
paraíso apenas si emocionaba. El poeta respondió: “Para encontrar las pavorosas
situaciones del infierno sobraban los modelos en la tierra, pero del paraíso no
encontré ni atisbos''.
¿Cómo se sentiría
el Dante hoy frente a las múltiples imágenes que proyecta nuestra técnica sobre
lo que está ocurriendo en el mundo? Le mostrarían que el nivel del mar está
subiendo, amenazando con inundar toda la tierra; que gases en la atmósfera están
intoxicando cada vez más el aire que respiramos y que el hambre y la pobreza
castigan a millones de niños en el mundo.
Si le mostraran
los maravillosos adelantos de la técnica, en transportes, en comunicaciones, en
crear un universo que no existe, en explorar más lejanos planetas, todos
desiertos, de paso sea dicho, alguien pudiera llevarlo a ver los rincones
turbulentos de la tierra, donde hay guerrilleros que matan niños y niños que
matan maestros; seres humanos que se suicidan para matar enemigos y entrar en el
paraíso; donde ruedan los tanques y cada vez hay más naciones con armas
devastadoras, incluyendo las que son como aquel hongo de muerte que oscureció el
horizonte en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial.
Quién sabe si la
mejor interpretación de ese dilema contemporáneo la describió un humorista
español que se llamaba Wenceslao Fernández Flores. En una ocasión, cuando hubo
una discusión teológica en Madrid sobre el juicio final, Wenceslao describió lo
que iba a ocurrir ese día. Millones de muertos resucitaron para ser juzgados y
se pasearon revisando las buenas y las malas acciones que cometieron en vida.
Pasaba el tiempo y nada ocurría. Los resucitados comenzaron a gemir y a pedir
que los juzgara el Angel del Juicio. Nada ocurría. Entonces la multitud vociferó
su protesta, hasta que apareció un Angel de Flamígera Espada, que les preguntó
por qué el griterío. Ellos explicaron y mostraron sus datos. Entonces tembló el
universo con una carcajada y el Angel exclamó: ''¿Pero ustedes se creen tan
importantes como para que Dios haya pasado siglos anotando las menudencias de lo
que cada uno de ustedes hizo en la tierra? ¡Por Dios! Desbándense, aquí no va a
haber juicio.'' y tendió sus alas hacia el universo. |