DR. LUIS AGUILAR LEÓN

Chile y Costa Rica
 
En estos momentos en que casi toda ''nuestra América'' está batida por vientos de violencia o desesperanza; cuando del modelo argentino llegan sólo gritos de derrumbe; cuando en las grietas de Colombia, y su mezcla de iniciales ''revolucionarias'', se dan diálogos volcánicos que siempre matan y nunca cesan; cuando en Cuba sigue asentada una vieja derruida esfinge que se hunde en las arenas del desierto aspirando, en su creciente soledad, a llevarse a todo su pueblo en un abrazo de tumba; cuando Brasil, el país que no es un país sino un universo, está coqueteando con seguir el mismo camino que conduce a la pirámide socialista; cuando en Venezuela, la aristócrata del petróleo, las grietas parecen correr muy hondo, hay dos países que, para su fortuna, apenas si aparecen en la prensa: Chile y Costa Rica.

De Costa Rica basta decir que en más de una ocasión, cuando todo el continente parecía haber caído en la trampa dictatorial, la imagen de Costa Rica salvaba su reputación y daba aliento a la esperanza. Costa Rica, con sus niños trepando las montañas, llevando los libros como mochilas de educación a sus espaldas; donde las elecciones son cosa tradicional y seria; y contradiciendo las otras experiencias, una revolución trajo la democracia; y donde no existen generales cargados de medallas, y los escolares aprender a votar temprano. Costa Rica es un país donde aun el viento parece ser límpido y vigorizante y aun los visitantes quisieran sumarse al paisaje.

En cierto sentido Chile es diferente. Es otro tipo de hermosura. Volar sobre Chile es bordear una enorme interrogación geográfica. Chile es el norte desértico, Andes enormes reclinados sobre el horizonte, tierra fértil y viñedos en el centro, al sur lagos recónditos, con vientos que doblan los árboles permanentemente y los dejan como monjes en perpetua oración. A todo lo largo de la costa chilena, oscuro, enorme, agitado, ondula ese océano a quien el desventurado Balboa tuvo la peregrina idea de llamar ``el Pacífico''.

Chile es Alonso de Ercilla, a quien casi nadie lee, el padre Andrés Bello, a quien todos le debemos, y un enorme Neruda que llena al horizonte. Chile es un Eduardo Barrios que acaso merecía más, y una Gabriela Mistral que acaso merecía menos. Y también aquel extraño Vicente Huidobro, quien pasó su vida quebrando adjetivos, buscándole bellezas. E Isabel Allende, quien escribe novelas como fuegos artificiales.

Al Chile moderno lo gestaron, digo es un decir ''lo gestaron'', los hermanos Carrera, O'Higgins, San Martín. Y lo cimentó un pragmático e insólito político que se llamaba Diego Portales. Quien dicen que afirmaba que él no creía en Dios pero creía en los curas. Y cuya fórmula de gobierno era engañosamente simple: en Chile deben mandar los que mandan. Así, por un tiempo, tuvo Chile una república imperial y progresista, donde los presidentes mandaban por cinco años, se podían reelegir, y prácticamente seleccionaban al sucesor. Y fue Chile modelo del continente y porque ganó guerras los europeos la llamaron ''la Prusia de América''. Los chilenos son gente alegre, pero austera. De vez en cuando claman ''¡pucha que Chile es un gran país!'' y están convencidos de que al norte de Chile existe un abigarrado conjunto de turbulentos países, cuyos habitantes gritan mucho y gesticulan más, que se extiende hasta el mar Caribe.

Tuvo Chile ''izquierda'' política mucho antes que el continente. Y tipos serios que organizaban obreros y hablaban duro del capitalismo como Luis Emilio Recabarren. Y líderes como Arturo Alessandri, quien se refería a sus seguidores como a su ''chusma dorada''. Y figuras tan azorantes como un oficial de aviación que llegó al poder a pesar de llamarse Marmaduke Grove y proclamó una meteórica ''república socialista'', que desapareció con la velocidad de un avión.

Pero ha habido también en Chile graves tormentas políticas. A la celebración del primer presidente democratacristiano del continente, Eduardo Frei, siguió la elección del marxista Salvador Allende. Y cayó la república en hondas disensiones y recibió una larga visita y otras ayudas de Fidel Castro. En 1973, una sangrienta intervención militar puso fin al creciente tumulto que parecía iba a desembocar en guerra ideológica. En 1988, con el país organizado y la economía prosperando, el general Pinochet aceptó la idea de celebrar un plebiscito para que el pueblo decidiera, con un sencillo ''sí'' o ''no'' si quería que él se quedara o se fuera del poder. Ganó la negación y Chile comenzó de nuevo a moverse hacia la democracia.

Hoy en día, la Unión Europea celebra a Chile como al país más serio y confiable de la América Latina y, un dato de soberana importancia, el país donde hay menos corrupción política. Ni aún el dictador retirado ha sido acusado de deshonestidad económica. De ahí que yo, y creo que todos los cubanos conmigo, que padecemos el peso de la vieja esfinge castrista, que manda y desmanda en Cuba hace 43 años y ha cerrado sus oídos a toda proposición de cambio, cuando le damos una ojeada al continente nos sintamos tentados de alzar una copa de Almadiva para hacer un brindis por dos países modelos que condenaron a Castro en Ginebra y repetir con entusiasmo: ``¡Pucha, que Chile y Costa Rica son dos grandes países!''.

 

a