En estos momentos en que casi toda
''nuestra América'' está batida por vientos de violencia o desesperanza;
cuando del modelo argentino llegan sólo gritos de derrumbe; cuando en las
grietas de Colombia, y su mezcla de iniciales ''revolucionarias'', se dan
diálogos volcánicos que siempre matan y nunca cesan; cuando en Cuba sigue
asentada una vieja derruida esfinge que se hunde en las arenas del desierto
aspirando, en su creciente soledad, a llevarse a todo su pueblo en un abrazo
de tumba; cuando Brasil, el país que no es un país sino un universo, está
coqueteando con seguir el mismo camino que conduce a la pirámide socialista;
cuando en Venezuela, la aristócrata del petróleo, las grietas parecen correr
muy hondo, hay dos países que, para su fortuna, apenas si aparecen en la
prensa: Chile y Costa Rica.
De Costa Rica basta decir que en más de una
ocasión, cuando todo el continente parecía haber caído en la trampa
dictatorial, la imagen de Costa Rica salvaba su reputación y daba aliento a
la esperanza. Costa Rica, con sus niños trepando las montañas, llevando los
libros como mochilas de educación a sus espaldas; donde las elecciones son
cosa tradicional y seria; y contradiciendo las otras experiencias, una
revolución trajo la democracia; y donde no existen generales cargados de
medallas, y los escolares aprender a votar temprano. Costa Rica es un país
donde aun el viento parece ser límpido y vigorizante y aun los visitantes
quisieran sumarse al paisaje.
En cierto sentido Chile es diferente. Es otro tipo de hermosura. Volar
sobre Chile es bordear una enorme interrogación geográfica. Chile es el
norte desértico, Andes enormes reclinados sobre el horizonte, tierra fértil
y viñedos en el centro, al sur lagos recónditos, con vientos que doblan los
árboles permanentemente y los dejan como monjes en perpetua oración. A todo
lo largo de la costa chilena, oscuro, enorme, agitado, ondula ese océano a
quien el desventurado Balboa tuvo la peregrina idea de llamar ``el
Pacífico''.
Chile es Alonso de Ercilla, a quien casi nadie lee, el padre Andrés
Bello, a quien todos le debemos, y un enorme Neruda que llena al horizonte.
Chile es un Eduardo Barrios que acaso merecía más, y una Gabriela Mistral
que acaso merecía menos. Y también aquel extraño Vicente Huidobro, quien
pasó su vida quebrando adjetivos, buscándole bellezas. E Isabel Allende,
quien escribe novelas como fuegos artificiales.
Al Chile moderno lo gestaron, digo es un decir ''lo gestaron'', los
hermanos Carrera, O'Higgins, San Martín. Y lo cimentó un pragmático e
insólito político que se llamaba Diego Portales. Quien dicen que afirmaba
que él no creía en Dios pero creía en los curas. Y cuya fórmula de gobierno
era engañosamente simple: en Chile deben mandar los que mandan. Así, por un
tiempo, tuvo Chile una república imperial y progresista, donde los
presidentes mandaban por cinco años, se podían reelegir, y prácticamente
seleccionaban al sucesor. Y fue Chile modelo del continente y porque ganó
guerras los europeos la llamaron ''la Prusia de América''. Los chilenos son
gente alegre, pero austera. De vez en cuando claman ''¡pucha que Chile es un
gran país!'' y están convencidos de que al norte de Chile existe un
abigarrado conjunto de turbulentos países, cuyos habitantes gritan mucho y
gesticulan más, que se extiende hasta el mar Caribe.
Tuvo Chile ''izquierda'' política mucho antes que el continente. Y tipos
serios que organizaban obreros y hablaban duro del capitalismo como Luis
Emilio Recabarren. Y líderes como Arturo Alessandri, quien se refería a sus
seguidores como a su ''chusma dorada''. Y figuras tan azorantes como un
oficial de aviación que llegó al poder a pesar de llamarse Marmaduke Grove y
proclamó una meteórica ''república socialista'', que desapareció con la
velocidad de un avión.
Pero ha habido también en Chile
graves tormentas políticas. A la celebración del primer presidente
democratacristiano del continente, Eduardo Frei, siguió la elección del
marxista Salvador Allende. Y cayó la república en hondas disensiones y
recibió una larga visita y otras ayudas de Fidel Castro. En 1973, una
sangrienta intervención militar puso fin al creciente tumulto que parecía
iba a desembocar en guerra ideológica. En 1988, con el país organizado y la
economía prosperando, el general Pinochet aceptó la idea de celebrar un
plebiscito para que el pueblo decidiera, con un sencillo ''sí'' o ''no'' si
quería que él se quedara o se fuera del poder. Ganó la negación y Chile
comenzó de nuevo a moverse hacia la democracia.
Hoy en día, la Unión Europea celebra a Chile como al país más serio y
confiable de la América Latina y, un dato de soberana importancia, el país
donde hay menos corrupción política. Ni aún el dictador retirado ha sido
acusado de deshonestidad económica. De ahí que yo, y creo que todos los
cubanos conmigo, que padecemos el peso de la vieja esfinge castrista, que
manda y desmanda en Cuba hace 43 años y ha cerrado sus oídos a toda
proposición de cambio, cuando le damos una ojeada al continente nos sintamos
tentados de alzar una copa de Almadiva para hacer un brindis por dos países
modelos que condenaron a Castro en Ginebra y repetir con entusiasmo: ``¡Pucha,
que Chile y Costa Rica son dos grandes países!''.