DR. LUIS AGUILAR LEÓN

El fracaso de los dioses

En estos últimos días, mientras se cierne sobre todos la amenaza del terrorismo, la prensa nos brindó la ocasión de ver a dos líderes cuyo apretón de manos borraba décadas de peligrosos enfrentamientos y mostraba el final de la tesis comunista que había empañado de sangre a millones de seres humanos. El primer aspecto lo proporcionaron las cámaras cuando el presidente norteamericano George W. Bush y el presidente ruso Vladimir Putin se dieron un abrazo y firmaron los documentos que le abren a Rusia las puertas de la OTAN y de Europa.

Los que tienen edad para recordar la década de los 60, o suficiente curiosidad como para estudiarla, pueden visualizar la escena que le da un pasmoso trasfondo a la actual. Se trata de cuando Nikita Jruschov, el entonces líder de la Unión Soviética, se quitó los zapatos para golpear con ellos la mesa que ocupaba en el salón de las Naciones Unidas, mientras gritaba: ''¡Muy pronto los comunistas los vamos a enterrar a ustedes los capitalistas!'' ¿Quién se acuerda hoy de Jruschov y de sus gritos? Tres décadas más tarde, Jruschov y la Unión Soviética eran polvo de la historia.

Ese aceleramiento del tempo histórico, la vertiginosidad con la que los años cruzan en la época de las computadoras, contribuye a que confundamos el pasar de los eventos. Lo que es importante hoy se desaparece mañana. En una encuesta reciente, el 70% de la juventud rusa no sabía quién era Lenin. Curiosamente, sin embargo, los seres que viven más ávidos de perennidad, los dictadores, suelen ser los primeros que se esfuman en la historia.

Como sabemos, la mayor parte de los dictadores que estremecieron al siglo XX no dejaron huellas o, todavía peor, dejaron huellas negativas en la memoria de los pueblos. Así quedaron Lenin y su discípulo Stalin; Hitler y su comparsa fascista; Pol Pot, el monstruo de Cambodia; y, para no alargar la lista: Trujillo en Santo Domingo. Pero si es relativamente fácil enumerar a los dictadores desaparecidos, es mucho más difícil señalar el peso de la mentira ideológica que ha sido mortal en millones de casos. Obviamente es más fácil matar a un dictador, o dejarlo que se muera de vejez, que disipar el poder de una doctrina que sabe levantar una fe.

Comparemos, para medir la fuerza de una ideología, a Hitler con Lenin o a Pinochet con Castro. Hitler se apoyaba en una teoría tan estrecha, la superioridad aria, que sólo los arios podían identificarse con ella. Como dice Cioran, el gran escritor rumano, el siglo XVIII fue de Francia: cultura y revolución; el siglo XIX de Inglaterra: comercio y poder mundial; y en el siglo XX Alemania, el país de Hegel y Beethoven, ocupó Europa y ofreció un mensaje ridículo: ``Mi tribu es mejor que la tuya''.

Lenin, por el contrario, transformó el marxismo en un mensaje de esperanza, en una utopía que iba a liberar a los hombres de toda explotación. Bien pronto, el propio Lenin y sus seguidores tuvieron que enfrentarse al dilema de toda utopía. El sistema no funcionaba bien, había que hacer reformas más realistas. Pero hacer reformas implicaba debilitar el mensaje. Era mejor mentir y eliminar a los que criticaban. El resultado de tal política fue tempranamente conocido. En la década de los 20 el socialista Karl Kautsky afirmaba que en la Unión Soviética sólo dos cosas funcionaban bien, la represión y la propaganda. Tal dualismo no salvó al sistema, por el contrario, lo convirtió en un gulag, en una fría máquina de ejecuciones. Pero la doctrina le dio más vida a los comunistas que al comunismo.

En otra esfera, el general Pinochet probablemente salvó a Chile de una guerra civil y se retiró cuando un referéndum del pueblo le pidió que se retirara. El general no estaba amparado por ninguna ideología. Su misión y su mensaje, bueno o malo, terminaban con él. Fidel Castro siguió otra línea. Al llegar al poder, el entusiasmo popular era tan inmenso que Castro podía haberse proclamado presidente o ''salvador nacional'' de una isla cuya economía era firme.

Pero Castro sabía que, para durar, el poder absoluto requiere una doctrina que todo lo justifique y un enemigo descrito como insaciable e implacable que encienda la venganza del pueblo: el imperialismo americano. La mentira de Lenin seguía justificando cualquier crimen.

Así, mientras casi todas sus energías se volcaban sobre la teoría de las guerrillas, el empeño de ser un revolucionario y enseñar cómo se crean vacas enanas y fecundas, la economía del país se deterioraba, la crítica crecía y, naturalmente, la represión aumentaba. Pero la economía no funcionaba, la maquinaria estatal, condenada a seguir fórmulas vacías, se iba estropeando y de Rusia llegaban alarmantes noticias: la mentira socialista se derretía. Para 1990, la Unión Soviética y los países del este de Europa se habían quitado el ropaje socialista o, como vociferaba Castro, se habían ''vendido'' al imperialismo. Con una zafra cuesta abajo y debiéndole todo a todo el mundo Castro descubrió que se había quedado solo. Todavía peor, los únicos que quién sabe podrían salvarlo eran los Estados Unidos y la ayuda de los exiliados.

Una vez más los dioses comunistas habían fracasado.

 

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