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Cuba: la larga lucha por un ideal
No hace mucho
tiempo que en Moscú se desvanecieron aquellas sombrías legiones comunistas
rusas, cuyas armas parecían siempre impacientes por destruir al Occidente y que
sacudían a la Plaza Roja con el retumbante golpear de miles de botas.
Afortunadamente, llegó un momento en que, incapaz de alcanzar el nivel de
progreso técnico americano y comprobando cuán bajo era el nivel de vida del
pueblo soviético, los rusos echaron fuera la teoría de Marx y se integraron a la
ecuación económica de Occidente.
Como un viejo
hueso perdido en la blanca vastedad de la nieve, el comunismo se quedó en la
Siberia. Siguiendo ese impulso liberador, unos meses más tarde, la Europa del
Este se despojó del fracaso comunista que le había sido impuesto por los rusos.
No todo el mundo,
sin embargo, decidió liberarse de la ineficaz fórmula marxista. En Cuba rige un
hombre que dice ser comunista o socialista, que sigue con su uniforme de guerra,
pero que no tiene otro objetivo ni se aviene a más empresa que mantenerse en el
poder. Regir él solo, absoluta y totalmente, sin concesiones, que son muestras
de debilidad; sin ideología; rodeado de consejeros que son meros ceros; con un
control total del aparato represivo que se cierne sobre los niños, los jóvenes y
los viejos. Sólo así, bajo el poder de esos puños, puede una dictadura personal
prometer que se va a recuperar la economía nacional creando vacas que producen
leche sin colesterol y sembrando viñedos que producirán el mejor vino del mundo.
Ese líder no está
loco, o si lo está se trata de una locura concentrada en el poder absoluto. De
ahí su obsesión de castigo y represión. En ese sentido, en ese único sentido, la
eficiencia del líder ha sido impresionante. Castro ha regido el doble de tiempo
que Stalin y el triple que Hitler. Y sigue con una sola respuesta a todo el que
propone necesarias reformas: No. Reformar es debilitar. Así, ante el magnífico
desafío del Proyecto Varela, que se basa en contar realmente con el pueblo
usando la legislación del régimen, Castro apretó el botón ''desfiles'' y en
minutos, con niños amenazando desde la televisión a quienes no estuvieran en el
lugar adecuado, casi un millón de cubanos cesaron de trabajar, recibieron
banderitas e instrucciones y dejaron caer sus gritos de lealtad en un desfile de
entrenados delfines. El precio de la gasolina y la ausencia del trabajo elevaron
el costo de la absurda manifestación. Pero esa reacción pavloviana es la única
que le queda al líder en este ámbito de decadencia.
En una isla
escuálida, donde los centrales azucareros están siendo demolidos, dejando sin
trabajo a cientos de miles de campesinos y obreros; en donde el petróleo vital
prometido por Chávez ha cesado de llegar, y en donde el mero sobrevivir se ha
hecho problemático, el líder rechaza todo argumento y amenaza a quien insista en
rozar la constitución socialista que él proclama sagrada, pura e intocable.
Bueno es recordar que en la constitución soviética había una sección adornada de
luminosos derechos humanos. Pero al final de la sección un breve artículo
establecía que todos esos derechos desaparecían si se trataba de acciones que
ponían en peligro ''la seguridad del estado''. Claro que sólo el estado sabía
cuáles eran esas acciones.
Pues
bien, la visión de una obedeciente multitud acumulada para amedrentar a un grupo
de bravos cubanos que no pretenden agredir a nadie, que no han violado la
legislación socialista, sino que la han interpretado como una apertura para
abrir los pulmones de un pueblo que se ahoga, es una señal de parálisis. Claro
que Castro puede siempre aplicar el método staliniano de la represión, pero eso
sería un crimen trágico que iría contra los harapos que le quedan de un
prestigio internacional.
Hay
además en este proceso un evento cuya importancia debe ser destacada.
Por primera vez en
mucho tiempo, el exilio tiene una posibilidad de contribuir al cambio que debe
ocurrir en Cuba.
Lo primero que
debe hacerse es apoyar sin reservas a los cubanos que allá en la isla siguen
esparciendo sus ideas y se han enfrentado y siguen enfrentándose a la
posibilidad de la represión estatal. Su inteligente proyecto ha logrado ya que
la prensa mundial, aun la ''liberal'', que tanto han distorsionado las noticias
en favor de Castro, critiquen su actitud hacia el Proyecto Varela.
El apoyo de los
exiliados es esencial para los cubanos de allá. El enemigo está sin recursos,
pero todavía es bien fuerte en la represión. Preciso es, por tanto, estar listos
para denunciar cualquier crimen y proteger, en lo que se pueda, la vida y la
dignidad de los disidentes. Nosotros debemos insistir, cada vez que se pueda,
sin perder el aliento, en que el desastre económico de Cuba no se debe a ningun
''bloqueo'' o embargo, sino al sacrificio cotidiano de planes serios y métodos
eficientes, quebrados por la voluntad del dictador.
Tal apoyo, sincero
y visible, serviría para demostrar que, contra lo que dice la prensa totalitaria
del dictador, después de cuarenta y tres años de lucha contra la dictadura, con
inevitables excepciones seguimos enviando libros y ayuda económica a los cubanos
de la isla. Y, sobre todo, que allá en Cuba y aquí en el exilio no estamos
respaldando a un líder o a un partido de rasgos totalitarios, sino que allá y
acá los cubanos siguen luchando por unos ideales: la democracia y la libertad.
Una vez que se
implanten esos ideales en Cuba, podremos discutir cuáles son los mejores
programas y métodos. Pero, por ahora, lo que es urgente es apoyar el camino que
lleva a esos ideales. |