DR. LUIS AGUILAR LEÓN

Cuba: la larga lucha por un ideal

No hace mucho tiempo que en Moscú se desvanecieron aquellas sombrías legiones comunistas rusas, cuyas armas parecían siempre impacientes por destruir al Occidente y que sacudían a la Plaza Roja con el retumbante golpear de miles de botas.

Afortunadamente, llegó un momento en que, incapaz de alcanzar el nivel de progreso técnico americano y comprobando cuán bajo era el nivel de vida del pueblo soviético, los rusos echaron fuera la teoría de Marx y se integraron a la ecuación económica de Occidente. Como un viejo hueso perdido en la blanca vastedad de la nieve, el comunismo se quedó en la Siberia. Siguiendo ese impulso liberador, unos meses más tarde, la Europa del Este se despojó del fracaso comunista que le había sido impuesto por los rusos.

No todo el mundo, sin embargo, decidió liberarse de la ineficaz fórmula marxista. En Cuba rige un hombre que dice ser comunista o socialista, que sigue con su uniforme de guerra, pero que no tiene otro objetivo ni se aviene a más empresa que mantenerse en el poder. Regir él solo, absoluta y totalmente, sin concesiones, que son muestras de debilidad; sin ideología; rodeado de consejeros que son meros ceros; con un control total del aparato represivo que se cierne sobre los niños, los jóvenes y los viejos. Sólo así, bajo el poder de esos puños, puede una dictadura personal prometer que se va a recuperar la economía nacional creando vacas que producen leche sin colesterol y sembrando viñedos que producirán el mejor vino del mundo.

Ese líder no está loco, o si lo está se trata de una locura concentrada en el poder absoluto. De ahí su obsesión de castigo y represión. En ese sentido, en ese único sentido, la eficiencia del líder ha sido impresionante. Castro ha regido el doble de tiempo que Stalin y el triple que Hitler. Y sigue con una sola respuesta a todo el que propone necesarias reformas: No. Reformar es debilitar. Así, ante el magnífico desafío del Proyecto Varela, que se basa en contar realmente con el pueblo usando la legislación del régimen, Castro apretó el botón ''desfiles'' y en minutos, con niños amenazando desde la televisión a quienes no estuvieran en el lugar adecuado, casi un millón de cubanos cesaron de trabajar, recibieron banderitas e instrucciones y dejaron caer sus gritos de lealtad en un desfile de entrenados delfines. El precio de la gasolina y la ausencia del trabajo elevaron el costo de la absurda manifestación. Pero esa reacción pavloviana es la única que le queda al líder en este ámbito de decadencia.

En una isla escuálida, donde los centrales azucareros están siendo demolidos, dejando sin trabajo a cientos de miles de campesinos y obreros; en donde el petróleo vital prometido por Chávez ha cesado de llegar, y en donde el mero sobrevivir se ha hecho problemático, el líder rechaza todo argumento y amenaza a quien insista en rozar la constitución socialista que él proclama sagrada, pura e intocable. Bueno es recordar que en la constitución soviética había una sección adornada de luminosos derechos humanos. Pero al final de la sección un breve artículo establecía que todos esos derechos desaparecían si se trataba de acciones que ponían en peligro ''la seguridad del estado''. Claro que sólo el estado sabía cuáles eran esas acciones.

Pues bien, la visión de una obedeciente multitud acumulada para amedrentar a un grupo de bravos cubanos que no pretenden agredir a nadie, que no han violado la legislación socialista, sino que la han interpretado como una apertura para abrir los pulmones de un pueblo que se ahoga, es una señal de parálisis. Claro que Castro puede siempre aplicar el método staliniano de la represión, pero eso sería un crimen trágico que iría contra los harapos que le quedan de un prestigio internacional.

Hay además en este proceso un evento cuya importancia debe ser destacada. Por primera vez en mucho tiempo, el exilio tiene una posibilidad de contribuir al cambio que debe ocurrir en Cuba.

Lo primero que debe hacerse es apoyar sin reservas a los cubanos que allá en la isla siguen esparciendo sus ideas y se han enfrentado y siguen enfrentándose a la posibilidad de la represión estatal. Su inteligente proyecto ha logrado ya que la prensa mundial, aun la ''liberal'', que tanto han distorsionado las noticias en favor de Castro, critiquen su actitud hacia el Proyecto Varela.

El apoyo de los exiliados es esencial para los cubanos de allá. El enemigo está sin recursos, pero todavía es bien fuerte en la represión. Preciso es, por tanto, estar listos para denunciar cualquier crimen y proteger, en lo que se pueda, la vida y la dignidad de los disidentes. Nosotros debemos insistir, cada vez que se pueda, sin perder el aliento, en que el desastre económico de Cuba no se debe a ningun ''bloqueo'' o embargo, sino al sacrificio cotidiano de planes serios y métodos eficientes, quebrados por la voluntad del dictador.

Tal apoyo, sincero y visible, serviría para demostrar que, contra lo que dice la prensa totalitaria del dictador, después de cuarenta y tres años de lucha contra la dictadura, con inevitables excepciones seguimos enviando libros y ayuda económica a los cubanos de la isla. Y, sobre todo, que allá en Cuba y aquí en el exilio no estamos respaldando a un líder o a un partido de rasgos totalitarios, sino que allá y acá los cubanos siguen luchando por unos ideales: la democracia y la libertad.

Una vez que se implanten esos ideales en Cuba, podremos discutir cuáles son los mejores programas y métodos. Pero, por ahora, lo que es urgente es apoyar el camino que lleva a esos ideales.

 

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