DR. LUIS AGUILAR LEÓN

La quiebra moral del pueblo cubano
 
Donde quiera que en estos últimos días hayan estado cubanos, cubanos de ésos que llevan el pulso de Martí en la conciencia y el amor a Cuba en el corazón, habrán sufrido los amargos latidos de sentir a su pueblo humillado.

Ya llevábamos en la espalda el peso de la dictadura más larga de la América Latina y probablemente del mundo. Y ahora sufrimos el espectáculo de un millón de cubanos movilizados en cuarenta y ocho horas para gritar necedades y luego inscribirse en un referendo demencial que sólo registra miedo.

De ahí que, para quien haya conocido o creído conocer el carácter del cubano de ayer, esa visible contradicción entre la positiva imagen del pasado y la imagen doblegada y turbia del hoy, conduce a una pregunta que ha de pesar largo tiempo sobre los historiadores del futuro. ¿Por qué los cubanos entran en la nueva centuria con el espíritu encadenado y la desesperación orientada hacia el riesgo del mar? Quizás porque en Cuba ha ocurrido un resquebrajamiento ético, impuesto por un dictador de inmensa capacidad destructora.

Sin olvidar la complejidad de la situación, y saludando siempre a los disidentes, a los presos y a los que se oponen a la dictadura, aún es posible aplicarle el viejo método de Ortega y Gasset sobre el ''yo'' y su ''circunstancia'' y preguntarse si cuarenta y cuatro años de dictadura comunista, nuestra ''circunstancia'', pueden haber alterado el carácter del pueblo, el ''yo'' colectivo del cubano. Lo cual es mucho más grave.

Todos sabemos que bajo el peso de una dictadura totalitaria, sumidos en una orfandad ideológica postmarxista, aplaudiendo a una carcomida revolución mantenida en formol, y aplastados por una catástrofe económica, muchos cubanos se han visto obligados, y posiblemente se hayan acostumbrado, a robar o delinquir para sobrevivir. La mayor parte de los testimonios que brotan en la isla hablan de una juventud sin esperanzas, que vive de espaldas al régimen que los quiere convertir en marionetas. Es posible entonces que la dura circunstancia histórica haya endurecido no la manera de vivir, sino la manera de ser y de pensar del yo colectivo de Cuba. Manuel Azaña, quien fue presidente de la república española en la guerra, afirmaba que la habían perdido porque la mayoría de los líderes se ponían y se quitaban caretas políticas, hasta que se paralizaron porque las caretas se les habían vuelto sus verdaderos rostros.

Existen testimonios más próximos a la experiencia cubana. Escuchemos a un rumano-germano que responde al impresionante nombre de Richard Wagner, citado en el libro Free to Hate de Paul Hockenos. ``En Rumania, durante y después de la dictadura comunista, el pueblo no luchaba por la libertad de expresión, sino por obtener el pan de cada día. Inevitablemente, la lucha por sobrevivir se tornó en una lucha de todos contra todos. Había que empujar en las colas y en el transporte, estar alerta contra los agentes y los delatores, e inventar trucos y mentiras. Vivir siempre temiendo que alguien nos empuje al abismo lo vuelve a uno inmoral. El pueblo fue arrojado a un círculo de tortura y terminó siendo su propio torturador. Cuando cayó la dictadura comunista, los que se habían quedado se proclamaron víctimas del régimen y denunciaron a todo grupo o persona que les luciera culpable: los sospechosos de haberse enriquecido bajo la dictadura, las minorías extranjeras, gitanos o judíos, los disidentes democráticos y los exiliados que se comportaban como gente importante''.

Por otro lado, hay quienes niegan la división y la inmoralidad colectiva que dejan detrás las tiranías comunistas. Si el sistema comunista es tan negativo, arguyen, ¿cómo se explica que apenas se establecieron regímenes más o menos democráticos, numerosos ex miembros del partido se mantuvieron o retornaron al poder mediante elecciones libres? Ese argumento sofisticado, que pudiera ayudar a entender, o quizás prever, lo que pudiera ocurrir en Cuba después de Castro, merece un comentario.

La visible supervivencia de antiguos comunistas en Rusia no niega, sino ratifica, la deletérea capacidad de la dictadura marxista. Precisamente, la brutalidad y la ineficiencia del sistema soviético fueron las causas de su derrumbe. Pero la larga estrangulación de una sociedad no permite que emerjan nuevos líderes, se discutan planes y opiniones y el pueblo tome conciencia de sus derechos y de su responsabilidad. Así se prolonga la influencia de los comunistas que se suman al proceso. Véase ahí, en Cuba, cómo el dictador lleva a cabo un ''referendo'' que sólo le sirve para humillar al pueblo cubano y para tratar de evitar que nadie se atreva a discutir el futuro.

Afortunadamente el proceso no termina ahí. Apenas se comienzan a abrir las ventanas de libertad, los pueblos aprenden a luchar por ella y a seleccionar candidatos. Es por eso que, después de su caída, los ex comunistas tienden a imponer la corrupción para mantener al ''nuevo régimen''. Pero poco a poco el pueblo suele descubrir las ventajas de la democracia. También se descubre su vulnerabilidad.

El riesgo de que la quiebra moral siga consumiendo al pueblo obliga a apoyar todo esfuerzo que mueva hacia la democracia antes y después de la caída del régimen. Y sabiendo que la lucha no termina nunca.

 

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