Donde quiera que en estos últimos días hayan estado
cubanos, cubanos de ésos que llevan el pulso de Martí en la conciencia y el
amor a Cuba en el corazón, habrán sufrido los amargos latidos de sentir a su
pueblo humillado.Ya llevábamos en la espalda el peso de la dictadura más
larga de la América Latina y probablemente del mundo. Y ahora sufrimos el
espectáculo de un millón de cubanos movilizados en cuarenta y ocho horas para
gritar necedades y luego inscribirse en un referendo demencial que sólo
registra miedo.
De ahí que, para quien haya conocido o creído conocer el carácter del
cubano de ayer, esa visible contradicción entre la positiva imagen del pasado
y la imagen doblegada y turbia del hoy, conduce a una pregunta que ha de pesar
largo tiempo sobre los historiadores del futuro. ¿Por qué los cubanos entran
en la nueva centuria con el espíritu encadenado y la desesperación orientada
hacia el riesgo del mar? Quizás porque en Cuba ha ocurrido un
resquebrajamiento ético, impuesto por un dictador de inmensa capacidad
destructora.
Sin olvidar la complejidad de la situación, y saludando siempre a los
disidentes, a los presos y a los que se oponen a la dictadura, aún es posible
aplicarle el viejo método de Ortega y Gasset sobre el ''yo'' y su ''circunstancia''
y preguntarse si cuarenta y cuatro años de dictadura comunista, nuestra ''circunstancia'',
pueden haber alterado el carácter del pueblo, el ''yo'' colectivo del cubano.
Lo cual es mucho más grave.
Todos sabemos que bajo el peso de una dictadura totalitaria, sumidos en una
orfandad ideológica postmarxista, aplaudiendo a una carcomida revolución
mantenida en formol, y aplastados por una catástrofe económica, muchos cubanos
se han visto obligados, y posiblemente se hayan acostumbrado, a robar o
delinquir para sobrevivir. La mayor parte de los testimonios que brotan en la
isla hablan de una juventud sin esperanzas, que vive de espaldas al régimen
que los quiere convertir en marionetas. Es posible entonces que la dura
circunstancia histórica haya endurecido no la manera de vivir, sino la manera
de ser y de pensar del yo colectivo de Cuba. Manuel Azaña, quien fue
presidente de la república española en la guerra, afirmaba que la habían
perdido porque la mayoría de los líderes se ponían y se quitaban caretas
políticas, hasta que se paralizaron porque las caretas se les habían vuelto
sus verdaderos rostros.
Existen testimonios más próximos a la experiencia cubana. Escuchemos a un
rumano-germano que responde al impresionante nombre de Richard Wagner, citado
en el libro Free to Hate de Paul Hockenos. ``En Rumania, durante y
después de la dictadura comunista, el pueblo no luchaba por la libertad de
expresión, sino por obtener el pan de cada día. Inevitablemente, la lucha por
sobrevivir se tornó en una lucha de todos contra todos. Había que empujar en
las colas y en el transporte, estar alerta contra los agentes y los delatores,
e inventar trucos y mentiras. Vivir siempre temiendo que alguien nos empuje al
abismo lo vuelve a uno inmoral. El pueblo fue arrojado a un círculo de tortura
y terminó siendo su propio torturador. Cuando cayó la dictadura comunista, los
que se habían quedado se proclamaron víctimas del régimen y denunciaron a todo
grupo o persona que les luciera culpable: los sospechosos de haberse
enriquecido bajo la dictadura, las minorías extranjeras, gitanos o judíos, los
disidentes democráticos y los exiliados que se comportaban como gente
importante''.
Por otro lado, hay quienes niegan la división y la inmoralidad colectiva
que dejan detrás las tiranías comunistas. Si el sistema comunista es tan
negativo, arguyen, ¿cómo se explica que apenas se establecieron regímenes más
o menos democráticos, numerosos ex miembros del partido se mantuvieron o
retornaron al poder mediante elecciones libres? Ese argumento sofisticado, que
pudiera ayudar a entender, o quizás prever, lo que pudiera ocurrir en Cuba
después de Castro, merece un comentario.
La visible supervivencia de antiguos comunistas en Rusia no niega, sino
ratifica, la deletérea capacidad de la dictadura marxista. Precisamente, la
brutalidad y la ineficiencia del sistema soviético fueron las causas de su
derrumbe. Pero la larga estrangulación de una sociedad no permite que emerjan
nuevos líderes, se discutan planes y opiniones y el pueblo tome conciencia de
sus derechos y de su responsabilidad. Así se prolonga la influencia de los
comunistas que se suman al proceso. Véase ahí, en Cuba, cómo el dictador lleva
a cabo un ''referendo'' que sólo le sirve para humillar al pueblo cubano y
para tratar de evitar que nadie se atreva a discutir el futuro.
Afortunadamente el proceso no termina ahí. Apenas se comienzan a abrir las
ventanas de libertad, los pueblos aprenden a luchar por ella y a seleccionar
candidatos. Es por eso que, después de su caída, los ex comunistas tienden a
imponer la corrupción para mantener al ''nuevo régimen''. Pero poco a poco el
pueblo suele descubrir las ventajas de la democracia. También se descubre su
vulnerabilidad.
El riesgo de que la quiebra moral siga consumiendo al pueblo obliga a
apoyar todo esfuerzo que mueva hacia la democracia antes y después de la caída
del régimen. Y sabiendo que la lucha no termina nunca.