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Locura y aburrimiento
Hace muchos
años, conocí a un modesto sabio peruano que vivía recluido cerca de las ruinas
de Sacsahuaman, quien mantenía la tesis de que para entender la América Latina,
siempre envuelta en fantásticas crisis y distorsiones, era preciso tomar
livianas dosis de peyote, que permitían entender la lógica surrealista de los
eventos.
La
multiplicidad de sus ejemplos era impresionante. Pasábamos a entender las
razones que tuvo un dictador boliviano para ordenar el fusilamiento de su
uniforme porque le había arañado el cuello; cómo fue posible que en Cuba un
médico chino, que ni era médico ni era chino, se convirtiera en la cumbre de la
sabiduría medicinal de la isla; y cómo fue posible que en la propia Lima viera
yo una vez desfilar una manifestación popular que marchaba hacia la residencia
del presidente con un enorme e insólito letrero: ``Presidente, ofrézcanos
promesas, no realidades''.
La fantástica
frase me dejó abismado. Una idea comprensible se volvía una frase ininteligible.
Desde luego no tomé peyote, pero un apresurado martini me permitió vislumbrar la
lógica surrealista que respaldaba al letrero. Se trataba de apelar a la fantasía
del presidente para que los ayudara a sobrevivir. ``Señor presidente, sabemos
que estamos quebrados, que la economía no funciona, que la violencia crece,
pero, por favor, no nos repita esas duras realidades, háganos promesas que
iluminen como antorchas el camino del futuro''.
Claro que la
fantasía no altera la realidad, simplemente la hace tolerable. De ahí que, en
momentos como los actuales, cuando casi todas las noticias cruzan cargadas de
ominosas posibilidades y se multiplican las voces anunciando la llegada del
Apocalipsis, el apelar a la fantasía es casi requisito para sobrevivir. Sin ni
siquiera mencionar la pavorosa situación del Medio Oriente, donde muertos salen
a matar vivos, la realidad que más cerca tenemos es la situación de la América
Latina donde, desde la Argentina hasta México, están enfrentándose a hondas
crisis que van de la violencia a la ruina. Más grave aún es ver a las poderosas
finanzas americanas, que solían ser bastión y ejemplo de la ética capitalista,
asaltadas hoy por un enemigo que los latinos conocemos bien, y que puede
arruinar y quebrar el prestigio de la gran democracia del norte: no el
comunismo, sino la corrupción.
Cada compañía
o sociedad anónima que se derrumba carcomida por la corrupción ofrece un doble
rostro de malignidad: primero, los miles de empleados y accionistas que ruedan a
la ruina porque los directivos los traicionaron, y segundo, cómo esos propios
ejecutivos y directivos salvan y se llevan millones de dólares, a pesar de que
fueron ellos los principales responsables de las manipulaciones que hundieron
las compañías. Mientras tanto, una corte de apelaciones de California declaraba
que es violar la constitución hacer que los niños americanos mencionen el nombre
de Dios cuando juren lealtad a la bandera. La Iglesia Católica se ha tenido que
enfrentar no a un cisma teológico, sino a una crisis de sexo y abuso que ha
dañado su prestigio y su credibilidad.
No hay, desde
luego, nadie más capaz de torcer la realidad e imponer una fantasía negativa que
Fidel Castro Ruz. Ahora mismo, mientras no ha logrado ponerle punto final al
desesperado proceso de convertir el socialismo en una especie de altar marxista
que le garantizará su poder más allá de la tumba. Para lograr tal incursión en
el futuro, Castro asombró aun a quienes lo apoyaban para invertir en Cuba,
quienes saben lo hondo que ha caído la economía en el país, y ven de pronto cómo
todo el aparato estatal se paraliza para que un millón de cubanos desfile en y
fuera de La Habana y luego más millones dejen de trabajar por tres días, para
votar en favor de la inefable constitución y de la permanencia en el poder de
Fidel Castro, aun después de muerto.
Todavía más
increíble, antes de terminar ese costoso camino, Castro fue a la televisión para
acusar al gobierno de los Estados Unidos de lo que estaban haciendo sus
diplomáticos en Cuba y para amenazar con romper los vínculos diplomáticos con
Washington. Este último punto venía rodeado de una conocida imagen, otra
emigración masiva de cubanos que quieren abandonar la isla.
Ahora bien,
si el propio Castro reconoce que si se levanta la prohibición de salir, miles de
cubanos van a saltar hacia el mar, cabe preguntar si esos miles votaron por el
férreo socialismo que Castro quiere imponer. Tales individuos o no votaron o los
obligaron a votar. Lo cual expresa claramente la ridiculez de la proclamada
''unanimidad'' de votos.
Pero hubo
otra imagen más surrealista. Fue ver a Castro hablando en la asamblea, mientras
a sus espaldas, Vilma Espín, directora de alguna asamblea femenina y ex esposa
de Raúl Castro, se dormía, dando cada vez más largos cabezazos.
Por una sola
vez en su vida Vilma Espín se convirtió en la expresión de su pueblo. Todo es
posible en nuestro fantástico continente. Los cabezazos de Vilma señalan un
camino. Quién sabe si Castro y su torvo y decrépito socialismo serán derribados
por el aburrimiento del pueblo. Y veremos a miles de cubanos sonrientes desfilar
por el malecón con un letrero: ``Por favor, comandante, no nos quedan bostezos,
dénos
su renuncia y marche aburriendo a los infelices que lo escuchen''. |