DR. LUIS AGUILAR LEÓN

Locura y aburrimiento

Hace muchos años, conocí a un modesto sabio peruano que vivía recluido cerca de las ruinas de Sacsahuaman, quien mantenía la tesis de que para entender la América Latina, siempre envuelta en fantásticas crisis y distorsiones, era preciso tomar livianas dosis de peyote, que permitían entender la lógica surrealista de los eventos.

La multiplicidad de sus ejemplos era impresionante. Pasábamos a entender las razones que tuvo un dictador boliviano para ordenar el fusilamiento de su uniforme porque le había arañado el cuello; cómo fue posible que en Cuba un médico chino, que ni era médico ni era chino, se convirtiera en la cumbre de la sabiduría medicinal de la isla; y cómo fue posible que en la propia Lima viera yo una vez desfilar una manifestación popular que marchaba hacia la residencia del presidente con un enorme e insólito letrero: ``Presidente, ofrézcanos promesas, no realidades''.

La fantástica frase me dejó abismado. Una idea comprensible se volvía una frase ininteligible. Desde luego no tomé peyote, pero un apresurado martini me permitió vislumbrar la lógica surrealista que respaldaba al letrero. Se trataba de apelar a la fantasía del presidente para que los ayudara a sobrevivir. ``Señor presidente, sabemos que estamos quebrados, que la economía no funciona, que la violencia crece, pero, por favor, no nos repita esas duras realidades, háganos promesas que iluminen como antorchas el camino del futuro''.

Claro que la fantasía no altera la realidad, simplemente la hace tolerable. De ahí que, en momentos como los actuales, cuando casi todas las noticias cruzan cargadas de ominosas posibilidades y se multiplican las voces anunciando la llegada del Apocalipsis, el apelar a la fantasía es casi requisito para sobrevivir. Sin ni siquiera mencionar la pavorosa situación del Medio Oriente, donde muertos salen a matar vivos, la realidad que más cerca tenemos es la situación de la América Latina donde, desde la Argentina hasta México, están enfrentándose a hondas crisis que van de la violencia a la ruina. Más grave aún es ver a las poderosas finanzas americanas, que solían ser bastión y ejemplo de la ética capitalista, asaltadas hoy por un enemigo que los latinos conocemos bien, y que puede arruinar y quebrar el prestigio de la gran democracia del norte: no el comunismo, sino la corrupción.

Cada compañía o sociedad anónima que se derrumba carcomida por la corrupción ofrece un doble rostro de malignidad: primero, los miles de empleados y accionistas que ruedan a la ruina porque los directivos los traicionaron, y segundo, cómo esos propios ejecutivos y directivos salvan y se llevan millones de dólares, a pesar de que fueron ellos los principales responsables de las manipulaciones que hundieron las compañías. Mientras tanto, una corte de apelaciones de California declaraba que es violar la constitución hacer que los niños americanos mencionen el nombre de Dios cuando juren lealtad a la bandera. La Iglesia Católica se ha tenido que enfrentar no a un cisma teológico, sino a una crisis de sexo y abuso que ha dañado su prestigio y su credibilidad.

No hay, desde luego, nadie más capaz de torcer la realidad e imponer una fantasía negativa que Fidel Castro Ruz. Ahora mismo, mientras no ha logrado ponerle punto final al desesperado proceso de convertir el socialismo en una especie de altar marxista que le garantizará su poder más allá de la tumba. Para lograr tal incursión en el futuro, Castro asombró aun a quienes lo apoyaban para invertir en Cuba, quienes saben lo hondo que ha caído la economía en el país, y ven de pronto cómo todo el aparato estatal se paraliza para que un millón de cubanos desfile en y fuera de La Habana y luego más millones dejen de trabajar por tres días, para votar en favor de la inefable constitución y de la permanencia en el poder de Fidel Castro, aun después de muerto.

Todavía más increíble, antes de terminar ese costoso camino, Castro fue a la televisión para acusar al gobierno de los Estados Unidos de lo que estaban haciendo sus diplomáticos en Cuba y para amenazar con romper los vínculos diplomáticos con Washington. Este último punto venía rodeado de una conocida imagen, otra emigración masiva de cubanos que quieren abandonar la isla.

Ahora bien, si el propio Castro reconoce que si se levanta la prohibición de salir, miles de cubanos van a saltar hacia el mar, cabe preguntar si esos miles votaron por el férreo socialismo que Castro quiere imponer. Tales individuos o no votaron o los obligaron a votar. Lo cual expresa claramente la ridiculez de la proclamada ''unanimidad'' de votos.

Pero hubo otra imagen más surrealista. Fue ver a Castro hablando en la asamblea, mientras a sus espaldas, Vilma Espín, directora de alguna asamblea femenina y ex esposa de Raúl Castro, se dormía, dando cada vez más largos cabezazos.

Por una sola vez en su vida Vilma Espín se convirtió en la expresión de su pueblo. Todo es posible en nuestro fantástico continente. Los cabezazos de Vilma señalan un camino. Quién sabe si Castro y su torvo y decrépito socialismo serán derribados por el aburrimiento del pueblo. Y veremos a miles de cubanos sonrientes desfilar por el malecón con un letrero: ``Por favor, comandante, no nos quedan bostezos, dénos su renuncia y marche aburriendo a los infelices que lo escuchen''.

 

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