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Razones de la grandeza americana
La visión de
cohetes explotando en el espacio por encima de los clásicos cantos elogiando la
belleza del pueblo y del país; viendo las añejas danzas del oeste americano y
los muchos más cimbreantes bailes contemporáneos, y todo impulsado por chispas
de un patriotismo reafirmado frente a la amenaza de una violencia terrorista, lo
dejan a uno admirado ante la vitalidad de este gran país.
Pero
como siempre hay personas que disfrutan el escurrir gotas de ''imperialismo'' en
todos los actos de Washington, conviene señalar aquí una hazaña histórica del
pueblo americano que es soslayada por muchos
como
si fuera un logro sin importancia. Porque resulta que después de más de
doscientos años de historia, años cargados de guerra, avances, gloriosas
victorias y amargas derrotas, los americanos no han permitido ni sufrido jamás
el peso de una dictadura.
Los
americanos inician su marcha de independencia en los finales del siglo XVIII,
después de larga lucha y antes de que la revolución francesa sacudiera al mundo
occidental. De ahí en adelante, salvaron la unidad nacional en una honda y
sangrienta guerra civil; ayudaron a derrotar a los tres imperios más poderosos y
malignos del siglo XX, el III Reich alemán, el militarismo japonés y el
comunismo soviético; y hoy, el pueblo americano se encuentra orgulloso de su
pasado y a la vanguardia de una peligrosa lucha contra el terrorismo. Ni
Inglaterra, cuya tradición democrática y respeto a la ley son bien conocidos,
puede comparar su récord político. Allí, un líder, llamado Oliver Cromwell,
condenó a muerte al rey, proclamó una república, se instauró como Lord
Protector, inició las purgas revolucionarias y murió en el poder en 1658. Ese
cruel dictador arrasó Irlanda y dejó una memoria tan negativa que impulsó la
vuelta a una monarquía democrática.
De
donde brota también el primer rasgo político que ayuda a entender la vocación
democrática que crece en las colonias británicas de Norteamérica. Educados por
la propia Inglaterra a siempre respetar la ley (''the rule of law'') los
americanos se rebelaron cuando era el rey inglés quien, violando la ley, les
impone impuestos. El propio Edmund Burke, el más señero de los hombres de estado
ingleses, cuya lealtad a la ley era impenetrable, consideró que la conducta
británica, el ''abuso de la ley'', justificaba el que los americanos recurrieran
a la espada.
Tanto
Burke como los líderes americanos, incluyendo a Thomas Jefferson, quien en
cierto momento escribió que ''rebelarse contra los tiranos es obedecer a Dios'',
estaban influenciados por el filósofo inglés John Locke, cuya tesis era que lo
básico era crear una sociedad donde los hombres ascendieran por la virtud, el
talento y la industria. Locke creía y enseñaba que no había nada malo ni injusto
en adquirir riquezas, aunque fuera en grandes cantidades, si se adquiría con
justicia y reflejaba el mérito de los hombres nunca juzgados por su nacimiento o
su riqueza.
Tales
ensayos filosóficos despiertan la tentación de compararlos con los resultados
que tuvo en Cuba y, en otros países latinos, el bello mensaje de Martí, ''con
los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar''. ¿Qué beneficia más a un
pueblo, el incitarlo a adquirir justa riqueza y respetar la ley, o el impulsarlo
a una ética más humana que conduzca a ''echar la suerte con los pobres de la
tierra''? Es que unirse a su suerte implica no solamente ayudarlos, sino obliga
a ayudarlos a salir de la pobreza. Y enseñarles que si el poder entra en crisis
y se permite la violación o el abuso del poder se derriba la democracia y se cae
en brazos de los dictadores.
Ahora
bien, en el caso de los Estados Unidos, el rodar de la historia muestra también
cuán difícil es juzgar como positivos o negativos los resultados de las
lecciones de ética. Los franceses, por ejemplo, ayudaron decisivamente a los
americanos a conquistar su libertad y a establecer su república, y fueron por
ello aplaudidos. Mas los oficiales franceses que allí pelearon pertenecían a la
nobleza, y cuando en su patria estalló la revolución, la mayoría lo perdió todo.
El almirante francés que llevó la primera flota que derrotó a los ingleses fue
guillotinado en París.
La
expansión del ''terror revolucionario'' en Francia, bien expuesto por la prensa
americana (en 1790 había cerca de noventa periódicos en los Estados Unidos; diez
años más tarde el número se había duplicado), contribuyó mucho a que la mayoría
de la opinión pública americana perdiera su entusiasmo por una revolución capaz
de ese criminal ``abuso de poder''.
Aunque,
en realidad, el ejemplo violento del republicanismo francés tenía menos
influencia en el pueblo que las propias raíces americanas clavadas en defender
la libertad y la democracia. El péndulo político no se inclinó hacia Francia.
Cuando Tom Paine, el más radical de los líderes de esa época, autor de El
sentido común, volvió a América en 1803, encontró que sus apasionados libros
habían sido olvidados. El equilibrio político de los americanos les permitía
marchar bien hacia la democracia. |