DR. LUIS AGUILAR LEÓN

El manicomio colectivo

''Hay veces'', escribió una vez Enrique José Varona, el intelectual más sereno que jamás ha tenido Cuba, ``en que, ante la locura colectiva, y como no puedo arrogarme el uso de la razón, me dan ganas de ir por mis propios pies al manicomio''.

Tal desesperanzado juicio fue emitido cuando a Varona, como a muchos otros escritores e intelectuales, la inesperada barbarie de la Primera Guerra Mundial le había barrido la imagen de una Europa civilizada, de una belle époque donde ya no habría más guerras. Después de todo, hacía casi cincuenta años que los cañones no tronaban en Europa.

La solución de nuestro maestro, sin embargo, tenía la contradicción del optimismo. Si todos los cuerdos podían ir por sus propios pasos a refugiarse en los manicomios, aún había esperanzas de que el razonamiento terminara por triunfar. Años más tarde, cuando Varona llegaba al final de su vida, el cuadro histórico se había deteriorado aún más y lo increíble se había hecho realidad. Miles de locos uniformados, apoyados por millones de fanáticos, habían llegado al poder total en Rusia y Alemania y marchaban, con sus brazos extendidos o sus puños cerrados proclamando un III Reich invencible o ''un paraíso socialista''. Pero en realidad no se trataba de locura, sino de aprobar la irracionalidad. ''Ustedes no tienen que preocuparse'', les advirtió Joseph Goebbels a los alemanes en 1935, ''¡el Fuehrer pensará por ustedes!'' Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, con sus vastos campos de concentración y sus crímenes colectivos, el siglo XX se hundía en una incomprensible tragedia.

Para descubrir algunos símbolos de ese proceso, basta con mencionar un liviano ejemplo. En 1899, cuando iba a nacer el siglo XX, moría en Viena Johann Strauss, el hombre que prácticamente había creado al vals y expandido el pulso del romanticismo. Cien años más tarde, cuando el siglo XX agonizaba, el romanticismo había sido borrado por los desarrollos económicos, las computadoras, los filósofos existencialistas y las armas atómicas.

Claro que ese cambio no señala una transformación decadente de la sociedad, sino básicamente que nuevas teorías, y nuevos elementos habían entrado en acción. Por lo pronto, las computadores llegaban a dominar todos los aspectos informativos y de organización y eran capaces de componer sinfonías y música popular. Ya bien entrado el siglo, Arthur Rubinstein solía comentar que la música clásica contemporánea iba hacia la demencia.

Con menos de dos años para juzgar los rasgos básicos del siglo 2000, podemos enjuiciar las apariencias de irracionalidad o demencia que definen la actual centuria. De inmediato nos encontramos con una guerra delirante que se libra sin esperanzas de victoria, de derrota o de paz. Palestinos e israelíes prosiguen matándose, mientras nadie logra abrir el sendero de la paz. Y, peor todavía, el arma más usada por uno de los bandos y más difícil de detener está formada por jóvenes entrenados para sacrificarse matando y muriendo con la explosión de una bomba.

Más allá de esa disparatada situación, podemos percibir la existencia de una guerra mundial desatada contra la cruel sinrazón del terrorismo. Lo malo es que los terroristas no son razonables, ni tienen uniformes, ni reconocen limitaciones racionales a la violencia, ni disfrutan de una patria territorial que permita ubicarlos en ciertos territorios. De ahí también una de las más aberrantes escenas que se está produciendo hoy en esta tierra, donde, de un lado, hay seres humanos doblados sobre microscopios y pantallas biotécnicas buscando cómo curar epidemias mortales, mientras que no lejos de ellos otros científicos están igualmente afanados en encontrar virus o armas biotécnicas malignas que aniquilen a millones de mortales y sigan matando cuando ya no quede nadie.

Con un menor sentido de irracionalidad, pero con una cuota que merece mención, está el proclamado plan de atacar a Irak para derrocar a Saddam Hussein, uno de los dictadores más peligrosos del Oriente Medio. Ahora bien, ¿por qué la amenaza pública repetida y reiterada de que se va a atacar a un enemigo que no parece ni tan débil ni tan fácil de derrotar? Todavía más, ¿no tiene ya valor aquel tema tradicional en los estudios de cuestiones bélicas de que ''guerra avisada no mata soldado''? Después de todo, la amenaza tiene un plazo; seguir hablando del ataque, sin atacar, lleva a que llegue un momento en que nadie tome en serio la amenaza.

En terreno que debería ser minúsculo, pero que representa una ojeada más cercana a nuestra circunstancia, topamos con la existencia de una nación todopoderosa que ha desplegado la bandera antiterrorista, y cerca de la cual hay una isla regida por un dictador comunista que lleva cuarenta y tres años en el poder, que sigue disparando sus más venenosos dardos contra el presidente de la nación todopoderosa, y que, todavía peor, proclama su alianza con Saddam Hussein y con quien quiera combatir al imperialismo norteamericano. Lo más asombroso es que ni el gobierno de la poderosa nación ni la prensa de ese país denuncian o mencionan los insultos y las amenazas de ese violador de los derechos humanos. Como consecuencia, el pueblo no se entera de nada y no sabe lo peligroso que es el juego del dictador. ¿Cómo puede entenderse eso? No tengo la menor idea pero, a veces, me da ganas de ir por mis propios pasos al manicomio.

 

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