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Unos
cuantos 26 de julio
Hace muchísimos
años, tantos que apenas vale la pena el esfuerzo de contarlos, en julio de 1953,
en Santiago de Cuba, la ciudad más original de la isla, en cuyo cementerio está
la tumba de Martí y en sus lomas cercanas la Virgen del Cobre, patrona de Cuba,
ocurrió un fracasado asalto al cuartel Moncada, ocupado, en aquel entonces, por
el ejército del ex sargento, ex general y dictador, desde marzo del año
anterior, Fulgencio Batista y Zaldívar.
El
trágico evento le dio a conocer al mundo el nombre de un joven revolucionario
que había estudiado con los jesuitas en Santiago y en La Habana, y el cual, tras
el fracaso militar, había dado con sus huesos en la cárcel.
Después de tantos
años de vida, acciones, falsedades e interpretaciones dialécticas que brotaron
de aquel episodio, resulta mejor saltar sobre todas esas décadas cargadas de
emociones y dolores para dar cuenta de la perspectiva actual sin viejas
repeticiones. Después de todo, ya en 1959, después de una visita a La Habana, la
novelista francesa Simone de Bouvoir, a quien llevaron a recorrer todos los
rincones mitológicos de las hazañas castristas, comentó secamente que la habían
obligado ``a aprender la revolución del bostezo''.
Creo que resulta
bien útil comenzar con unas palabras pronunciadas por un líder de aquella época
que intentaba informarle al pueblo cómo era la Cuba de 1952. ``Les voy a referir
una historia. Había una vez una república. Tenía su constitución, sus leyes, sus
libertades; presidente, congreso, tribunales; todo el mundo podía reunirse,
asociarse, hablar y escribir con entera libertad. El gobierno no satisfacía al
pueblo, pero el pueblo podía cambiarlo y ya sólo faltaban unos días para
hacerlo. Existía una opinión pública respetada y acatada y todos los problemas
de interés colectivo eran discutidos libremente. Había partidos políticos, horas
doctrinales de radio, programas polémicos de televisión, actos públicos, y en el
pueblo palpitaba el entusiasmo.
''Este pueblo
había sufrido mucho y si no era feliz, deseaba serlo y tenía derecho a ello. Lo
habían engañado muchas veces y miraba el pasado con verdadero terror. Creía
ciegamente que éste no podría volver; estaba orgulloso de su amor a la libertad
y vivía engreído de que ella sería respetada como cosa sagrada; sentía una noble
confianza en la seguridad de que nadie se atrevería a cometer el crimen de
atentar contra sus instituciones democráticas. Deseaba un cambio, una mejora, un
avance, y lo veía cerca. Toda su esperanza estaba en el futuro''. El tipo que
tales hermosas palabras pronunciaba, si eso fue lo que dijo en su alegato
defensivo, era Fidel Castro Ruz.
¡Qué largo metraje
fílmico tuvieron esas palabras! ¡Qué acertada la selección de la mentira!
¡Cuántas nubes de esperanza y dolor brotaron de unas palabras bien expresadas,
pero falsamente utilizadas!
Después vino la
lucha y seis meses después de la victoria, el 26 de julio de 1959, el escenario
cambiaba rápidamente. El presidente elegido por Castro había sido expulsado de
Cuba; la prensa sentía el progresivo control del gobierno, y varios lemas
señalaban el camino del futuro: ''ser anticomunista es ser
contrarrevolucionario''; ''¿elecciones para qué?''; ``El pueblo es la
revolución, la revolución es Fidel''.
Luego
se desplegó el marxismo oficial, el totalitarismo implacable y las ofensivas
mundiales. La guerrilla fue proclamada como el nuevo método revolucionario; los
cohetes sembrados en Cuba pusieron al mundo al borde del aniquilamiento atómico;
el imperialismo americano tenía que ser abatido en todas partes y la misión de
Cuba, guiada por Fidel, era expandir al socialismo en todos los rincones del
mundo. La Unión Soviética lanzó caudales de ayuda a la isla y, probablemente en
el momento cumbre de Castro, las tropas cubanas estaban batiéndose en Africa, en
Asia y en la América Latina. Cada 26 de julio resonaba con paradas militares.
Fidel había llegado muy lejos.
Pero,
como ocurrió en los otros países socialistas, el marxismo se mostró eficiente en
la propaganda y la represión, pero era un rotundo fracaso en la economía.
Los planes
impuestos a los obreros, la necesidad de aplicar fórmulas económicas vacías de
sentido, iban erosionando la producción industrial y agrícola. La Unión
Soviética se llegó a transformar en un erizo de cohetes y armas cuyos obreros
apenas tenían qué comer. En la década de los noventa el pueblo ruso se había
sacudido el polvo comunista y volvía a la democracia y al capitalismo.
La Europa del este la siguió.
Para Cuba el
desastre fue peor. Sin la ayuda soviética y con un Castro negado tercamente a
realizar reformas urgentes, la economía cubana se hundía. La industria azucarera
casi desaparece; la corrupción enfanga al sistema, la imagen de Castro se ha
tornado sombría. Fidel, sin embargo, el gran socialista, está dispuesto, si le
permiten mantener su mando, a colonizar a Cuba de nuevo, a dejarse invadir por
los yanquis y permitirles adquirir los recursos de Cuba. Y en este 26 de julio
parece que el Congreso americano está dispuesto a escucharlo. Pero en Cuba crece
la agonía de la pobreza. De ahí que ahora, oyendo a Castro en otro 26 de julio,
hablando ante las ruinas de Cuba, se pueda repetir la famosa frase: ``Si buscas
su monumento, mira a tu alrededor''. |