DR. LUIS AGUILAR LEÓN

Los españoles descienden de los cubanos

Esa frase tiene un sentido humorístico, aunque muchos cubanos se lo creen, pero la frase opuesta también. Sólo una parte de la población cubana desciende de los españoles. Y ese vínculo no siempre ha sido vínculo amable. ¿No es más fácil hoy encontrar a españoles contra los yanquis que al lado de Cuba? ¿Y no es ese argumento el que moviliza a millones de latinoamericanos que culpan al ''imperialismo'' por todos sus males? A pesar de cuán visible y cierta es la tesis opuesta, recientemente defendida por Oscar Peña, de que los latinoamericanos están obligados a responsabilizarse directa y plenamente de sus propias faltas.

Por eso mi subtesis sobre el proceso cubano me lleva a buscar los datos que me conduzcan a conclusiones reales. Mi tesis es que Cuba estaba gestando su nacionalidad bien temprano y que, de haber aceptado tal tendencia, España se hubiera vuelto guía y no enemiga. Si tengo que imaginar datos o eventos lo hago. Lo que me importa es la conclusión, no la ruta.

La curiosidad inicial brotó de un programa de televisión El Clon, donde las mujeres marroquíes se cubren pudorosamente los rostros, hasta que de pronto se despojan de algunas ropas y danzan provocativamente tras transparentes velos. Esa misteriosa contradicción me llevó a irme mentalmente a Alaska donde, por dos días, con un frío congelante, examiné las escasas muestras del pasado social de los esquimales y su mezcla racial con los vikingos que llegaron a Norteamérica. Allá por el siglo XIII, me contaron algunos viejos guerreros, esa mezclada población inicial, adoptó el nombre de vikes, ''vikingos y esquimales'', se movió hacia el sur buscando calor y añadiendo tribus.

Cuando la ola nomádica llegó a la actual Florida, una parte de los vikes se asentó allí y otra navegó rumbo a la isla cercana que los indios locales llamaban Cuba. Allí los vikes aprendieron a echar humo por la nariz, dormir en hamacas y llamar a los habitantes cubikes, que muchos interpretaron como cubiches. El afán explorador de los vikes los impulsó a continuar hacia el sur y arribar a lo que luego sería Brasil. Desde allí, empleando las nociones navales de los vikes, fabricaron canoas y lograron cruzar el Atlántico y llegar al norte de Africa.

Una vez más, los cubiches se relacionaron bien con quienes los rodeaban: tribus africanas, danzas e historias. Aprendiendo que los musulmanes dominaban a España, cruzaron el estrecho de Gibraltar y entraron en pequeños grupos que no lucían amenazadores. Los cubiches, además, respetaban a los dioses Cristo, Alá, Changó y Yemayá. En aquella época casi toda la región española ocupada por los musulmanes era llamada Bilad alAndalus ''País de al-Andalus'' o ''Andalucía'', la cual iba perdiendo terreno ante los ataques de los guerreros cristianos. Los cubiches se unieron a ellos, aprendieron a hablar castellano con un peculiar acento andaluz y continuaron la lucha, llamada más tarde ''la gloriosa reconquista''. Aunque, como señaló Ortega y Gasset, ninguna campaña que dure diez siglos merece ser llamada ``gloriosa''.

Una centuria más tarde dos eventos sacudieron a España y al mundo: el descubrimiento de América y la caída de Granada en manos cristianas. Así fue como, súbitamente, los jóvenes cubiches oyeron hablar de una bella isla llamada Cuba, donde muchos de sus antepasados se habían quedado a vivir. Cientos de cubiches, ahora llamándose ''cubanos'', se inscribieron en expediciones hacia ''su'' Cuba. Temprano se mostró su influencia. Cuando Colón quiso cambiar el nombre de Cuba por ''Juana'', en honor de la hija de los Reyes Católicos, y diseñar mapas que demostraran que Cuba no era isla, sino península vinculada al continente asiático, el gran marino Juan de la Cosa fue obligado a jurar, pero la presión de los grupos cubanos hizo que el mapa de De la Cosa mostrara la insularidad de Cuba y la realidad de su nombre.

Mientras la mayoría de los exploradores españoles se lanzaban a conquistar ''doradas'' regiones, la minoría cubana se concentró en la isla. Cuando se inició el tráfico de esclavos los cubanos, cuyos recuerdos africanos perduraban, trataron de suavizar la vida de los negros, cuya música y amistad iban a ser parte integral de la sociedad cubana. En Cuba, en 1608, en un mundo aparentemente primitivo, se publicó el primer y enigmático poema cubano, el Espejo de paciencia, que describe un combate con un pirata francés, y alza un elogio, ¡en 1608!, al héroe negro Salomón, ``hijo de Golomón negro prudente''.

El crecimiento de la población fue despacioso, pero, por diversas razones, raciales o religiosas, el núcleo nacional cubano se estaba ya formando. Dos años después de que se publicara el Espejo de paciencia, el gobernador de la isla, don Pedro Valdés, llamaba a los habitantes de la isla ''gente de la tierra''. Creía el gobernador que tal frase era un insulto. En realidad era un elogio. La gente de la tierra cubana, blancos, negros y chinos, dejaban detrás a la burocracia española. De haberse mantenido así la situación hubiéramos mantenido juntos el paso histórico. Y tal vez no hubiera habido necesidad de guerrear duramente por España o por Cuba; ni alzar fricciones hoy sobre la ascendencia o descendencia de nadie. Abrir nuevas heridas es olvidar el precio que estamos pagando por las viejas.

 

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