DR. LUIS AGUILAR LEÓN

Las vastas complicaciones del terrorismo

Al cumplirse el primer aniversario de aquel ataque brutal que cubrió de sombras el cielo de Nueva York y alteró la faz y la paz del pueblo americano, se hace evidente que el tema vital del país sigue siendo el terrorismo y sus consecuencias.

Lamentablemente, aun un examen ligero sobre el tema descubre cuán difícil es definir o, al menos, trazar el perfil del terrorista. No basta imaginarse, como hace Hollywood, a una persona curvada y cruel cometiendo un crimen por una causa discutible. De eso algo sabían los anarquistas rusos del siglo XIX cuando afirmaban que ''el terrorismo es el arma de los débiles'', es la violencia de la desesperación. Quién sabe.

Lo terrífico de esa desesperación es que la capacidad de aniquilar a otros seres humanos ha crecido mucho desde la era de la revolución francesa y de los terroristas rusos, quienes, de paso sea dicho, contribuyeron a la caída del zar, el estallido de la Primera Guerra Mundial y a la revolución rusa. Pues bien, hoy en día un terrorista solitario puede devastar una ciudad. Lo cual demuestra que el poder de los débiles ha crecido aterradoramente. Tales síntomas emergieron en el período jacobino de la revolución francesa que, además, puso de manifiesto otro grave aspecto de la situación: el terrorismo de estado, el uso del poder estatal para castigar a los que el estado considera enemigos, bajo Stalin o bajo Hitler.

Desde la revolución francesa se pudo percibir que el terrorismo desplegaba muchas formas de acción. Que había terror ''revolucionario'' y terror contrarrevolucionario. Que había juicios preparados para condenar a los acusados, que sólo la guillotina era neutral, y que las masacres en las prisiones eran un castigo ''revolucionario''. ''Nosotros'', afirmaba un jubiloso Robespierre en junio de 1793, ''hemos barrido la libertad del despotismo para instaurar el despotismo de la libertad''; un mes más tarde el terrorismo político del estado barría a Robespierre y a todos sus ``compañeros''.

Cuando nos acercamos a nuestra era notamos que ni siquiera en los casos evidentes, como son los que emanan hoy en el Medio Oriente, es fácil distinguir a los verdaderos terroristas. Los atacados siempre acusan a los atacantes de terroristas. ¿Quiénes no son terroristas en Afganistán? ¿Una joven mujer en Israel que se ciñe una bomba en la cintura, y para alcanzar su paraíso, la explota en medio de un grupo es más terrorista que los soldados que más tarde, desde un tanque, dispararon contra un grupo de civiles desarmados, pertenecientes al bando de la joven, cuyo gobierno calificó el evento como un ``lamentable error''?

Esa confusión entre las horrendas modulaciones de los terroristas contribuye a ahondar la crisis y el dilema que parece confrontar hoy al presidente Bush y a los Estados Unidos. Más de una vez, Washington ha acusado al líder del gobierno de Irak de terrorista, sin tomar ninguna acción contra él. Todos sabemos que Saddam Hussein no es hombre de nobles impulsos, sino un califa de malas entrañas quien, entre otras cosas, atacó a traición a pueblos musulmanes, como Kuwait e Irán, y quien por poco borra de la tierra a los kurdos.

Pero el problema es que Saddam Hussein, quien casi seguramente tiene todo tipo de armas biotécnicas escondidas en múltiples lugares, incluyendo colegios infantiles, se ha disfrazado de hombre honorable que está dispuesto a hacer concesiones para evitar una guerra. Como siempre, ese gesto ha recibido el respaldo de Europa, con la excepción de Inglaterra, y demuestra lo difícil que es condenar a un gobierno ''terrorista'' y atacarlo militarmente antes de que ese gobierno haya desplegado un solo gesto de agresividad. Se trata entonces de lo que pudiéramos llamar un terrorismo pasivo; una táctica callada que obligaría a los Estados Unidos a romper una ética atacando a un gobierno ``pacífico''.

El presidente Bush y sus consejeros parecen haber adoptado la más clásica respuesta a ese tipo de artimaña diplomática. Lo primero es ganar todo el respaldo posible nacional e internacional para, si llega el momento de montar una ofensiva contra el centro del enemigo, haya un eco de aprobación. Lo segundo es que, más allá de la propaganda y la amenaza, el enemigo sepa que ya a su alrededor se cierra una mortífera concentración militar. Y lo tercero, ofrecer pruebas convincentes de las armas bacteriológicas que solapadamente prepara el enemigo para un ataque traicionero.

Esos tres factores permitirían que Washington tomara una decisión definitiva: un ultimátum que rechace todas las nebulosas declaraciones pacíficas de Saddam Hussein y le conceda un término breve para cumplir las reglas que el ultimátum impone. El primer minuto de incumplimiento bastaría para provocar el ataque militar.

Ahora bien, cuando se trata de una guerra y de los planes de victoria, cuando se trata de un enemigo esparcido por varios campos, conviene siempre recordar aquella anécdota de Napoleón cuando, en la campaña de Italia, sus generales le pidieron más y más detalles para estar seguros del triunfo. A lo que Bonaparte respondió: ``Yo siempre planeo lo mejor que puedo mis batallas, luego doy la orden de combate, et appres, on verá, ``y después, ya veremos''.

 

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