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Las
vastas complicaciones del terrorismo
Al cumplirse el
primer aniversario de aquel ataque brutal que cubrió de sombras el cielo de
Nueva York y alteró la faz y la paz del pueblo americano, se hace evidente que
el tema vital del país sigue siendo el terrorismo y sus consecuencias.
Lamentablemente, aun un examen ligero sobre el tema descubre cuán difícil es
definir o, al menos, trazar el perfil
del
terrorista. No basta imaginarse, como hace Hollywood, a una persona curvada y
cruel cometiendo un crimen por una causa discutible. De eso algo sabían los
anarquistas rusos del siglo XIX cuando afirmaban que ''el terrorismo es el arma
de los débiles'', es la violencia de la desesperación. Quién sabe.
Lo
terrífico de esa desesperación es que la capacidad de aniquilar a otros seres
humanos ha crecido mucho desde la era de la revolución francesa y de los
terroristas rusos, quienes, de paso sea dicho, contribuyeron a la caída del zar,
el estallido de la Primera Guerra Mundial y a la revolución rusa. Pues bien, hoy
en día un terrorista solitario puede devastar una ciudad. Lo cual demuestra que
el poder de los débiles ha crecido aterradoramente. Tales síntomas emergieron en
el período jacobino de la revolución francesa que, además, puso de manifiesto
otro grave aspecto de la situación: el terrorismo de estado, el uso
del
poder estatal para castigar a los que el estado considera enemigos, bajo Stalin
o bajo Hitler.
Desde
la revolución francesa se pudo percibir que el terrorismo desplegaba muchas
formas de acción. Que había terror ''revolucionario'' y terror
contrarrevolucionario. Que había juicios preparados para condenar a los acusados,
que sólo la guillotina era neutral, y que las masacres en las prisiones eran un
castigo ''revolucionario''. ''Nosotros'', afirmaba un jubiloso Robespierre en
junio de 1793, ''hemos barrido la libertad del despotismo para instaurar el
despotismo de la libertad''; un mes más tarde el terrorismo político del estado
barría a Robespierre y a todos sus ``compañeros''.
Cuando
nos acercamos a nuestra era notamos que ni siquiera en los casos evidentes, como
son los que emanan hoy en el Medio Oriente, es fácil distinguir a los verdaderos
terroristas. Los atacados siempre acusan a los atacantes de terroristas. ¿Quiénes
no son terroristas en Afganistán? ¿Una joven mujer en Israel que se ciñe una
bomba en la cintura, y para alcanzar su paraíso, la explota en medio de un grupo
es más terrorista que los soldados que más tarde, desde un tanque, dispararon
contra un grupo de civiles desarmados, pertenecientes al bando de la joven, cuyo
gobierno calificó el evento como un ``lamentable error''?
Esa
confusión entre las horrendas modulaciones de los terroristas contribuye a
ahondar la crisis y el dilema que parece confrontar hoy al presidente Bush y a
los Estados Unidos. Más de una vez, Washington ha acusado al líder del gobierno
de Irak de terrorista, sin tomar ninguna acción contra él. Todos sabemos que
Saddam Hussein no es hombre de nobles impulsos, sino un califa de malas entrañas
quien, entre otras cosas, atacó a traición a pueblos musulmanes, como Kuwait e
Irán, y quien por poco borra de la tierra a los kurdos.
Pero el
problema es que Saddam Hussein, quien casi seguramente tiene todo tipo de armas
biotécnicas escondidas en múltiples lugares, incluyendo colegios infantiles, se
ha disfrazado de hombre honorable que está dispuesto a hacer concesiones para
evitar una guerra.
Como siempre, ese
gesto ha recibido el respaldo de Europa, con la excepción de Inglaterra, y
demuestra lo difícil que es condenar a un gobierno ''terrorista'' y atacarlo
militarmente antes de que ese gobierno haya desplegado un solo gesto de
agresividad. Se trata entonces de lo que pudiéramos llamar un terrorismo pasivo;
una táctica callada que obligaría a los Estados Unidos a romper una ética
atacando a un gobierno ``pacífico''.
El
presidente Bush y sus consejeros parecen haber adoptado la más clásica respuesta
a ese tipo de artimaña diplomática. Lo primero es ganar todo el respaldo posible
nacional e internacional para, si llega el momento de montar una ofensiva contra
el centro del enemigo, haya un eco de aprobación. Lo segundo es que, más allá de
la propaganda y la amenaza, el enemigo sepa que ya a su alrededor se cierra una
mortífera concentración militar. Y lo tercero, ofrecer pruebas convincentes de
las armas bacteriológicas que solapadamente prepara el enemigo para un ataque
traicionero.
Esos
tres factores permitirían que
Washington
tomara una decisión definitiva: un ultimátum que rechace todas las nebulosas
declaraciones pacíficas de Saddam Hussein y le conceda un término breve para
cumplir las reglas que el ultimátum impone. El primer minuto de incumplimiento
bastaría para provocar el ataque militar.
Ahora
bien, cuando se trata de una guerra y de los planes de victoria, cuando se trata
de un enemigo esparcido por varios campos, conviene siempre recordar aquella
anécdota de Napoleón cuando, en la campaña de Italia, sus generales le pidieron
más y más detalles para estar seguros del triunfo. A lo que Bonaparte respondió:
``Yo siempre planeo lo mejor que puedo mis batallas, luego doy la orden de
combate, et appres, on verá, ``y después, ya veremos''. |