DR. LUIS AGUILAR LEÓN

Cómo traicionar el futuro

Futuro y destino son dos graves conceptos que sirven para que los mortales traten de visualizar lo que les espera. El futuro es eso que aguarda delante de nuestros pasos y el destino es eso que solemos culpar cuando los eventos trazan sus propios dibujos. Las generaciones humanas tienen diferentes perspectivas de esos conceptos. La generación más joven está siempre ansiosa por marchar por los senderos del futuro y realizar los cambios que ellos creen es su destino. La segunda generación es la que ocupa el presente, es su momento de poder y de acción para dejar sus huellas en la historia o en la familia. La tercera, la mayor, es la que está en melancólica retirada del escenario, puntualizando lo que lograron y señalando lo que los jóvenes deberían evitar. De ahí que alguien sabiamente escribiera una vez que ``los jóvenes tienen la arrogancia de creer que el mundo comienza con ellos, mientras los más viejos tienen la arrogancia de creer que el mundo se acaba con ellos''.

Naturalmente, el futuro es el que más atención provoca en toda sociedad, es el concepto que va a ser ensombrecido o mejorado, el que lleva adentro la esperanza. Por eso la imagen de los niños reina en toda la propaganda de políticos, y líderes de la comunidad, que prometen siempre esforzarse por enriquecer el futuro. Pero también hay otros cuyo cuadro del futuro tiene tintes sombríos. La humanidad, nos anuncian con impresionables datos, puede secarse en unos años por falta de agua, desaparecer tras una lluvia atómica, o dar en el polvo tras una guerra bacteriológica.

Hay otro conjunto de líderes que rasgaron el pasado y cuya fama ensombrece aun el futuro: los dictadores totalitarios. ''El futuro es nuestro'', proclamaba Lenin en 1919; ''al futuro lo tenemos en un puño'', aullaba Hitler en 1939; ''nosotros somos el futuro'', musitaba Mao Tse-tung en 1969. Esos son los que ''traicionan el futuro'' y , como Saddam Hussein, se asoman al presente con un récord estremecedor. Pero lo esencial en la historia de este proceso es señalar el punto decisivo que torna la conducta de esos líderes en la traición al futuro. Porque cualquiera puede fracasar y aun dañar su circunstancia tratando de mejorar el porvenir. Mas el fracaso de un esfuerzo positivo no implica que se haya actuando criminalmente.

En cambio, planear y llevar a cabo el proyecto de Hitler de eliminar a todos los judíos, a los gitanos y a los niños que nacieron con algún defecto físico, y más tarde pedirle a ese pueblo que siguiera luchando cuando ya el mismo líder sabía que la guerra estaba perdida; y, todavía peor, afirmar y cumplir que si su pueblo no lo llevaba a la victoria su pueblo no merecía sobrevivir, significaba alzar la traición hasta un colapso total. En otro sentido, y bien lejos de poder compararse con la maldad de Hitler, hay que clasificar entre los quebradores de esperanzas a aquéllos que hablen del brillante porvenir de su compañía y alienten a sus empleados a que compren acciones, sabiendo que la compañía está a punto de quebrar. Son ellos los que generan desaliento sobre el futuro y convierten el destino en una condena irreparable.

Y es ahí donde, por obvias razones, ubico a Fidel Castro como nombre prominente en esos nombres. Porque, como ocurrió con los otros dictadores, hubo un momento en que el líder cubano tuvo en sus manos el futuro de Cuba y el destino de su pueblo. Equivocados, fanatizados, creyentes o resentidos, miles se precipitaron tras sus promesas de que el comunismo era la salvación mundial. Mas hoy, tras innumerables desastres, equivocaciones y crímenes, un Castro momificado no cree en sus propias palabras y ridículamente culpa a la ''traición'' de Washington y Moscú por sus fallos. El sabe que la ecuación comunista rueda por la basura; que la dura fórmula económica impuesta en Cuba ha obligado a casi todos los cubanos a comer poco, mal y peor; que la caída del azúcar y el desempleo de miles de obreros y campesinos cubanos se debe a planes aplicados sin capacidad; y que, para evitar los apagones y la paralización del transporte, tiene que presionar las costas cubanas para extraer un petróleo grueso y de baja calidad que ya está dañando las reservas del futuro.

Frente a esa realidad, la táctica del gobierno es distraer al pueblo, multiplicando las ''elecciones'' y aplaudiendo la ''democracia socialista''. Lo cual significa aplicar, una y otra vez, las mismas recetas. En una nación donde nadie puede ser ''electo'' sin la aprobación de Castro, el dictador sigue cerrando todos los caminos en torno a su voluntad. Lo cual significa no libertad, ni reforma económica que le ofrezca un poco de aliento al pueblo.

Ahí suenan falsas promesas: ''Estamos creando el futuro socialista más grande del mundo'', dicen los voceros oficiales; el gobierno mendiga más ''inversiones'' del cruel capitalismo.

Todos los cubanos, aquí y allá, deben estar alertas a las profundidades en que se ha hundido a Cuba, traicionando su futuro y lo que parecía ser su destino. El futuro se nos encima cargado de tinieblas. La labor de rescate va a ser muy dura.

 

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