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Una mujer frente a las piedras
En los tensos momentos que estamos
viviendo, cuando la guerra es el tema vital que parece avanzar hacia su destino;
cuando acabamos de aprender que aquellos sabios y enigmáticos indios llamados
mayas, que se desvanecieron de la historia hace siglos, fueron víctimas de un
largo conflicto interno, un hecho relativamente menor ha atraído la atención de
la prensa mundial. En Nigeria, el país más poblado del continente
africano, una mujer, Amina Lawal Kurami, fue condenada por tribunales y leyes
musulmanas a morir a pedradas.
La escena la vimos más de una vez en las pantallas cuando
los talibanes dominaban Afganistán. Quedaba una esperanza. Que cuando el torvo
grupo se aprestara a matar, una voz serena les dijera: ''El que esté libre de
pecado que tire la primera piedra''. Pero esa voz hace tiempo que no se escucha
en esos lares.
El crimen de la mujer consistió en enamorarse de un hombre
no casado, con quien tuvo una hija, abandonada por el hombre. Hasta ahora, nada
ha conmovido al tribunal. Excepto posponer la ejecución de la pena de muerte
hasta que a Amina se le acabe la leche con que alimenta a su hija. Los pechos
agotados darán la señal de la muerte. Lo cual ocurrirá a principios del 2003.
Mientras tanto, el padre no ha sufrido nada, ni a nada se le ha condenado. ''Pero
es que él es un hombre'', aclaró un funcionario, como si esa razón todo lo
justificara. Sentencias similares se siguen ejecutando en países musulmanes
donde la ley sharía, cuyo contenido no es bien conocido fuera del islam, parece
ser la fuente del castigo.
Lo que irrita es la poca relación entre el ''crimen'' y la
sentencia. En tal sentido, aún me duele recordar una pública entrevista de un
joven musulmán que expresó su sufrimiento porque tenía que matar a su hermana
menor. La joven había ''deshonrado'' a su familia. ¿Cómo? Siendo golpeada y
violada por tres musulmanes. El hermano tenía que matarla para salvar la honra
de la familia.
En el caso de Amina es posible que Alá haya mostrado una
cierta benignidad hacia la mujer condenada haciendo entrar en juego un factor
inesperado. Ocurre que en Abuja, la capital de Nigeria, está a punto de
celebrarse un concurso de belleza mundial, y que muchas candidatas se han
manifestado horrorizadas ante lo que ocurre. Las candidatas de Francia, Noruega,
Bélgica, Costa de Oro y Kenya han amenazado con boicotear el concurso si un
tribunal superior no rechaza la condena y deja libre a Amina.
Naturalmente, con la prensa mundial y algunos gobiernos
apoyando esa protesta, y temiendo perder sus avances económicos en el turismo,
el gobierno de Nigeria se ha apresurado a proclamar su devoción por los derechos
humanos y su voluntad de garantizarles seguridad a las bellas candidatas que van
a ir a Abuja. Después de todo, Nigeria ganó el derecho a montar allí el concurso
de belleza actual porque el año pasado una bella nigeriana, Agbani Narego, fue
coronada Miss Mundo en Suráfrica.
El peligro, sin embargo, no ha pasado, en realidad nunca
pasa. En el estado de Sokoto, en Nigeria, hay grupos musulmanes de radicalismo
estridente, y es sabido, o debería ser sabido, que en todas las religiones,
judaica, cristiana o musulmana, el radicalismo de la fe siempre se traduce en
agresivo puritanismo sexual, en luchar permanentemente contra la tentación de la
carne, en enropar a las mujeres para que ni ellas ni los hombres tengan ni un
atisbo del cuerpo femenino. Algunos de esos radicales han denunciado ya las
coronaciones de belleza, ``esos desfiles de desnudeces, organizados para
promover promiscuidad y alentar los pecados''.
Ahora bien, aunque sea justo condenar a los tribunales
islámicos que aún mantienen tales injusticias con las mujeres, también sería
honesto echarle una ojeada a la situación de las mujeres, sobre todo indígenas,
en Centroamérica, aun en México, o en la India y, como ejemplo europeo, en
Albania, donde, según informan las fuentes oficiales, atraídas fuera de la
Europa del este por la promesa de encontrar trabajo, muchas jóvenes son enviadas,
por canales de fuerza, a prostituirse sin escapatoria ni defensa hasta que
agotadas o enfermas son arrojadas fuera del trabajo.
La diferencia entre el mundo europeo y el islam es que en
Europa, aun en Albania, el abuso y explotación de las mujeres se hace contra la
ley. Es decir, una denuncia o una protesta puede, en ocasiones, hacer que el
castigo caiga sobre los delincuentes. Por el contrario, en el mundo musulmán son
las autoridades las que, apoyándose en la religión, mantienen una estructura que,
al menos en el caso de las mujeres, es profundamente parcial. Y, si el cambio no
moviliza a esa estructura, el mundo musulmán seguirá siendo un lamentable
ejemplo de abuso oficial.
Lo cual permite cerrar esta nota con un crítico comentario.
Porque muchos analistas tienen la impresión de que las organizaciones femeninas
o feministas del mundo occidental defienden su causas sociales, las ventajas que
quieren obtener en el mundo donde viven, pero casi nunca unen su voz a las
protestas que surgen de un mundo que está obligado a vivir y a morir en silencio.
Y expandir el silencio ante un crimen implica apoyar al crimen. |