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Idealismo y realidad
Desde hace unos
días, en La Habana y en Miami, dos ruedas de un mismo eje, han estando
ocurriendo una serie de eventos que hacen barruntar el significado de lo que
llamamos idealismo y materialismo.
El primero fue la visita a
nuestras costas del presidente de la República Checa, Václav Havel, quien
enriqueció el ambiente con fecundas palabras y sabios consejos de cómo se puede
ganar la luchar por la liberación de la patria y de cómo es preciso mantener los
ideales en alto aun después de una derrota. Su conocida participación como
dirigente en la victoriosa lucha de su pueblo le otorgan una especial lección a
sus palabras.
Al
mismo tiempo que eso ocurría en Miami, en La Habana una serie de eficientes
capitalistas norteamericanos, representantes de los intereses de los granjeros
del oeste, implantaron transacciones comerciales de productos americanos y
enfatizaron conocidos argumentos de cómo el comercio ayuda a democratizar a una
dictadura. De ahí su petición de que el embargo que el gobierno norteamericano
aún mantiene, con hondas vacilaciones, sobre Cuba, se levante.
Según las
apariencias, estamos frente al clásico dualismo: los idealistas que defienden
muchos conceptos abstractos, como libertad y justicia; y los materialistas que,
usando el adorno de algunas palabras suaves, se movilizan cada vez que les
ofrecen el fascinante materialismo del dólar. Ese clasificar ambas posiciones
como un permanente choque entre los idealistas y los materialistas, o viceversa,
no es justa. La lucha por los ideales no quiere decir el vivir pendiente de
éstos sin prestarles atención a los duros aspectos de la realidad. Significa
ajustar los planes idealistas a la situación. José Martí fue un poeta y un hondo
pensador que, con palabras de seda y voluntad inflexible, organizó el partido
que iba a intentar derrotar a España y liberar a Cuba. Fue él quien, en una
ocasión, le frenó a Máximo Gómez su vocación autoritaria: ''General, a un pueblo
no se le manda como si fuera un campamento''. Quién sabe si la única afirmación
que cae en tela de juicio es que los idealistas son más vulnerables que los
materialistas.
El cauteloso
idealismo de Havel no lo llevó a hablar de método concretos de cómo hay que
luchar contra la dictadura comunista de Fidel Castro. Fuera de enfatizar la
solidaridad que tienen, o deben tener, con el pueblo cubano, todos aquéllos que
han sufrido el peso del comunismo, y mencionar la unidad que deben mantener los
disidentes, el presidente checo llamó la atención sobre cómo la dictadura
transforma un grupo de palabras en instrumentos de obediencia, como
''camarada'', en la Unión Soviética, y ''compañero'' en Cuba.
Por otro lado, el
aparente materialismo que ha desembarcado en La Habana, desplegando las ventajas
del comercio y del dólar, no debe ser condenado como si fuera puro apegamiento
al dinero. El capitalismo es duro, pero le abre oportunidades a mucha gente que
trabaja, y acepta la democracia como la mejor forma de gobernar. Recordemos que
la revolución bolchevique le planteó un desafío ''espiritual'' al cruel
capitalismo de la burguesía mundial y avanzó hacia lo que parecía el triunfo del
marxismo. Burlándose del apetito sin frenos de los capitalistas, Lenin había
profetizado que ''ciegos ante las ganancias, los capitalistas son capaces de
vendernos la soga con la que los vamos a ahorcar''. Unos años más tarde la cruel
ceguera del comunismo derribó a la Unión Soviética. El comunismo se había
ahorcado a sí mismo.
En el caso de
Cuba, es posible creer que la situación de la isla es tan mala y desesperada que
cualquier corriente de mejoramiento y progreso, que cualquier oportunidad de
trabajo traída por los americanos va a mejorar parcialmente las condiciones en
que vive el pueblo cubano. Si eso es posiblemente cierto, también es realmente
cierto que la voluntad de invertir o negociar con o en Cuba no justifica cenar
con el dictador como en jolgorio y silenciar toda crítica contra un régimen que
ha estrangulado al pueblo cubano. Precisamente una de las ventajas que han visto
en Cuba muchos inversionistas europeos es que el proletariado cubano no puede
forjar huelgas ni poner presión hacia mejorías económicas. El proletariado
recibe sueldos de miseria y no tiene el derecho de protestar. La voz oficial
enseguida delata ``al puñado de contrarrevolucionarios pagados por el
imperialismo''.
Y, sin embargo, me
da por pensar que si el embargo se levanta, si las relaciones comerciales se
dilatan y el tremendo influjo norteamericano desborda sus límites, el mayor
derrotado va a ser Fidel Castro. En Cuba, un país que le debe a todo el mundo y
no le paga a nadie, la propia elite comunista que rodea a Castro está buscando
salvar su fortuna, ampliando los contactos, lícitos o ilícitos, con los
capitalistas.
Castro es en estos
momentos un viejo camello que deambula por el desierto, cargado de gastadas
medallas, que va quedando detrás de una caravana que, con muy poco idealismo,
quiere acelerar el proceso de cambio en Cuba. Un líder que llegó a un pueblo
arrasado por un ciclón, y les aseguró a los arruinados campesinos que peores
cosas estaban ocurriendo en el mundo, es un líder que ha perdido el contacto con
la realidad capitalista que lo rodea. El prefiere vivir en el pasado, cuando
existía una Unión Soviética y él era importante. |