DR. LUIS AGUILAR LEÓN

Idealismo y realidad

Desde hace unos días, en La Habana y en Miami, dos ruedas de un mismo eje, han estando ocurriendo una serie de eventos que hacen barruntar el significado de lo que llamamos idealismo y materialismo. El primero fue la visita a nuestras costas del presidente de la República Checa, Václav Havel, quien enriqueció el ambiente con fecundas palabras y sabios consejos de cómo se puede ganar la luchar por la liberación de la patria y de cómo es preciso mantener los ideales en alto aun después de una derrota. Su conocida participación como dirigente en la victoriosa lucha de su pueblo le otorgan una especial lección a sus palabras.

Al mismo tiempo que eso ocurría en Miami, en La Habana una serie de eficientes capitalistas norteamericanos, representantes de los intereses de los granjeros del oeste, implantaron transacciones comerciales de productos americanos y enfatizaron conocidos argumentos de cómo el comercio ayuda a democratizar a una dictadura. De ahí su petición de que el embargo que el gobierno norteamericano aún mantiene, con hondas vacilaciones, sobre Cuba, se levante.

Según las apariencias, estamos frente al clásico dualismo: los idealistas que defienden muchos conceptos abstractos, como libertad y justicia; y los materialistas que, usando el adorno de algunas palabras suaves, se movilizan cada vez que les ofrecen el fascinante materialismo del dólar. Ese clasificar ambas posiciones como un permanente choque entre los idealistas y los materialistas, o viceversa, no es justa. La lucha por los ideales no quiere decir el vivir pendiente de éstos sin prestarles atención a los duros aspectos de la realidad. Significa ajustar los planes idealistas a la situación. José Martí fue un poeta y un hondo pensador que, con palabras de seda y voluntad inflexible, organizó el partido que iba a intentar derrotar a España y liberar a Cuba. Fue él quien, en una ocasión, le frenó a Máximo Gómez su vocación autoritaria: ''General, a un pueblo no se le manda como si fuera un campamento''. Quién sabe si la única afirmación que cae en tela de juicio es que los idealistas son más vulnerables que los materialistas.

El cauteloso idealismo de Havel no lo llevó a hablar de método concretos de cómo hay que luchar contra la dictadura comunista de Fidel Castro. Fuera de enfatizar la solidaridad que tienen, o deben tener, con el pueblo cubano, todos aquéllos que han sufrido el peso del comunismo, y mencionar la unidad que deben mantener los disidentes, el presidente checo llamó la atención sobre cómo la dictadura transforma un grupo de palabras en instrumentos de obediencia, como ''camarada'', en la Unión Soviética, y ''compañero'' en Cuba.

Por otro lado, el aparente materialismo que ha desembarcado en La Habana, desplegando las ventajas del comercio y del dólar, no debe ser condenado como si fuera puro apegamiento al dinero. El capitalismo es duro, pero le abre oportunidades a mucha gente que trabaja, y acepta la democracia como la mejor forma de gobernar. Recordemos que la revolución bolchevique le planteó un desafío ''espiritual'' al cruel capitalismo de la burguesía mundial y avanzó hacia lo que parecía el triunfo del marxismo. Burlándose del apetito sin frenos de los capitalistas, Lenin había profetizado que ''ciegos ante las ganancias, los capitalistas son capaces de vendernos la soga con la que los vamos a ahorcar''. Unos años más tarde la cruel ceguera del comunismo derribó a la Unión Soviética. El comunismo se había ahorcado a sí mismo.

En el caso de Cuba, es posible creer que la situación de la isla es tan mala y desesperada que cualquier corriente de mejoramiento y progreso, que cualquier oportunidad de trabajo traída por los americanos va a mejorar parcialmente las condiciones en que vive el pueblo cubano. Si eso es posiblemente cierto, también es realmente cierto que la voluntad de invertir o negociar con o en Cuba no justifica cenar con el dictador como en jolgorio y silenciar toda crítica contra un régimen que ha estrangulado al pueblo cubano. Precisamente una de las ventajas que han visto en Cuba muchos inversionistas europeos es que el proletariado cubano no puede forjar huelgas ni poner presión hacia mejorías económicas. El proletariado recibe sueldos de miseria y no tiene el derecho de protestar. La voz oficial enseguida delata ``al puñado de contrarrevolucionarios pagados por el imperialismo''.

Y, sin embargo, me da por pensar que si el embargo se levanta, si las relaciones comerciales se dilatan y el tremendo influjo norteamericano desborda sus límites, el mayor derrotado va a ser Fidel Castro. En Cuba, un país que le debe a todo el mundo y no le paga a nadie, la propia elite comunista que rodea a Castro está buscando salvar su fortuna, ampliando los contactos, lícitos o ilícitos, con los capitalistas.

Castro es en estos momentos un viejo camello que deambula por el desierto, cargado de gastadas medallas, que va quedando detrás de una caravana que, con muy poco idealismo, quiere acelerar el proceso de cambio en Cuba. Un líder que llegó a un pueblo arrasado por un ciclón, y les aseguró a los arruinados campesinos que peores cosas estaban ocurriendo en el mundo, es un líder que ha perdido el contacto con la realidad capitalista que lo rodea. El prefiere vivir en el pasado, cuando existía una Unión Soviética y él era importante.

 

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