DR. LUIS AGUILAR LEÓN

La curiosa política de Hollywood

Hace rato que diversos analistas han pretendido hacer un estudio de Hollywood y su política, pero la capital del cine es demasiado fascinante y complicada para explicar por qué el noventa por ciento de los artistas y directores son o creen que son liberales de izquierda, o forman la llamada ''izquierda dorada'', integrada por artistas millonarios que simpatizan con Fidel Castro.

Ese carácter colectivo es el que me mueve hoy a examinar la ridícula aventura política por la que está pasando una de las más conocidas figuras de esa izquierda dorada, Barbra Streisand. Para comprender mejor el proceso de ese y otros eventos políticos similares, es preciso recordar que se trata de una tradicional locura política que lleva a algunos artistas a identificarse con el papel que los ha hecho famosos. Ronald Colman hizo hace años una película sobre un actor que llega a creerse Macbeth. La política es, desde luego, el terreno más atractivo para el desarrollo de tales tendencias. He visto a actores como Martin Sheen, quien hace de presidente americano en un programa popular, dar más tarde juicios contra los republicanos con el tono retórico de los verdaderos presidentes. También recuerdo a los diez o doce actores y directores conocidos que proclamaron a los cuatro vientos que si George W. Bush era electo se iban de los Estados Unidos. La famosa intelectual Cher añadió que, como había ocurrido en la época de Reagan, el hambre los haría emigrar. Nadie se fue. Y ahora tenemos a Barbra Streisand, la gran cantante judía, que acaba de darse un baño de ridiculez voluntaria.

De ahí que sea justo recordar que la tendencia teatral de copiar el gesto político, y creer que el gesto proporciona la esencia, viene tan de lejos como de la Roma clásica. Fue allí donde se inició el esculpir y multiplicar en las estatuas de bronce el gesto autoritario, el índice alzado de los emperadores. Y allí también se vivió un momento de tragedia teatral. Como todos sabemos, Nerón se creía el mejor artista del imperio, danzaba, tocaba la lira y cantaba mientras quemaba a Roma. Años más tarde, cuando le anunciaron que las legiones se le habían sublevado y marchaban agresivamente hacia Roma, él sugirió que lo dejaran enfrentarse a los soldados, conmoverlos con sus cantos y hacer que rindieran las espadas ante su lira. La proposición fue rechazada. Cuando Nerón comenzó a cantar sus penas mientras jugueteaba con un cuchillo, su esclavo preferido le hundió el puñal en las costillas. Y después de esa sangrienta crítica Nerón tuvo fuerzas para susurrar: ``¡Qué gran artista pierde el mundo!''

Barbra Streisand es una cantante archiconocida cuya voz ha perpetuado su reputación. Nacida en Brooklyn, ha estado, como casi todos los artistas de Hollywood, siempre inclinada a apoyar al Partido Demócrata y a la izquierda. Influida por pocos libros, Streisand ha logrado ser como la portadora de la luz ''liberal''. Famosa por sus desplantes, la cantante, cuya contribución económica al Partido Demócrata es impresionante, ha logrado mantener esa imagen de callada guía de la causa. En estos últimos tiempos, sin embargo, la cantante ha enfatizado su papel de líder y desplegado una durísima crítica al presidente Bush. Esa postura la movió a enviar fuertes argumentos a algunos líderes del Partido Demócrata, llegando a pedir acciones discutibles en la crisis de Irak.

Incrementando su radicalismo, la famosa cantante les pidió a ciertos líderes del Partido Demócrata que ''no se criticara a Saddam Hussein'', sino a Bush. Para muchos americanos y judíos esa pasmosa preferencia, esa política de dejar en paz al tirano de Irak, quien odia a los americanos y a los judíos, para concentrarse en una crítica implacable contra el Presidente, es, según algunos, un casi pasarse al enemigo. Significativamente, Tom Cruise y Steve Spielberg proclamaron su respaldo a la política de Washington de combatir a Saddam Hussein aunque haya que ir a la guerra.

Aparentemente molesta por la crítica, Barbra Streisand apeló a, y utilizó, una impresionante autoridad, nada menos que William Shakespeare. Con un tono emocional, la cantante leyó unos versos donde el gran poeta criticaba a los líderes o generales que usaban el redoble de los tambores patrióticos para fanatizar a los soldados, invocando una y otra vez el deber a la patria, cuyo llamado iba a conducir a la muerte a miles de hombres. Según el poema, el héroe que condenaba ese arrojamiento de la juventud a la muerte era nada menos que Julio César.

Con ese grandioso apoyo, la artista estaba segura de que iba a silenciar a quienes la criticaban. La reacción fue inmediata y negativa. Antes de que la polémica creciera, se descubrió que Shakespeare jamás había escritos esos versos y que se trataba de un anónimo vulgar que parecía circular por la internet. Obligada a reconocer el fallo y el plagio, la gran cantante argumentó, un poco erróneamente que, que aunque no fuera Shakespeare, el autor de esas líneas era un gran poeta, y que los versos sí valían la pena.

Pero, como siempre ocurre en casos como ése, lo que más hiere son los chistes y las burlas. Un poco mohína, parece que Streisand aprendió una vieja lección de política. Los demócratas se equivocan con la frondosidad de los republicanos. De ahí que sea muy aconsejable, cuando se cita a alguien, estar seguro de su autenticidad e identidad.

 

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