|
La pasividad de Europa ante la crisis
Esta columna está
dedicada a Carlos Castañeda, un grande amigo y uno de los periodistas más
creadores que ha dado Cuba, cuya súbita muerte ha esparcido un manto de dolor en
todos los ámbitos de nuestra patria.
Más escribiremos sobre él en
el futuro, pero no podía dejar pasar estos trágicos momentos sin rendirle
tributo a una persona excepcional que defendió en todas partes el derecho de los
pueblos a expresarse libremente.
El
visible y audible sentimiento antiamericano de los europeos responde a muchas
causas: la envidia ante el impresionante poder de los Estados Unidos; la
dimensión violenta de la sociedad americana, expresada en las balaceras que
ensangrentan con frecuencia sus calles y escuelas; la vulgaridad de una cultura
que se basa en Mickey Mouse; el rehusar aprender otro idioma que no sea el
inglés; y muchas otras expresiones que molestan a una población tradicionalmente
culta.
Ciertamente tales argumentos tienen una cuota de credibilidad, pero no cubren la
base histórica del
problema.
Las
raíces de la reacción negativa de los europeos hacia los americanos son añejas y
bien conocidas. Ciñamos el juicio. Al iniciarse el siglo XX, Europa mandaba en
el mundo. A pesar de la independencia alcanzada por la rebelión de las colonias
del norte y del sur del continente americano. Dos poderes, Inglaterra y Francia,
dominaban a una gran parte de Africa y de Asia. Aun Holanda, Portugal y Alemania
tenían vastas colonias.
En
1914, el cuadro comenzó a cambiar rápidamente. Los cuatro años de Guerra Mundial
dejaron a Europa exhausta y al movimiento anticolonialista creciendo con ímpetu.
Nuevos partidos y nuevos líderes tomaban el poder: Lenin, Mussolini, Hitler. El
comunismo y el fascismo asaltaban en varios frentes a la democracia. La Segunda
Guerra Mundial completó el proceso de decadencia europea. Sólo dos poderes
emergieron de la bélica contienda: Rusia (la Unión Soviética) y los Estados
Unidos. La Europa occidental estaba amenazada por los tanques de Stalin que
habían dominado a la Europa del este. Pero los Estados Unidos cerraban filas y
plantaron cohetes para detener al comunismo y aun los más nacionalistas
comprendían que Europa había pasado a ser un terreno de conflicto, una presa
política, no un poder decisorio.
Desde
luego que los europeos agradecían la presencia de las tropas americanas que
habían salvado a Europa de caer bajo el terrible manto de Hitler. Pero el
agradecimiento obligatorio y prolongado crea su resentimiento. No creo que nadie
lo haya expresado mejor que Maximiliano Robespierre, el sangriento líder de la
revolución francesa. Aplicando la guillotina cotidianamente, Robespierre llegó a
confesar un día la amplitud de sus odios, y la razón de esos odios. Educado por
los jesuitas como
un niño pobre, el líder un día manifestó: ''Yo nací y viví condenado al
agradecimiento''. Igual podrían declarar los cuervos que terminan sacando los
ojos de sus protectores.
La
situación era tolerable mientras la amenaza rusa se cernía sobre la Europa
occidental. Los cohetes americanos apuntaban a los puntos estratégicos cuya
explosión hubiera paralizado a Rusia. Pero hace once años que el imperio
soviético desapareció súbitamente, sin dar un gemido. Y Europa marchó hacia una
mejor situación económica, hacia el mantener la democracia y ayudar a que aun la
Europa del este se moviera hacia senderos de libertad y progreso.
En esa
situación, los europeos, que no han olvidado la terrible imagen de la guerra,
piensan en cambios, pero no en el que traiga una guerra. Viviendo un alto nivel
de vida, disfrutando un ambiente de paz y libertad, los europeos no quieren
enfrentarse a un sacudimiento de su sociedad. El choque físico y moral que clavó
en el pueblo americano el ataque y la tragedia del 11 de septiembre alarmó a los
pueblos de Europa. No sólo vieron que había un creciente terrorismo en el mundo
y que los Estados Unidos estaban dispuestos a actuar bélicamente, sino, lo que
es peor, que el nuevo conflicto está gestado por una minoría fanática de una
cultura que se extiende al sur del Mediterráneo y que, desde hace años, envía
olas de emigrantes al continente europeo.
Resulta,
pues, que si los Estados Unidos son todopoderosos, si el largo conflicto entre
Israel y los palestinos no termina y estos últimos acusan a los americanos de
ser aliados y protectores de Israel y, por último, si los ''gringos'' siempre
son defensores de la democracia, deben ayudar a las Naciones Unidas a que traten
de convencer a Saddam Hussein a buscar la paz. Con tal perspectiva, los ''aliados''
europeos consideran que una ofensiva militar contra Irak, llevada a cabo por los
americanos con unos pocos aliados, no está justificada. Volver a la guerra,
cuando Europa no parece estar amenazada, es un crimen internacional que puede
llevar a la expansión de la guerra entre Israel y los palestinos.
Pero
resulta que el gobierno americano no cree que haya mucho tiempo para tomar
decisiones o tratar de convencer a un hombre que finge siempre y miente a toda
hora. De ahí la impresionante lógica del presidente Bush. Antes de un año
Hussein tendrá una bomba atómica y un cierto caudal de bombas bacteriológicas.
Será entonces cuando la amenaza de Hussein se convierta en un posible infierno.
Esperar a que el enemigo tenga peores y más devastadoras armas es cometer un
suicidio, proclaman los americanos. Now or never.
De ahí
que se pudiera apostar, al menos yo apostaría, que los europeos, gente
tradicionalmente sabia, van a comprender pronto lo que está en juego. Para
ayudarlos en esa meditación conviene preguntarles cómo se imaginan lo que
ocurriría en Europa si los americanos se vuelven a su patria y anuncian que la
tienen protegida y que únicamente por ella irían a la guerra. ¿Cuál sería la
posición de Europa frente al extenso terrorismo musulmán?
No
quiero ni pensarlo. |