Los latinos sospechosos
Hace muy poco, algunas fuentes oficiales comunicaron al público que, de acuerdo
con la versión de ciertos testigos, el asesino de largo rifle y brutal humanidad,
que ha paralizado a barrios de Washington, DC, era un individuo de ''piel oscura'',
''como los árabes y los latinos''. A mi juicio, esa descripción contenía una
ingenua, pero peligrosa, dosis de racismo.
Nadie discute que todo esfuerzo por eliminar al criminal monstruoso merece el
apoyo de la comunidad. Pero en un ambiente de violencia terrorista, que genera
odio y resentimiento en casi todas las zonas del planeta, es preciso tener mucha
cautela antes de vincular a nadie con el vago perfil de un criminal que todos
odiamos.
De ahí que describir el color de la piel del posible asesino como ''oscura'',
era seguir un sendero correcto y justo, pero señalar a dos vastos sectores de la
humanidad, ''árabes'' y ''latinos'', como un ejemplo de los tipos que se parecen
al asesino es insinuar una sospecha que apunta a una culpabilidad, dar una
identificación desviada.
Igualmente inapropiado sería decir que, de acuerdo con los vagos testimonios
de algunos testigos, el criminal es un hombre de piel ''blanca'' como la que
tienen ''los alemanes'' y los ''rusos''; o una piel amarilla, como la de los ''coreanos''
y ''japoneses''. La relación es absurda; reducir el infinito número de gente de
piel blanca o amarilla a grupos terroristas envueltos en pasadas violencias es
asociar una característica epidérmica a la culpabilidad de un crimen. En tensos
momentos de guerra y terrorismo, que dan aliento al miedo y al odio, es preciso
ceñirse a la cautela y evitar el vincular el color de un criminal con la
culpabilidad de toda una raza.
Para tener una más clara idea de lo injusto que es juguetear con vagos
testimonios que rozan la culpabilidad que se quiere encontrar, pensemos que los
supuestos testigos que tuvieron una borrosa y fugaz ocasión de ver al asesino
aseguraran que el tipo era ''gordo''. Perfecto. Tenemos un dato más o menos
preciso para identificar al sadista de largo rifle. Al menos podemos eliminar a
los flacos. Pero si un vocero oficial, no el testigo, añade ejemplos y afirma
que el tipo es un gordo del tipo de los gordos ''suizos'' y los ''noruegos'', lo
único que se estará haciendo será caer en el ridículo, dañar la investigación y
sembrar una semilla de odio en el conflicto.
Recordemos que los ''latinos'', al igual que los ''hispanos'', representan
una clasificación sociológica que demuestra la variedad de su religión y de su
raza. En la América Latina hay millones de indios, blancos, negros, asiáticos y
mestizos. En un congreso de historiadores celebrado en Madrid hace largos años,
ocurrió un significativo debate. Aduciendo que el nombre de América Latina era
un artificio de influencia francesa, la delegación española propuso sustituirlo
por ''Iberoamérica''. Inmediatamente, la delegación peruana objetó que ese
nombre parecía excluir a los indios. Ante tal válido argumento, los españoles
aceptaron que era más justo llamar a esa enorme región ''Indo-iberoamérica''.
Entonces otra delegación señaló que tal denominación parecía excluir a la
población negra. De nuevo los españoles reconocieron que, efectivamente, un
nombre más adecuado sería ''Afro-indo-iberoamérica''. Cuando el delegado de
Haití alzó la mano para hacer una proposición, la comisión española proclamó que
''América Latina'' era un nombre no ajustado a la realidad, pero sumamente útil.
Y no se discutió más el asunto.
Si se trata de clasificar de
acuerdo a un origen idiomático común, o a una raíz cultural, ¿por qué aquí en
los Estados Unidos se nos ubica como raza? Es decir, ¿por qué en los
cuestionarios oficiales de los Estados Unidos se hace uso de una extraña
clasificación racial en tres epígrafes: ''white'' (blanco), ''black'' (negro),
''hispanic'' (hispano)? ¿Somos una raza? Y vale la pena formular una pregunta. ¿Por
qué a nosotros, los hispanos o latinos, los de piel oscura, aunque seamos
chinos, indios, negros o blancos, se nos priva de una bella palabra: América?
Aquí hay ''Indian-Americans'', ''African-Americans'', ''Native-Americans'', pero
nosotros no somos ''Hispanic-Americans'', sólo ''Hispanics''. Lo americano se
usa para identificar la nacionalidad: ''Cuban-Americans o Mexican-Americans''.
Lo cual mantiene la inclinación a la división, no a la unidad de nuestras
comunidades.
Al referirse a ''la raza'', por ejemplo, los Mexican-Americans, suelen hacer
énfasis en sus raíces indias, en la cultura azteca. Pero esa raíces resultan
bastante ajenas a los hispanos, blancos y negros, de Cuba o Santo Domingo, donde
los indios desaparecieron pronto mientras que la presencia africana creció en
todo el Caribe. Una presencia aceptada por su música, pero ajena al perfil
cultural de Argentina, Chile o Uruguay, que son y se consideran ''blancos''. ¿Cuáles
son pues las raíces comunes, los vínculos que contribuyen, o deberían contribuir,
a darle una cierta unidad a los hispanos, la religión, el idioma, el color de la
piel?
Esa diversidad de razas y pueblos en la América Latina demuestra el tremendo
error que se comete cuando se relaciona el testimonio de tres testigos con un
pueblo en concreto. Los árabes, o los musulmanes, que no son violentos se
enfrentan hoy al rencor ambiental que ha producido el fanatismo de algunos de
sus grupos. Los latinos o hispanos no queremos que eso ocurra con nosotros. No
queremos que eso ocurra con los ''latinos'' o los ''hispanos''. Nosotros somos
americanos y sería muy bueno ordenarles a los voceros oficiales que aprendan la
virtud de la reflexión y del silencio.