DR. LUIS AGUILAR LEÓN

De la tragedia a la esperanza

El 10 de octubre de 2002, en un aniversario de la fecha en que por primera vez tremoló en la tierra cubana el patriotismo de un pueblo que iniciaba su guerra de independencia, Cuba, trágicamente, perdió a uno de sus más nobles hijos, Carlos M. Castañeda.

Celebrado como gran periodista, como un ávido lector que sembraba ideas y las orientaba hacia la libertad y la democracia, Carlos fue algo más que un noble amigo y un periodista ejemplar. Todos los que trabajaron con él, o lo conocieron dentro y fuera de su oficina, saben que Castañeda, a quien conocí desde Cuba, vivía más allá del nivel de la noticia: no era sólo un periodista, era además, como yo le decía ante su sonrisa, un periódico. Las situaciones que le cruzaban su horizonte, los eventos que llegaban a sus oídos o a sus ojos, eran de inmediato enmarcados, divididos en secciones, transformados en noticias de primer plano, o en leves comentarios. Es decir, convertidos en imaginarios periódicos. Y al final se notaba siempre su permanente ética profesional y humana.

La inesperada muerte de Carlos Castañeda, abatido por una terrible leucemia, tiene para mí otra trágica dimensión: la muerte de un gran amigo, de un hombre eufórico, capitán de empresa, quien, a base de talento, honestidad, trabajo y energía demostró que se puede revitalizar la libre empresa en la América Latina sin recurrir a la dictadura. Hace apenas tres días, Luis Martín Fernández pereció inesperadamente, también bajo un feroz ataque de leucemia.

Superando el doble dolor y el rosario de recuerdos que deja la muerte, no dejo de pensar cuán grato hubiera sido para Carlos y para Luis aplaudir que el disidente cubano Oswaldo Payá Sardiñas, presidente del Movimiento Cristiano Liberación, haya recibido el Premio Sajarov, dedicado a los derechos humanos y la libertad de pensamiento, que otorga cada año el Parlamento Europeo. Oswaldo Payá Sardiñas fue uno de los principales promotores del Proyecto Varela, el cual logró desplegar, en Cuba y en el mundo, la noción de que el pueblo cubano, aislado de toda información, sigue buscando la manera de quebrar la férrea estructura de la dictadura. Aun el régimen se vio obligado a reaccionar contra la emergencia y la publicidad que recibió el proyecto, y ahora tiene que enfrentarse al bofetón de publicidad negativa que les proporciona el premio de Payá.

También conversamos sobre la transición hacia la libertad del pueblo, de los grupos que se han organizado en Cuba para abrir contactos con el exterior y trasmitir lo que está ocurriendo en su tierra y en el extranjero. Pero también recorrimos largos diálogos sobre un tema siempre deprimente: la falta de esfuerzo y entusiasmo del exilio para apoyar masivamente a los anticastristas que continúan en la isla. Porque también hay exiliados que envían a Cuba todos los recursos posibles, y vuelven a la isla con ademanes de turistas.

¿Qué puede, o qué debe, hacer el exilio más allá de cruzar los dedos, aguardando que se abra una tumba para un eterno comandante? Ni sé ni soy donador de deberes. Pero sí pienso que la respuesta a esa pregunta es clara. El primer deber del exilio es ayudar en todo lo posible a los disidentes, a los opositores, a los que distribuyen libros y circulan ideas, a los que denuncian la violación de los derechos humanos en Cuba, y a los que aprenden que se puede estar en desacuerdo con la forma de un proyecto, pero no se debe restarle méritos a quien logra debilitar al régimen con la esencia del proyecto.

De ahí el asombro de muchos investigadores cuando constatan que la mayor parte del exilio cubano sigue desunido, discutiendo si el Proyecto Varela es bueno o es una traición. Claro que todo el mundo tiene derecho a opinar y la reflexión objetiva siempre ayuda; lo difícil es aceptar que se niegue lo que el Proyecto Varela logró cuando, por primera vez en décadas, una tesis anticastrista fuera mencionada y discutida en Cuba --cuando el ex presidente Carter la mencionó-- y la prensa extranjera explicó de qué se trataba.

Parecido sentimiento de extrañeza surgió cuando el presidente de Checoslovaquia, Vaclac Havel, propuso que el premio Nobel de la paz se le otorgara a Payá sin que brotara una corriente de apoyo a esa proposición. Y eso sabiendo que la mera mención, y más aún, el aplauso por tal candidatura haría circular en toda Europa el tema de los abusos en Cuba. A pesar de que no se obtuvo el premio, Payá alcanzó jerarquía internacional. De ahí que hace unos pocos días Oswaldo Payá recibiera el premio Sajarov que otorga cada año el Parlamento Europeo y que el régimen cubano se quedara mudo.

Esa victoria no ha logrado todavía el aplauso masivo de los exiliados. Hay quienes prefieren esperar a que el Führer se desvanezca para hacer algo, pero, como dicen los franceses, ''vale mucho más quien ha tratado de hacer algo y ha fracasado, que quien se ha propuesto no hacer nada y ha triunfado''. En el caso de Payá el triunfo logrado es visible. La muerte de cubanos como Carlos Castañeda y Luis Martín Fernández traen una trágica onda. Probablemente Payá y los cubanos que lo apoyan traigan con ellos la esperanza.

 

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