DR. LUIS AGUILAR LEÓN

Esperando por el Dr. Godot
Divertimento

En la conocida obra de Samuel Beckett, recién montada aquí en el Centro Cultural Latin Quarter por Rolando Moreno y su grupo, Mario Martín, Carlos Cruz, Jorge Hernández y Olga Flora, Godot es un personaje misterioso a quien dos locuaces vagabundos esperan inútilmente en un recodo del camino, y son a sus vez visitados iterativamente por una enigmática pareja.

Al ver el anuncio de la clásica obra Esperando a Godot, se me ocurrió que algunas de las esperas que se desarrollan en la consulta de algunos médicos, me podían identificar con la paciencia de los dos vagabundos de Beckett. Desde luego, es bien sabido que los médicos de Miami son los mejores del mundo, en especial los latinos, y en especial los cubanos, y que, además, nuestros galenos son bien amables una vez que entramos en sus oficinas. De ahí que siempre sea conveniente desplegar la paciencia que ellos se merecen.

De todas formas, confieso que la primera vez que descubrí el peculiar tempo de esta ciudad, que no sólo a los galenos afecta, fue cuando, recién mudado a Miami, me dieron cita en una consulta médica a las 10 de la mañana. Confiando en que lo temprano de la hora me dejaba espacio para otros menesteres, invité a un amigo, que lleva diez años en Miami, para almorzar a la una.

Como padezco de una puntualidad germana, hábito que nuchos sinsabores me ha costado, fundamentalmente en mi matrimonio, a las 10 en punto estaba arrellanado en un sillón esperando que el teórico Dr. Godot me llamara a pasar a la oficina. Cuando transcurrió la primera hora sin que notara movimiento en el grupo que esperaba, una vaga inquietud comenzó a roerme el alma. Súbitamente noté que mi vecino de la izquierda, un señor pergaminoso que se parecía a Estragón, uno de los vagabundos de Beckett, tenía la mirada inmóvil sobre un abierto ejemplar del National Geographic Magazine de 1973 que yacía sobre sus piernas. Estuve a punto de tocarle el hombro a mi vecino para ver si necesitaba alguna ayuda, pero me contuve ante la visible posibilidad de que, como en una película de horror, el tipo se deshiciera en polvo ante mis ojos.

Dos horas y media más tarde, después de haber concluido el examen del médico, pude volar a la cita con mi amigo, quien, naturalmente, había llegado con harta demora al restaurant y ni cinco minutos había tenido que esperar. Díjome mi amigo que eso me pasaba por mantener en Miami una mentalidad de relojero puntual. Y, seguidamente, procedió a explicarme su método para lidiar con la parsimonia del medio terapéutico de Miami. Mi amigo llega a la consulta de los médicos a la hora fijada, firma los indispensables documentos del seguro, vuelve a su oficina a trabajar, y reaparece en la consulta dos horas después. ''Así'', me dijo con un tono de sapiencia y de paciencia salomónica, ``reduzco el margen de espera a media hora''.

Incapaz de caer en tales malabarismos de impuntualidad, creí descubrir un mejor y más fecundo sistema de cómo aprovechar el tiempo. Seleccioné algunos libros famosos y espesos, de ésos que uno debe leer pero que nunca tiene entusiasmo para leer, y me los llevé a ulteriores consultas. Gracias a tal idea literaria, fue que logré reptar, por un tiempo, por las gruesas páginas de Los Buddenbrooks, de Thomas Mann, y La guerra y la paz, de León Tolstoi.

Pero el ambiente conspiraba contra mi esfuerzo cultural. Los latinos, y especialmente los cubanos, suelen tener una deliciosa e irreprimible voluntad de compartir con el mundo, y en voz alta, todas las peripecias físicas y espirituales de sus vidas. De donde resulta que en una sala no muy amplia, bajo la resonante nube de comentarios e historias, es difícil concentrarse en páginas lejanas y tratar de no prestar atención a las crónicas que cruzan el ambiente de la sala.

Tan fascinantes son esos relatos de la vida menuda, sobre todo cuando relatan aventuras y críticas ''privadas'' de sus amigos, que no hace mucho, con otro libro espeso olvidado sobre las piernas, me quedé sorprendido por la picaresca historia de un conflicto predivorcio que una señora, a mi derecha, contaba en detalles y susurros que no eran fáciles de desoír. La narradora aseguraba conocer toda la verdad de lo que contaba. Después de todo, ella era el personaje principal, quien se había casado tres veces y estaba concentrada en impedir que el tercer marido, ''un cubano medio loco'', llegase a Miami.

Estaba la historia en el momento más álgido: el cubano había proclamado que venía furibundo a Miami, cuando la enfermera me avisó que pasara. Pensé rogarle a la señora que suspendiera la historia hasta mi vuelta, o que por lo menos me diera un resumen de cómo terminaba la aventura, pero comprendí que hubiera sido grave falta darme por enterado de una confidencia, aunque la tal confidencia había sido relatada sin susurros. Recordé además que no hay nada más difícil que lograr que una cubana, o un cubano, sinteticen la historia que quieren relatar. Y resignado a no enterarme, seguí a la enfermera y pasé a ver al médico. Pero confieso que, por una vez, hubiera preferido quedarme en la sala de espera.

 

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