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La
democracia como victoria
Cuando los
infelices mortales que viven bajo la opresión política tienen la oportunidad de
contemplar a los ciudadanos de una democracia, en filas largas o breves,
cumpliendo su deber de votar, usualmente se quedan pasmados.
Unos papelitos o unas
máquinas de luces reciben los votos y casi enseguida los cuentan. Quienes están
acostumbrados a obedecer las duras reglas de esos regímenes donde el voto por el
dictador llega al 100%, no comprenden rápidamente cómo esos papelitos o luces
mantienen la base de la democracia: el voto
del
pueblo.
Ciertamente, en los países realmente democráticos el día de las elecciones,
cuando hileras de ciudadanos se movilizan para sumar sus votos, es cuando más se
pone en evidencia la simplicidad
del
sistema. En unos minutos los ciudadanos se aproximan a las urnas, dejan caer su
voto y se marchan. No hay, como en otros países, soldados armados, ni alborotos
callejeros. Es decir, el paso más decisivo de todo el proceso, el libre voto de
los electores, se cumple como si fuera un gesto sin trascendencia.
Desde
luego que esa jerarquía
del
poder popular es esencialmente teórica y depende
del apoyo de todas las
clases sociales. Todos sabemos que cualquier democracia, especialmente las que
acaban de brotar de una dictadura, tiene que enfrentarse de inmediato a una
serie de conocidos y poderosos enemigos. Baste mencionar la perenne y venenosa
tentación de la corrupción y la realidad de que los partidos políticos no surgen
con una conciencia madura de cuáles son sus derechos y deberes.
Todavía
más. Una democracia es como un gran sistema nervioso que registra cualquier
alarma. Una legislación que quiera reducir la libertad de expresión o limitar la
independencia del poder judicial siembra de inmediato avisos de riesgo: esas
medidas suelen ser preludios de dictadura. De ahí que cuando en la América
Latina cae una dictadura y el nuevo gobierno proclama el triunfo del pueblo y la
democracia, la mayor parte de las naciones trazan una interrogación sobre el
futuro. La democracia tiene que ser defendida día a día.
En la
época contemporánea, aun las democracias modelos tienen que enfrentarse a viejos
y nuevos problemas, como el hambre y el terrorismo. El peligro hoy amenaza desde
el exterior e influye en la política interior de esos países. La reciente
victoria de los republicanos, que los ha llevado a ocupar cargos de primer
importancia en el Congreso, se debió en gran parte a que el argumento básico del
presidente Bush, expresado por él enfáticamente, fue el creciente conflicto
provocado por la amenaza de Irak. Mientras los demócratas acentuaban los
problemas económicos de la nación, la mayor parte de los americanos apoyaban el
hacer todo lo que fuera necesario para destruir la creciente amenaza de Saddam
Hussein.
Lo cual
me lleva a registrar un aspecto lateral y no de mucha importancia de cómo la
victoria republicana nos afectó a nosotros, los cubanos, aquí en la Florida.
Desde el punto de vista de los demócratas, se trataba de montar una perfecta
ofensiva que empañara la popularidad del presidente Bush, quien se jugaba su
prestigio personal asistiendo a una multiplicidad de ciudades y locales donde su
presencia podía ayudar a los candidatos republicanos.
Los
demócratas, sin embargo, sobrestimaron su poder político y la popularidad de su
causa. Basta recordar las palabras de Terry McAuliffe, en el programa de Larry
King, unos pocos días antes de las elecciones. ''El presidente Bush se va a
desvanecer, ya no existe. Y en la Florida vamos a desquitarnos de lo que ocurrió
hace dos años. Los demócratas se han vigorizado y están listos para vencer.''
También se mencionaba que los cubanos estaban divididos y no tenían el peso de
antes.
Guiados
por esa desbordada energía, los demócratas proclamaron que, como había dicho
McAuliffe, la Florida se iba a convertir en un campo de batalla nacional y sería
el triunfo que borraría la fangosa jornada que llevó a George W. Bush a ocupar
la presidencia de la república. Mientras redoblaban los tambores de la
propaganda, el partido no vio con buenos ojos la proclamación de Janet Reno como
candidato a gobernador. No porque les importara el antagonismo que dejó en
muchos cubanos la dura rectitud que había desplegado en el caso del niño Elián
González, sino, precisamente, porque creían que no iba a poder ganar. Criticada
por su propio partido y derrotada apretadamente por el abogado Bill McBride,
Reno prácticamente desapareció del horizonte político.
Fue
entonces cuando, con su candidato en órbita, los líderes del partido apelaron a
la mejor artillería que podían encontrar: Jesse Jackson, Al Gore y el ex
presidente de la república, William Jefferson Clinton, entre otros, vinieron a
la Florida y desplegaron sus conocidas banderas. Pero la ofensiva fracasó. El
gobernador republicano, Jeb Bush, ganó fácilmente su cargo y la mayoría de los
floridanos respaldaron a su hermano el Presidente. Los demócratas están aún
analizando las causas de tan magna derrota y el cómo restaurar su fuerza y su
prestigio. Quién sabe si les sería algo conveniente escuchar un poco a los
cubanos.
De
todas formas, como siempre, ambos partidos le dieron la victoria a la democracia
americana. |