DR. LUIS AGUILAR LEÓN

La democracia como victoria

Cuando los infelices mortales que viven bajo la opresión política tienen la oportunidad de contemplar a los ciudadanos de una democracia, en filas largas o breves, cumpliendo su deber de votar, usualmente se quedan pasmados. Unos papelitos o unas máquinas de luces reciben los votos y casi enseguida los cuentan. Quienes están acostumbrados a obedecer las duras reglas de esos regímenes donde el voto por el dictador llega al 100%, no comprenden rápidamente cómo esos papelitos o luces mantienen la base de la democracia: el voto del pueblo.

Ciertamente, en los países realmente democráticos el día de las elecciones, cuando hileras de ciudadanos se movilizan para sumar sus votos, es cuando más se pone en evidencia la simplicidad del sistema. En unos minutos los ciudadanos se aproximan a las urnas, dejan caer su voto y se marchan. No hay, como en otros países, soldados armados, ni alborotos callejeros. Es decir, el paso más decisivo de todo el proceso, el libre voto de los electores, se cumple como si fuera un gesto sin trascendencia.

Desde luego que esa jerarquía del poder popular es esencialmente teórica y depende del apoyo de todas las clases sociales. Todos sabemos que cualquier democracia, especialmente las que acaban de brotar de una dictadura, tiene que enfrentarse de inmediato a una serie de conocidos y poderosos enemigos. Baste mencionar la perenne y venenosa tentación de la corrupción y la realidad de que los partidos políticos no surgen con una conciencia madura de cuáles son sus derechos y deberes.

Todavía más. Una democracia es como un gran sistema nervioso que registra cualquier alarma. Una legislación que quiera reducir la libertad de expresión o limitar la independencia del poder judicial siembra de inmediato avisos de riesgo: esas medidas suelen ser preludios de dictadura. De ahí que cuando en la América Latina cae una dictadura y el nuevo gobierno proclama el triunfo del pueblo y la democracia, la mayor parte de las naciones trazan una interrogación sobre el futuro. La democracia tiene que ser defendida día a día.

En la época contemporánea, aun las democracias modelos tienen que enfrentarse a viejos y nuevos problemas, como el hambre y el terrorismo. El peligro hoy amenaza desde el exterior e influye en la política interior de esos países. La reciente victoria de los republicanos, que los ha llevado a ocupar cargos de primer importancia en el Congreso, se debió en gran parte a que el argumento básico del presidente Bush, expresado por él enfáticamente, fue el creciente conflicto provocado por la amenaza de Irak. Mientras los demócratas acentuaban los problemas económicos de la nación, la mayor parte de los americanos apoyaban el hacer todo lo que fuera necesario para destruir la creciente amenaza de Saddam Hussein.

Lo cual me lleva a registrar un aspecto lateral y no de mucha importancia de cómo la victoria republicana nos afectó a nosotros, los cubanos, aquí en la Florida. Desde el punto de vista de los demócratas, se trataba de montar una perfecta ofensiva que empañara la popularidad del presidente Bush, quien se jugaba su prestigio personal asistiendo a una multiplicidad de ciudades y locales donde su presencia podía ayudar a los candidatos republicanos.

Los demócratas, sin embargo, sobrestimaron su poder político y la popularidad de su causa. Basta recordar las palabras de Terry McAuliffe, en el programa de Larry King, unos pocos días antes de las elecciones. ''El presidente Bush se va a desvanecer, ya no existe. Y en la Florida vamos a desquitarnos de lo que ocurrió hace dos años. Los demócratas se han vigorizado y están listos para vencer.'' También se mencionaba que los cubanos estaban divididos y no tenían el peso de antes.

Guiados por esa desbordada energía, los demócratas proclamaron que, como había dicho McAuliffe, la Florida se iba a convertir en un campo de batalla nacional y sería el triunfo que borraría la fangosa jornada que llevó a George W. Bush a ocupar la presidencia de la república. Mientras redoblaban los tambores de la propaganda, el partido no vio con buenos ojos la proclamación de Janet Reno como candidato a gobernador. No porque les importara el antagonismo que dejó en muchos cubanos la dura rectitud que había desplegado en el caso del niño Elián González, sino, precisamente, porque creían que no iba a poder ganar. Criticada por su propio partido y derrotada apretadamente por el abogado Bill McBride, Reno prácticamente desapareció del horizonte político.

Fue entonces cuando, con su candidato en órbita, los líderes del partido apelaron a la mejor artillería que podían encontrar: Jesse Jackson, Al Gore y el ex presidente de la república, William Jefferson Clinton, entre otros, vinieron a la Florida y desplegaron sus conocidas banderas. Pero la ofensiva fracasó. El gobernador republicano, Jeb Bush, ganó fácilmente su cargo y la mayoría de los floridanos respaldaron a su hermano el Presidente. Los demócratas están aún analizando las causas de tan magna derrota y el cómo restaurar su fuerza y su prestigio. Quién sabe si les sería algo conveniente escuchar un poco a los cubanos.

De todas formas, como siempre, ambos partidos le dieron la victoria a la democracia americana.

 

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