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De dónde llegamos y hacia dónde nos vamos
Cuando se
contempla en la televisión, o de lejos, el bólido trayecto de algunos aviones
militares o cohetes estilizados cargados de muerte; cuando esas armas, que
pueden destruir pueblos y regiones, cruzan nuestro horizonte, y nos advierten
que hay otras armas más ocultas y temibles, vale la pena reflexionar sobre cómo
fue el proceso que condujo al crítico momento actual.
La reflexión es válida
porque, precisamente, en largos siglos de historia se registra cómo los
armamentos apenas si se modificaron.
Desde
las primeras tribus guerreras cuyos rasgos estudiemos, digamos las del año
10,000 antes de Cristo, hasta acercarnos al siglo XIV después de Cristo, los
instrumentos bélicos no experimentaron ningún cambio trascendente: lanzas,
espadas, escudos y flechas constituían todo el armamento de los diversos
guerreros. De ahí que muchos expertos en estrategia señalen que, en un encuentro
imaginario pero realista, los disciplinados ejércitos de Alejandro el Grande
hubieran derrotado a las pesadas tropas medioevales, ceñidas muchas veces en
torno a sus formidables pero inmóviles castillos.
Alrededor del siglo XIV aparece un nuevo factor que va a cambiarlo todo: la
pólvora. Ese elemento va a transformar los ejércitos, crear nuevos sistemas de
guerra y obligar a que se produzcan cambios sociales para ajustar las
poblaciones a los nuevos ejércitos. A pesar de todo, sin embargo, los cambios
impuestos por la pólvora fueron al principio bien lentos, los cañones eran
difíciles de cargar y transportar, y solían explotar, liquidando a los
artilleros que los manejaban. Pero poco a poco los castillos medievales fueron
abatidos por los nuevos cañones y la fabricación de fusiles obligó a desarrollar
nuevas estrategias. Para 1500 (dC), los ejércitos de Alejandro el Grande no
hubieran sobrevivido a una descarga de balas.
De ahí
en adelante el proceso de cambio comenzó a acelerar. Los ejércitos crecieron en
número, la artillería se volvió ligera y transportable, y, sobre todo, el
creciente alcance de las balas aumentó terriblemente su capacidad de matar a
distancia. Cuando Napoléon cae derrotado en Waterloo, en 1815, el mundo europeo
iba a expandir su poder en todos los continentes. Tal es, quizás, el momento del
llamado imperialismo. El modelo admirado era la flota naval inglesa, cuyo
almirantazgo se esmeraba en mantener y mejorar barcos y artillería. A finales
del siglo XIX Inglaterra dominaba una cuarta parte del mundo. Francia controlaba
gran parte del norte de Africa. Superiormente armada, Europa era invencible.
En el
siglo XIX y al principio del XX, sin embargo, el peso burocrático que
inevitablemente acompaña al crecimiento de los ejércitos, entorpecía la
superación de las armas y la práctica de nuevas estrategias. El pasado se
imponía sobre los militares. Así fue como los altos mandos de Europa vacilaron
en usar la mortífera eficiencia de las recién creadas ametralladoras. En 1905,
en la guerra ruso-japonesa, el ejército nipón demostró la devastadora
superioridad de las ametralladoras sobre las clásicas y románticas cargas de
caballería. Diez años más tarde, en la Primera Guerra Mundial, el alto mando
ruso siguió arrojando masas de caballería contra el mortífero fuego de las
ametralladoras alemanas. A pesar de eso, los cambios resultaban visibles. Los
ejércitos que comenzaron la Primera Guerra Mundial hubieran sido derrotados por
los que la terminaron cuatro años más tarde. Dos factores nuevos habían
demostrado su capacidad: tanques y aviones.
En
1935, Alemania, derrotada en la guerra anterior, estaba creando el ejército más
moderno y más poderoso que existía. Mientras los vencedores de la Primera Guerra
Mundial dormían sobre sus laureles, el alto mando germano se concentraba en
crear y maniobrar los mejores y más nuevos tanques y aviones. En 1939, el
resultado de esa preparación fue la blitzkrieg, la ''guerra relámpago'', una
serie de victorias rápidas que por poco tornan las campañas alemanas en
permanente conquista de Europa.
Mientras tanto, se esparcía por el mundo el rumor de que americanos y alemanes
estaban explorando la posibilidad de crear un instrumento inusitado: las armas
atómicas. Una posibilidad que aún hoy estremece a quien piense lo que hubiera
hecho Hitler si hubiera tenido bombas de ese tipo. En 1945, después de devastar
dos ciudades japonesas, un hongo atómico sombrío se alzó sobre la humanidad y
señaló el final de una era y el comienzo de otra. La guerra se volvía una
posibilidad de total aniquilamiento.
Al
principio, las armas destructoras parecían controlables. Sólo dos naciones,
Rusia y América, tenían esas armas. La crisis de 1962, la cual puso a esas dos
naciones al borde del desastre, creó un ambiente de prudencia. En la guerra de
Corea de 1950 y en la de Vietnam, de los 60, nadie amenazó con usar bombas
atómicas. Pero era inevitable que todas las naciones quisieran pertenecer a ese
círculo de poder. Europa era ya sólo Europa, y otros países, como Corea, China,
Israel y la India lograron unirse al círculo. Luego, súbitamente, grupos de
invertebrados terroristas, difíciles de quebrar por su falta de centros
políticos, añadieron sus criminales acciones al panorama.
Tales
fueron algunos de los antecedentes que explican la situación actual. Los Estados
Unidos aún tienen la superioridad militar y la ética política que los hace
respetables. Pero hay quienes concluyen que lo más sabio hoy no es averiguar
cómo llegamos a esta situación, sino cómo vamos a salirnos de ella. |