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Mi
reencuentro con James Bond
Hace
cuarenta años participé en el aplauso que provocó la aparición en las pantallas
de un agente secreto británico, 007, con licencia para matar. Su personalidad
invadió los cines del
mundo, brindó un nuevo e inolvidable personaje y levantó una especie de
mitología en torno a su nombre: Bond, James Bond. El actor que estructuró
soberanamente a ese agente secreto se llamaba, o se llama, Sean Connery. Se
trataba de una poco frecuente y exitosa unión entre el escritor, Ian Fleming, el
personaje y el actor.
Las
razones para ese impresionante éxito, que desbordó fronteras y provocó infinidad
de imitaciones, son bastante reconocibles. En primer lugar se trataba de un
modelo nuevo. La mayor parte de los detectives americanos, como Philip Marlow y
Sam Spade, eran de escasos recursos económicos, bien dados a la bebida,
inteligentes y tough. Y he aquí que de pronto surgió un elegante agente secreto,
conocedor de vinos, que era implacable en el combate, y lograba que las mujeres
más bellas disfrutaran su lucha.
James
Bond también rompió la ética que regía al mundo fílmico americano hasta
aproximadamente la década de los cincuenta. Cuando se trataba de una lucha entre
los ''buenos'' y los ''malos'' las reglas eran conocidas; al final de la
película, los malos tenían que pagar por los crímenes cometidos. En duelos con
espada, los ''buenos'' eran más caballerosos. Si a los canallas les tumbaban el
arma, Errol Flynn y los buenos se las devolvían para matarlos caballerosamente y
sin huellas de sangre.
En
cambio, en una de las escenas de la primera película de James Bond, Dr. No, el
''malo'' entra de noche en una habitación oscura, y dispara siete veces contra
la cama. El cuarto se ilumina, James Bond está sentado apuntando al ''malo'' con
su pistola y el ''malo'' deja caer la suya. Entonces Bond se inclina para
encender un cigarrillo y el criminal se apresura a recoger su pistola y a
disparar tres veces contra él. Ni un estámpido resuena. Con toda calma Bond toma
su arma la gira contra el asesino, le dice ''vaciaste la pistola'' y le dispara
dos veces. El ''malo'' estaba desarmado y debió haber sido arrestado; pero James
Bond tiene licencia para matar.
Pequeños detalles fascinaron al público. Bond utilizaba fosforeras que lanzaban
nubes de vapor; helicópteros individuales que lo salvaban; plumas de escribir
que disparaban balas y, sobre todo, un carro deportivo que ocultaba
ametralladoras bajo los faroles frontales, lanzaba torrentes de aceite sobre las
carreteras, y para aplauso del público, un botón que, si quien estaba sentado
junto al chofer se tornaba amenazante, bastaba con apretarlo para lanzar al tipo
por el aire. Cientos de jóvenes intentaron comprar un carro como ése.
James
Bond hizo clásico el comentar con frases agudas el peligro que lo rodeaba.
Típicamente británico, el agente nunca alza la voz en discusiones airadas, ni
quiebra la elegancia de sus modales. Cuando, por ejemplo, un coche negro lleno
de maleantes lo perseguía, él los obligó a despeñarse. Un asombrado testigo
preguntó en voz alta: ''¿A dónde iban estos tipos?'' ''Creo que iban a un
funeral'', le respondió calmadamente Bond. En otra ocasión, cuando el maligno
dueño de un elegante casino perdió su última apuesta contra él, Bond le ofreció
cambiar toda su ganancia por el privilegio de danzar un tango con su ''amiga''
Kim Basinger. ''¿Es usted tan generoso cuando pierde?'', le preguntó ácidamente
el dueño del casino. ''No sé'', le respondió Bond, ``yo nunca pierdo''.
Claro
que cuando Sean Connery renunció al papel de James Bond, que él había modelado y
definido, las películas perdieron un poco su fisonomía y algunas veces pasaron a
depender más de las armas y la técnica que de James Bond. Pero el modelo básico
seguía manteniendo sus líneas decisivas y los fanáticos seguían multiplicándose.
Imagino
que algunos de mis lectores se preguntarán, aparte de su simpatía inicial ¿de
qué habla ''el profe'' cuando menciona un reencuentro con James Bond? ¡Ah!, la
respuesta es fácil y hondamente emotiva. Hace cuarenta años, cuando eran niños,
llevé a mis hijos, con cinco de sus amigos a ver la primera película del agente
007. Les encantó la acción y, que yo sepa, vieron casi todas las otras películas.
Cuando crecieron, uno, Lou, se dedicó a escribir scripts para el cine; el otro,
George, se volvió stunt coordinator, es decir, el individuo que coordina la
violencia y distribuye el número de piñazos y de balas que van a volar en las
escenas de la película.
Pues
bien, hace unos meses George me llamó desde Londres y me dijo que acababa de
firmar un contrato sobre una nueva película. Yo sabía que él acababa de
finalizar una sumamente importante dirigida por Martin Scorcese, Gangs of New
York, que será exhibida este diciembre y que resuena ya con los truenos de un
gran film. Así que le pregunté de qué film se trataba. Mi hijo dejó correr el
silencio y me dijo despacio: ``The name is Bond, James Bond''.
Ya se
podrán imaginar mi salto emocional. Cuarenta años después de haberlos llevado a
la primera película, uno de mis hijos filmó escenas para 007. Después de la
pausa, no encontré mejor recurso, para celebrar el largometraje de este
reencuentro, que ir al club y pedir un simbólico martini shaken, not stirred. |