DR. LUIS AGUILAR LEÓN

Mi reencuentro con James Bond

Hace cuarenta años participé en el aplauso que provocó la aparición en las pantallas de un agente secreto británico, 007, con licencia para matar. Su personalidad invadió los cines del mundo, brindó un nuevo e inolvidable personaje y levantó una especie de mitología en torno a su nombre: Bond, James Bond. El actor que estructuró soberanamente a ese agente secreto se llamaba, o se llama, Sean Connery. Se trataba de una poco frecuente y exitosa unión entre el escritor, Ian Fleming, el personaje y el actor.

Las razones para ese impresionante éxito, que desbordó fronteras y provocó infinidad de imitaciones, son bastante reconocibles. En primer lugar se trataba de un modelo nuevo. La mayor parte de los detectives americanos, como Philip Marlow y Sam Spade, eran de escasos recursos económicos, bien dados a la bebida, inteligentes y tough. Y he aquí que de pronto surgió un elegante agente secreto, conocedor de vinos, que era implacable en el combate, y lograba que las mujeres más bellas disfrutaran su lucha.

James Bond también rompió la ética que regía al mundo fílmico americano hasta aproximadamente la década de los cincuenta. Cuando se trataba de una lucha entre los ''buenos'' y los ''malos'' las reglas eran conocidas; al final de la película, los malos tenían que pagar por los crímenes cometidos. En duelos con espada, los ''buenos'' eran más caballerosos. Si a los canallas les tumbaban el arma, Errol Flynn y los buenos se las devolvían para matarlos caballerosamente y sin huellas de sangre.

En cambio, en una de las escenas de la primera película de James Bond, Dr. No, el ''malo'' entra de noche en una habitación oscura, y dispara siete veces contra la cama. El cuarto se ilumina, James Bond está sentado apuntando al ''malo'' con su pistola y el ''malo'' deja caer la suya. Entonces Bond se inclina para encender un cigarrillo y el criminal se apresura a recoger su pistola y a disparar tres veces contra él. Ni un estámpido resuena. Con toda calma Bond toma su arma la gira contra el asesino, le dice ''vaciaste la pistola'' y le dispara dos veces. El ''malo'' estaba desarmado y debió haber sido arrestado; pero James Bond tiene licencia para matar.

Pequeños detalles fascinaron al público. Bond utilizaba fosforeras que lanzaban nubes de vapor; helicópteros individuales que lo salvaban; plumas de escribir que disparaban balas y, sobre todo, un carro deportivo que ocultaba ametralladoras bajo los faroles frontales, lanzaba torrentes de aceite sobre las carreteras, y para aplauso del público, un botón que, si quien estaba sentado junto al chofer se tornaba amenazante, bastaba con apretarlo para lanzar al tipo por el aire. Cientos de jóvenes intentaron comprar un carro como ése.

James Bond hizo clásico el comentar con frases agudas el peligro que lo rodeaba. Típicamente británico, el agente nunca alza la voz en discusiones airadas, ni quiebra la elegancia de sus modales. Cuando, por ejemplo, un coche negro lleno de maleantes lo perseguía, él los obligó a despeñarse. Un asombrado testigo preguntó en voz alta: ''¿A dónde iban estos tipos?'' ''Creo que iban a un funeral'', le respondió calmadamente Bond. En otra ocasión, cuando el maligno dueño de un elegante casino perdió su última apuesta contra él, Bond le ofreció cambiar toda su ganancia por el privilegio de danzar un tango con su ''amiga'' Kim Basinger. ''¿Es usted tan generoso cuando pierde?'', le preguntó ácidamente el dueño del casino. ''No sé'', le respondió Bond, ``yo nunca pierdo''.

Claro que cuando Sean Connery renunció al papel de James Bond, que él había modelado y definido, las películas perdieron un poco su fisonomía y algunas veces pasaron a depender más de las armas y la técnica que de James Bond. Pero el modelo básico seguía manteniendo sus líneas decisivas y los fanáticos seguían multiplicándose.

Imagino que algunos de mis lectores se preguntarán, aparte de su simpatía inicial ¿de qué habla ''el profe'' cuando menciona un reencuentro con James Bond? ¡Ah!, la respuesta es fácil y hondamente emotiva. Hace cuarenta años, cuando eran niños, llevé a mis hijos, con cinco de sus amigos a ver la primera película del agente 007. Les encantó la acción y, que yo sepa, vieron casi todas las otras películas. Cuando crecieron, uno, Lou, se dedicó a escribir scripts para el cine; el otro, George, se volvió stunt coordinator, es decir, el individuo que coordina la violencia y distribuye el número de piñazos y de balas que van a volar en las escenas de la película.

Pues bien, hace unos meses George me llamó desde Londres y me dijo que acababa de firmar un contrato sobre una nueva película. Yo sabía que él acababa de finalizar una sumamente importante dirigida por Martin Scorcese, Gangs of New York, que será exhibida este diciembre y que resuena ya con los truenos de un gran film. Así que le pregunté de qué film se trataba. Mi hijo dejó correr el silencio y me dijo despacio: ``The name is Bond, James Bond''.

Ya se podrán imaginar mi salto emocional. Cuarenta años después de haberlos llevado a la primera película, uno de mis hijos filmó escenas para 007. Después de la pausa, no encontré mejor recurso, para celebrar el largometraje de este reencuentro, que ir al club y pedir un simbólico martini shaken, not stirred.

 

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