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El año viejo se perpetúa en Cuba
Me comentó una
vez, con la rectilínea ironía de los psiquiatras, un amigo que enseñaba en la
Universidad de Columbia, en Nueva York: ''Ustedes conservan su revolución en
formol''. Era el año
de 1964 y había otros profesores españoles que ya diagnosticaban la fosilización
del régimen castrista.
El dato básico era
el absorbente y total poder que había adquirido rápidamente el líder de la
revolución. Resultaba, añadí yo más tarde, que en la historia reciente de Cuba
Batista había actuado como Alí Babá y sus cuarenta ladrones, mientras Fidel
Castro se había transformado en un Mahoma despótico que había eliminado a Alá.
El peso de esa
pasmosa longevidad de Castro no puede apreciarse sólo con las cifras: ¡44 años
de poder absoluto! Es un dato que no impresiona mucho, ni provoca exclamaciones.
Pero menciónenle a un americano que cuando Fidel Castro llegó al poder el
presidente de los Estados Unidos era Dwight Eisenhower, el líder de Francia era
Charles de Gaulle, el de España Francisco Franco y el de la hoy desaparecida
Unión Soviética Nikita Jruchov. Verán como muchos jóvenes responden: ``¡Pero qué
lista más tonta! ¿Estamos visitando un museo?''
No, no se trata de
un museo, ni siquiera de un museo revolucionario. Se trata de un museo encerrado
en el cuerpo del líder. Castro despliega una movilidad que le permite, entre
otras cosas, demostrar cuán falsa es la fe democrática de muchos líderes del
continente. Tal hace cuando trepa con sus barbas a las reuniones y ''cumbres''
de los presidentes de la América y, con una conocida sonrisa sarcástica, firma
los documentos colectivos que proclaman las glorias de la democracia y condenan
la negatividad de la dictadura. Y luego algunos presidentes le rinden homenaje,
y le regalan libros antiguos y le otorgan medallas al más largo dictador que ha
tenido ``nuestra América''.
Comparar al número
de víctimas de la dictadura castrista con otras crueles situaciones, como la de
El Salvador en Centroamérica, suele tornarse difícil y, a veces, doloroso. El
dolor no tiene medida. En una conversación sobre Cuba con profesores judíos en
Georgetown, les reconocí que no era posible comparar el horrible crimen del
Holocausto con lo de Cuba. Pero, a pesar de eso, el impacto de un dolor
colectivo, la visión de muertes, torturas y miedo en Cuba, deben ser condenados
siempre y en todas partes. Y lo que provoca más ira es que el mismo sujeto que
comenzó a fusilar en la isla en 1959 sigue matando hoy en y fuera de las
prisiones. Sin que nadie lo condene.
Claro que en
cualquier conteo del daño castrista conviene añadir las bajas sufridas por los
luchadores que desplegaban las banderas del Che, o los que murieron en los actos
terroristas, que en esa época se llamaban ''revolucionarios''; y los servidores,
empleados, ministros, o generales ''héroes'' de la revolución, liquidados por el
propio régimen. Los soldados cubanos enviados al Africa para regalarle destellos
imperiales al dictador, que fueron enterrados en tierras desconocidas, donde
jamás han de ser hallados. Y todos esos balseros anónimos, ahogados cuando
llegaban al sueño que les enmarcaba el horizonte.
De ahí que sea
conveniente recalcar que lo que más significa la presencia de Castro en Cuba es
precisamente su presencia. Esa presencia debe ser siempre analizada. Verlo y
juzgarlo vacilante y remoto significa no prestarle atención al más visible poder
que existe en Cuba y creer que ya lo peor ha pasado. En Cuba no hay rebeldes;
hay disidentes heroicos. No hay un campesinado que resista la sentencia de
hambre que le ha impuesto el gobierno, ni obreros que apenas si encuentran
trabajo bajo menudos salarios. Pero hay un miedo y una obediencia atmosféricos.
Nosotros creemos,
en el exilio sobre todo, que estamos estudiando y preparando el futuro, cuando
en realidad nos estamos enfrentando al pasado. Fidel está ahí, dueño de la
autoridad, rodeado por los seguidores que intentan perpetuar al régimen. Nadie
en Cuba, ni los viejitos solitarios, recuerdan otra cosa que la Cuba de hoy, la
que cerró las puertas a todo cambio y condenó al exilio a buscar el futuro fuera
de Cuba. Esa es la imagen que conocen los hombres y mujeres de hoy, los que
viven hurgando trabajos ilícitos para sobrevivir y soñando con escapar.
Lo cual ni
remotamente quiere decir que se debe abandonar la lucha contra la dictadura. Eso
nunca. Pero lo que sí se puede hacer es conocer bien la realidad psicológica y
económica del pueblo, sus esperanzas y sus amarguras y su voluntad. Que los
estudios y proyectos sean realistas, que no se dé por descontado que Fidel
Castro va a dejar detrás esta o aquella estructura. En Cuba hay muchos
fidelistas y Fidel todavía inspira respeto o admiración en miles de cubanos. Y,
a juzgar por Venezuela, no siempre las fuerzas armadas están dispuestas a tomar
el poder.
Cuba
es un trágico y complicado problema. Es preciso tratar de estudiarlo con
realismo y sin retórica para encontrar soluciones y aprender lo que piensa el
pueblo cubano. No lo que creemos que piensa, sino lo que piensa realmente. Y
jamás dejar de examinar la actitud de los Estados Unidos. Lo único que no debe
hacerse es subestimar al enemigo y sobrevalorar a los amigos.
Enero 12, 2003
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