DR. LUIS AGUILAR LEÓN

En torno a un bello gesto

Clásico es el comentario de que el tiempo se fuga. De jóvenes creemos que somos la frenética vanguardia del tiempo. Y luego notamos que el galope disminuye, que las dudas se multiplican y que los recuerdos comienzan a invadir los pensamientos. Pero, y eso es lo fabuloso, algunos recuerdos terminan por explicar las reacciones del presente. Aun las que provocan el testimonio de un bello gesto.

La primera etapa de mi vida transcurrió en Santiago de Cuba. Llegaba yo del pueblo de Remedios, donde todavía había en las calles trancas para amarrar caballos. En Santiago descubrí los tranvías y aprendí a adorar la ciudad y a su gente. Entré en el Colegio de Dolores, y me fascinaron la historia y la literatura. En conversaciones familiares, todos nos íbamos enterando de lo que estaba pasando en Cuba y en el mundo.

En 1939 la guerra europea nos abrió al mundo. La radio sobresaltó al país, y las películas americanas se tornaron clamores de propaganda. Los muchachos montábamos mapas y discutíamos quién iba a ganar. Pero a medida que crecíamos nos dividíamos: algunos pocos seguían aplaudiendo a los alemanes, la mayoría apoyaba a los aliados. Mas un tercer factor había emergido: los comunistas. Lo cual nos permite señalar un ejemplo de cómo, a veces, el recuerdo nos ayuda a entender el presente.

Un día Santiago amaneció cubierto de grandes pasquines que mostraban a obreros alzando martillos y proclamando que había que salvar a Cuba de la ''guerra imperialista''. A mi edad no comprendía a qué guerra se referían y qué tenía que ver con Cuba. Cuando años más tarde nos explicaban que la Unión Soviética había firmado un pacto secreto con Hitler para que Alemania y Rusia se repartieran Polonia, comprendimos por qué los comunistas clamaron que la guerra era ''imperialista''. Los pasquines de mis recuerdos me confirmaban la canallada soviética.

Aprendimos entonces a interesarnos en los asuntos cubanos y a aprender que, para nuestro orgullo, Cuba era una democracia donde reinaba una constitución y el presidente, en ese caso Batista, había sido electo. La economía lucía buena y las comunicaciones mejoraban. A pesar de la visible corrupción política, por ocho años más la república sobrevivió. Y entonces sufrió un duro golpe militar: Batista volvía al poder.

Nuestra generación no estaba preparada para esa crisis. Creíamos que nosotros y el pueblo estábamos dispuestos al diálogo y a defender la libertad. No todos éramos así. Un puñado de jóvenes, de por sí propensos a la violencia, renegaron del diálogo y anunciaron que ''a Batista se le derriba con balas, no con votos''. Confiando en su ejército, el dictador rechazó toda proposición de paz. Más tarde desembarcaron las guerrillas revolucionarias. La democracia se hundía.

En enero de 1959 Batista se fugó y el nuevo líder de la nueva generación llegó a La Habana sembrando declaraciones democráticas en toda la isla. El pueblo respondió masivamente. Cuando los cables oficiales comenzaron a controlar todo, escribí un artículo denunciando ese totalitarismo. Los ''obreros revolucionarios'' exigieron que me llevaran al paredón. Al día siguiente cerraron Prensa Libre. Días después me fui de Cuba.

El exilio es duro. Todos lo sabemos. Nunca más vi a mis padres. Pero adoro a Cuba y a mi tribu. En su momento tuvimos barco e intentamos expediciones. Una vez fuimos, comandados por Jorge de Moya y Ricardo Lorié, a ayudar al desembarco en Oriente de Jorge Sotús, Laureano Batista, Yito Martínez y su gente. Una fragata castrista nos quebró la ruta y escapamos hacia las Bahamas sin que nadie acudiera a ayudarnos. Nuestros aliados no tenían prisa.

Después de Bahía de Cochinos los barcos fueron confiscados. Era hora de buscar trabajo. En 1961 la Universidad de Columbia me nombró profesor. Mis hijos y mi esposa en Miami y yo en Nueva York, tratando de aprender inglés desesperadamente. Allí descubrí que en las universidades la atmósfera no era favorable a los exiliados cubanos. Fidel era un héroe y la Guerra de Vietnam animaba pasiones contra el establishment y el capitalismo. La lucha ideológica tenía que continuar.

Nombrado profesor de Georgetown, me sumé a todo esfuerzo que en Washington, ciudad realmente imperial, luchaba por defender la democracia aquí y en la América Latina y comprendí la necesidad de ayudar a todos los estudiantes y, fundamentalmente, a los hispanos, a quienes buscamos aun en sus patrias. De ahí la necesidad de crear becas para asistir con ayuda económica a todo individuo que se esforzaba por estudiar. Quién sabe si, buscando sustituir el vacío de mi cada vez más ausente Cuba, me volqué sobre mis estudiantes y pedí la creación de becas. Treinta años más tarde sentí que era preciso partir. Me vine a Miami, periferia de Cuba, y enseñé en el Instituto de Estudios Cubanos y Cubanoamericanos de la Universidad de Miami.

Luego, hace unos pocos días, mi querida Universidad de Georgetown me notificó que se había creado una beca para ayudar a los estudiantes hispanos en necesidad financiera. Y que los estudiantes graduados habían pedido que a esa beca se le diera un nombre: Luis Aguilar León.

Me fui al recodo frente al mar que es mi favorito y les envié un saludo especial, un abrazo silencioso, a todos mis alumnos, donde quiera que estén. El bello y fecundo gesto se les debe a ellos.

 Enero 19, 2003

 

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