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En torno a un bello gesto
Clásico es el
comentario de que el tiempo se fuga.
De jóvenes creemos que somos
la frenética vanguardia
del
tiempo. Y luego notamos que el galope disminuye, que las dudas se multiplican y
que los recuerdos comienzan a invadir los pensamientos. Pero, y eso es lo
fabuloso, algunos recuerdos terminan por explicar las reacciones
del
presente. Aun las que provocan el testimonio de un
bello
gesto.
La
primera etapa de mi vida transcurrió en Santiago de Cuba. Llegaba yo del pueblo
de Remedios, donde todavía había en las calles trancas para amarrar caballos. En
Santiago descubrí los tranvías y aprendí a adorar la ciudad y a su gente. Entré
en el Colegio de Dolores, y me fascinaron la historia y la literatura. En
conversaciones familiares, todos nos íbamos enterando de lo que estaba pasando
en Cuba y en el mundo.
En 1939
la guerra europea nos abrió al mundo. La radio sobresaltó al país, y las
películas americanas se tornaron clamores de propaganda. Los muchachos
montábamos mapas y discutíamos quién iba a ganar.
Pero a medida que
crecíamos nos dividíamos: algunos pocos seguían aplaudiendo a los alemanes, la
mayoría apoyaba a los aliados. Mas un tercer factor había emergido: los
comunistas. Lo cual nos permite señalar un ejemplo de cómo, a veces, el recuerdo
nos ayuda a entender el presente.
Un día Santiago
amaneció cubierto de grandes pasquines que mostraban a obreros alzando martillos
y proclamando que había que salvar a Cuba de la ''guerra imperialista''. A mi
edad no comprendía a qué guerra se referían y qué tenía que ver con Cuba. Cuando
años más tarde nos explicaban que la Unión Soviética había firmado un pacto
secreto con Hitler para que Alemania y Rusia se repartieran Polonia,
comprendimos por qué los comunistas clamaron que la guerra era ''imperialista''.
Los pasquines de mis recuerdos me confirmaban la canallada soviética.
Aprendimos
entonces a interesarnos en los asuntos cubanos y a aprender que, para nuestro
orgullo, Cuba era una democracia donde reinaba una constitución y el presidente,
en ese caso Batista, había sido electo. La economía lucía buena y las
comunicaciones mejoraban. A pesar de la visible corrupción política, por ocho
años más la república sobrevivió. Y entonces sufrió un duro golpe militar:
Batista volvía al poder.
Nuestra generación
no estaba preparada para esa crisis. Creíamos que nosotros y el pueblo estábamos
dispuestos al diálogo y a defender la libertad. No todos éramos así. Un puñado
de jóvenes, de por sí propensos a la violencia, renegaron del diálogo y
anunciaron que ''a Batista se le derriba con balas, no con votos''. Confiando en
su ejército, el dictador rechazó toda proposición de paz. Más tarde
desembarcaron las guerrillas revolucionarias. La democracia se hundía.
En enero de 1959
Batista se fugó y el nuevo líder de la nueva generación llegó a La Habana
sembrando declaraciones democráticas en toda la isla. El pueblo respondió
masivamente. Cuando los cables oficiales comenzaron a controlar todo, escribí un
artículo denunciando ese totalitarismo. Los ''obreros revolucionarios''
exigieron que me llevaran al paredón. Al día siguiente cerraron Prensa Libre.
Días después me fui
de Cuba.
El
exilio es duro. Todos lo sabemos. Nunca más vi a mis padres. Pero adoro a Cuba y
a mi tribu. En su momento tuvimos barco e intentamos expediciones. Una vez
fuimos, comandados por Jorge de Moya y Ricardo Lorié, a ayudar al desembarco en
Oriente de Jorge Sotús, Laureano Batista, Yito Martínez y su gente. Una fragata
castrista nos quebró la ruta y escapamos hacia las Bahamas sin que nadie
acudiera a ayudarnos. Nuestros aliados no tenían prisa.
Después
de Bahía de Cochinos los barcos fueron confiscados.
Era hora de buscar
trabajo. En 1961 la Universidad de Columbia me nombró profesor. Mis hijos y mi
esposa en Miami y yo en Nueva York, tratando de aprender inglés
desesperadamente. Allí descubrí que en las universidades la atmósfera no era
favorable a los exiliados cubanos. Fidel era un héroe y la Guerra de Vietnam
animaba pasiones contra el establishment y el capitalismo. La lucha ideológica
tenía que continuar.
Nombrado profesor
de Georgetown, me sumé a todo esfuerzo que en Washington, ciudad realmente
imperial, luchaba por defender la democracia aquí y en la América Latina y
comprendí la necesidad de ayudar a todos los estudiantes y, fundamentalmente, a
los hispanos, a quienes buscamos aun en sus patrias. De ahí la necesidad de
crear becas para asistir con ayuda económica a todo individuo que se esforzaba
por estudiar. Quién sabe si, buscando sustituir el vacío de mi cada vez más
ausente Cuba, me volqué sobre mis estudiantes y pedí la creación de becas.
Treinta años más tarde sentí que era preciso partir. Me vine a Miami, periferia
de Cuba, y enseñé en el Instituto de Estudios Cubanos y Cubanoamericanos de la
Universidad de Miami.
Luego, hace unos
pocos días, mi querida Universidad de Georgetown me notificó que se había creado
una beca para ayudar a los estudiantes hispanos en necesidad financiera. Y que
los estudiantes graduados habían pedido que a esa beca se le diera un nombre:
Luis Aguilar León.
Me fui al recodo
frente al mar que es mi favorito y les envié un saludo especial, un abrazo
silencioso, a todos mis alumnos, donde quiera que estén. El bello y fecundo
gesto se les debe a ellos.
Enero
19, 2003 |