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¿Qué
piensa usted de Payá?
La pregunta surge
en los más insólitos ambientes y de bien variados personajes.
Como
casi siempre ocurre entre cubanos, la misma persona que dispara la pregunta
dispara de inmediato su respuesta: ''Porque yo le voy a decir lo que yo pienso
de Payá''. Y la charla se despliega entonces entre comentarios y afirmaciones a
favor o en contra del
líder católico y de su Proyecto Varela.
Confieso que sólo una de las tesis contra Payá me ha dejado con un sabor amargo.
Es la que insinúa que si Castro lo dejó salir y volver a Cuba sin castigarlo es
porque Payá es un agente enemigo. Se trata de una acusación que recuerda
aquellas leyes sombrías de la Edad Media que procuraban eliminar a las ''brujas''.
A quien se acusaba de ser bruja se le ataba y se le lanzaba al río. Si la mujer
se ahogaba demostraba que era inocente, se le dedicaba una misa pidiendo perdón
y se le enterraba en el cementerio. Si, por el contrario, la mujer se salvaba,
ello demostraba que era bruja, se le quemaba en la hoguera y se le enterraba
fuera del cementerio. La lógica de la ley era simple; el resultado, criminal. Es
decir, en términos hipotéticos, si Castro castiga duramente a Payá, lo
proclamamos inocente; y si Castro no lo castiga, lo juzgamos culpable y lo
castigamos nosotros.
De ahí
que mi reacción inicial ante la pregunta sobre qué pienso de Payá me lleve a
evadir un juicio prematuro y a apuntar una innegable realidad. Y es que Payá ha
logrado lo que nadie ha logrado en estos últimos tiempos en Cuba, en el exilio o
en el factor internacional. Hacer que los cubanos de la isla oigan hablar de ''democracia'';
alentar a los disidentes; ganar premios en Europa, entrevistas internacionales,
defender un proyecto político que plantea el uso de la propia legislación de la
dictadura para debilitar a la dictadura, etc., cubre un campo asombroso.
Desde
luego, detrás de esa realidad laten objeciones válidas a algunas ideas de Payá.
Como, por ejemplo, la que advierte que el aceptar la legalidad de la
constitución socialista impuesta en Cuba puede ayudar a que la dictadura muestre
un engañoso programa de ''reformas'' que le permitan ofrecer una nueva y falsa
imagen. Otra es lo que duele o molesta que Payá parezca prescindir del exilio e
injustamente profundice la división entre los cubanos de la isla y los de Miami.
Finalmente, que Payá no cree en la utilidad
del
embargo económico de los Estados Unidos.
Tales
críticas son válidas, pero están lejos de ser irrefutables. En la primera, por
ejemplo, la que señala el peligro de aceptar en Cuba a la constitución comunista,
es posible hacer una breve y arriesgada comparación con el proceso de
derrumbamiento que tuvo lugar en la Unión Soviética a partir de 1989, cuando la
fosilizada burocracia soviética recibió el primer público ataque de los llamados
''liberales'' o disidentes. Grupos que usaban legales argumentos socialistas no
para criticar a la nomenclatura oficial, sino para, ''movidos por el patriotismo'',
enumerar y señalar todos los desastres económicos y políticos que estaban
destruyendo la Unión Soviética.
El
método fue eficiente. Las reformas que había instaurado Gorbachov con el
glasnost y la perestroika no alcanzaban a satisfacer la creciente demanda de
eficiencia y libertad. Muy pronto el sistema socialista cayó en una quiebra
total. Es posible que en una Cuba arruinada esté ocurriendo ese proceso de que
comunistas jóvenes, quienes pueden ver la extensión del desastre, intenten
salvarse, quebrando ''patrióticamente'', porciones legales del gobierno más duro
y fracasado de la historia cubana.
Estar
en contra de levantar el embargo comercial puede ser válido y razonable, pero
hoy en día el embargo luce pálido y no muy popular. Si los ferries van a Cuba
cargados de exiliados; si muchos políticos americanos siguen apoyando a los
granjeros que cobran en Cuba su dinero en cash; si se planea un nuevo frente de
hoteles para turistas en las islas y cayos del sur de Cuba; y si los exiliados
siguen enviando miles de dólares a la isla, no creo que sea muy antipatriótico
criticar la supervivencia de un ''embargo'' cada vez más lánguido.
Por
último, no creo que Payá haya usado un tono despreciativo al referirse al exilio.
Es posible que su mensaje implique no dar sensación de alianza con el exilio y
evitar que la prensa cubana, y algunos periodistas extranjeros, quisieran
vincularlo a ''la mafia cubana de Miami''. Pero la mayor parte de sus
declaraciones envían un sentido de unicidad a los exiliados cubanos.
Por
otro lado, si la situación cambia en Cuba, ¿qué puede hacer alguien en contra
del exilio que vuelva o quiera volver a una isla arruinada que va a necesitar
todo tipo de ayuda? La pregunta provoca una sonrisa. No olvidemos que cuando Su
Eminencia el cardenal Ortega hizo ciertas no eminenciales declaraciones,
rebajando la importancia de la visita al Papa de Payá, la presión en Cuba y en
el exilio lo convencieron a cambiar el tono y celebrar la honestidad y a Payá
como católico. La unión sigue y seguirá.
Pero
queda otro resultado, relacionado pero no producido por Payá. En el exilio,
cargado de desengaños e ilusiones, nos hemos inclinados últimamente más y más a
dialogar, a reducir los apasionamientos negativos, a recordar que la democracia
se basa en mantener abiertamente la propia opinión y, mientras, con igual
devoción, respetar la opinión ajena. Ese es el camino.
Eso es
lo que pienso de Payá.
Febrero 2, 2003
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