A principios de mayo de 1960, con casi todos los medios de comunicación ya
controlados por el gobierno, sólo dos verdaderos periódicos sobrevivían en Cuba.
El 11 de mayo, mientras se desplegaba la usual propaganda oficial contra
''los lacayos del imperialismo yanqui'', y se movilizaba al pueblo para que
luchara contra el inminente desembarco de los marines, el Diario de
la Marina, el más añejo y respetado periódico de Cuba, fue ''liberado'' y
silenciado por las eficientes turbas del pueblo.
El único sobreviviente, Prensa Libre, probablemente el más popular
periódico de Cuba, recibió de inmediato los asaltos de la ofensiva oficial. El
día 13 de mayo, publiqué mi denuncia de lo que estaba ocurriendo y mi pronóstico
de lo que iba a ocurrir en mi patria. Fue el último artículo crítico y libre que
se publicó en Cuba. Al día siguiente, después de haberle añadido a mi artículo
una ''coletilla'' escrita por un súbitamente armado ''comité revolucionario'',
en la que se pedía odio, encarcelamiento y paredón para mí, las turbas cerraron
Prensa Libre.
Aquí reproduzco mi artículo, con una melancólica nota de orgullo y una
voluntad de desplegar siempre la advertencia de lo que amenaza a nuestros
pueblos. Ojalá que algunos lectores lancen una ojeada al continente y juzguen
cuán certera fue mi denuncia.
La libertad de expresión, si
quiere ser verdadera, tiene que desplegarse sobre todos y no ser prerrogativa ni
dádiva de nadie. Tal es el caso. No se trata de defender las ideas del Diario
de la Marina; se trata de defender el derecho del Diario de la Marina
a expresar sus ideas. Y el derecho de miles de cubanos a leer lo que consideren
digno de ser leído. Por esa plena libertad de expresión y de opción se luchó
tenazmente en Cuba. Y se dijo que si se comenzaba por perseguir a un periódico
por mantener una idea, se terminaría persiguiendo todas las ideas. Y se dijo que
se anhelaba un régimen donde tuvieran cabida el periódico Hoy, de los
comunistas, y el Diario de la Marina, de matiz conservador. A pesar de
ello, el Diario de la Marina ha desaparecido como expresión de un
pensamiento. Y el periódico Hoy queda más libre y más firme que nunca.
Evidentemente el régimen ha perdido su voluntad de equilibrio.
Para los que anhelamos que cristalice en Cuba, de una vez por todas, la
libertad de expresión. Para los que estamos convencidos de que en esta patria
nuestra la unión y la tolerancia son esenciales para llevar adelante los más
limpios y fecundos ideales, la desaparición ideológica de otro periódico tiene
una triste y sombría resonancia. Porque, preséntesele como se le presente, el
silenciamiento de un órgano de expresión pública, o su incondicional
abanderamiento en la línea del gobierno, no implica otra cosa que el
sojuzgamiento de una tenaz postura crítica. Allí estaba la voz y allí estaba el
argumento. Y como no se quiere, o no se puede, discutir el argumento, se hizo
imprescindible ahogar la voz. Viejo es el método, bien conocido son sus
resultados.
He aquí que va llegando a Cuba la hora de la unanimidad: la sólida e
impenetrable unanimidad totalitaria. La misma consigna será repetida por todos
los órganos publicitarios. No habrá voces discrepantes, ni posibilidad de
crítica, ni refutaciones públicas. El control de todos los medios de expresión
facilitará la labor persuasiva: el miedo se encargará del resto. Y, bajo la
vociferante propaganda, quedará el silencio. El silencio de los que no pueden
hablar. El silencio cómplice de los que, pudiendo, no se atrevieron a hablar.
Pero, se vocifera siempre, la patria está en peligro. Pues si lo está, vamos
a defenderla haciéndola inatacable en la teoría y en la práctica. Vamos a
esgrimir las armas, pero también los derechos. Vamos a comenzar por demostrarle
al mundo que aquí hay un pueblo libre, libre de verdad, donde pueden convivir
todas las ideas y todas las posturas. ¿O es que para defender la justicia de
nuestra causa hay que hacer causa común con la injusticia de los métodos
totalitarios? ¿No sería mucho más hermoso y más digno ofrecer a toda la América
el ejemplo de un pueblo que se apresta a defender su libertad sin menoscabar la
libertad de nadie, sin ofrecer ni la sombra de un pretexto a los que aducen que
aquí estamos cayendo en un gobierno de fuerza?
Lamentablemente, tal no parece ser el camino escogido. Frente a la sana
multiplicidad de opiniones se prefiere la fórmula de un solo guía y una sola
consigna, y una total obediencia. Así se llega a la unanimidad totalitaria. Y
entonces ni los que han callado hallarán cobijo en su silencio. Porque la
unanimidad totalitaria es peor que la censura. La censura nos obliga a callar
nuestra verdad; la unanimidad nos fuerza a repetir la mentira de otros. Así se
nos disuelve la personalidad en un coro colectivo y monótono.
Y nada hay peor que eso para quienes no tienen vocación de obedientes rebaños.