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Raíces
de esperanza
H arvard --
Harvard nos recibió con un frío de dos grados bajo cero, ominosas montañas de
nieve, y un viento que cortaba los pulmones de los que como yo habíamos sufrido
los ''duros'' inviernos tropicales de Santiago de Cuba.
La conferencia, en cambio,
resultó fabulosa. Se trataba de un acto organizado por los estudiantes
cubanoamericanos de Harvard y Georgetown, quienes han logrado ya movilizar a
estudiantes de más de diez otras universidades. La causa, ''romper la apatía
reinante, lograr que los estudiantes aprendan más sobre Cuba y que encuentren
formas de ayudar a quienes en la isla estan luchando contra la tiranía''. Es por
eso que los dos más enérgicos dirigentes, Felice Gorordo, de Georgetown
University, y Fidelma Leonor Cobas, de Harvard, seleccionaron un lema que
enaltece: raíces de esperanza.
La
oleada emocional que provocó ese signo, y la euforia que despiertan tantos
rostros juveniles que no han sentido aún el pasar y el pesar de los años, me
inclinaron a desviarme
del
tema preparado hacia las ideas que la reunión me provocaba. Comencé por decirles
que ellos eran las raíces de la esperanza cubana. Que su generación podía ayudar
a disipar la neblina de grupos y argumentos que dividen el esfuerzo colectivo. Y
que, para ello, sería conveniente que cuidaran los primeros pasos de la
esperanza y la importancia de la segunda raíz, la del amor.
No el
usual amor romántico que conocemos, sino el que brota de múltiples señales y
ayuda a crear múltiples símbolos: un fragmento de música cubana, un paisaje, la
indignación ante el abuso oficial, el dolor de un recuerdo o la ansiedad del
conocer los vínculos que nos unen a esa isla. Martí vivió muy poco en Cuba y la
amó hasta el sacrificio. El poeta Julián del Casal hablaba de irse, pero adoraba
la isla. Sin ese amor, casi siempre teñido de risas, es difícil comprender a
nuestros poetas, a nuestros líderes y la corriente subyacente de nuestro pueblo.
Recuerdo a un sociólogo alemán que me presentaron en la Universidad de Oriente
para que lo ayudara a descifrar el sentido de las canciones cubanas. Tenía en la
mano la primera. Texto inmortal: ¿Quién ha visto a un sapo encuero, / a una rana
sin camisa, / a un mosquito muerto 'e risa / y a un majá talabartero? Controlé
mi risa y le enritmé la letra, pero no lo pude ayudar. El surrealismo cubano era
y es intraducible. Luego mencionaré una anécdota que ilumina un tanto este tema.
Igual
los incité a que no sólo aprendieran a buscar respuestas, sino a buscar
preguntas. Las preguntas germinan en las épocas creadoras, las respuestas en las
épocas de decadencia. Comparen a los fecundos cristianos primitivos que,
inventando parábolas y dogmas, lograron convertir a los bárbaros, con lo que
ocurrió, centurias más tarde, cuando la victoriosa Iglesia inventó la
Inquisición y paralizó a los cristianos. Más tarde llegó la época en la que los
católicos se quedaron con el Cristo triunfante y los comunistas con la cruz de
los obreros. Y por un momento pareció que los comunistas triunfaban. Pero cada
vez que llegaban al poder mataban a todo el que hacía preguntas y clavaban
cruces en los pobres flancos de sus pueblos. Así se hundieron con sus verdugos.
Claro
que ha habido siempre individuos como Sócrates, que, a base de esbozar preguntas,
llegaron a visualizar claras respuestas y a examinar la verdad. Y teorías que
sobreviven porque expresan y defienden una sociedad abierta donde, en general,
las preguntas y las disidencias son toleradas y aplaudidas. Todos sabemos que
ésa es la democracia, el sistema social que, a pesar de todos sus defectos, no
permite que se imponga una sola autoridad que silencie a los que critiquen.
Para
liquidar la democracia siempre recurren a las mismas soluciones. No se discute,
se impone ''la revolución bolivariana'', que no es ni revolución ni bolivariana,
ni ''chavista''. Siguiendo el ejemplo de Fidel Castro, Chávez marcha hacia un
desastre semejante: la victoria del dictador sobre el colapso del pueblo.
Yahora
la anécdota. Cuando era profesor en el Pentágono, un alumno me anunció que iba a
Ruanda y me preguntó si quería algo. Le di dinero para que me trajera una de las
estatuillas de madera que comenzaban a hacerse regionalmente populares. A la
vuelta me entregó una bella pieza africana y el dinero que le había dado. Ante
mi gesto de interrogación, el capitán me dijo que el dueño de la tienda era
cubano y que no quería cobrarle. ''Sólo me dio esta nota'', me dijo. Y me
entregó un pequeño papel con tres letras: ``Compatriota, buena suerte''.
Me
quedé reflexionando. He aquí un cubano que envía a otro cubano un regalo, y no
rodea esa generosidad con palabras, ni dice su nombre, ni menciona la
intervención divina. El sentimiento le bastaba. La palabra ''patriota'' surge
vinculada al amado concepto de ''patria''. Y basta saber que el otro es un
compatriota para concederle lo mejor y desearle ''buena suerte''. Pero, y eso es
lo importante, es él el que usa la imaginación para tener fe en el cubano. Yo
podía haber sido un bandido. A él no le importaba. En su juicio, bastaba ser ''compatriota''
para merecer el noble gesto. Así él creó una de las raíces del amor a la patria.
Así,
sin conocer su dirección, le escribo una frase: ``Compatriota, buena suerte''.
Febrero 23, 2003
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