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Las raíces de la tragedia cubana
Nuestro mundo
parece hundirse lentamente en un inmenso océano de violencia.
No se trata sólo de la
guerra que avanza sobre Irak, una guerra que ha provocado el vituperio de esos
extraños ''pacifistas'' que alzan acusaciones contra el presidente Bush y llaman
''monstruos'' a los ''americanos'' mientras ignoran las hazañas de Saddam
Hussein, el califa que ha aniquilado a casi todos sus pueblos vecinos: los
kurdos, los de Irán y Kuwait, y ha barrido con todos sus opositores internos.
La violencia
política sigue expandiéndose y amenazando con nuevas armas destructivas. En
nuestro continente, arde la larga caravana interna de Colombia, mientras la
prensa sigue llamando ''revolucionarios'' a esos terroristas que ametrallan a
niños y secuestran a quienes se les antoja. En Venezuela, Chávez continúa
quebrantando ''revolucionariamente'' la estructura del país. Y en el Brasil,
donde vive el pueblo con más sentido común de la América Latina, la tentación
''revolucionaria'' acaba de demostrar su capacidad de violencia en Río de
Janeiro. Así marchamos.
En ese ambiente,
el terrible proceso por el que están marchando hoy los cubanos sigue hundiendo
sus raíces de represión y agotamiento en el pueblo. Hace unos días, los cubanos
del exilio fueron enfrentados a una de los más duros símbolos de su historia.
Los visitantes cubanos y no cubanos que respondían a una convocatoria llamada
Memorial Cubano fueron a Tamiami Park y allí cayeron en un vasto y doloroso
silencio. Frente a ellos, las líneas infinitas de blancas cruces se extendían
hasta lo que parecía ser el horizonte. Tales cruces marcaban las ceñidas tumbas
de las víctimas cubanas; los compatriotas muertos en las prisiones, fusilados en
oscuros rincones; abatidos por el hambre o por las no atendidas enfermedades;
los que agonizaron abrazados a las olas tratando de escapar del régimen que era
quien en realidad los ahogaba; los enterrados en anónimas tumbas en cientos de
olvidados y remotos rincones. Y aún quedan miles por identificar. De ahí que una
de las raíces de la tragedia cubana se basa en el dolor que crece en esas
víctimas y sus familiares y en el que pesa en la memoria de aquéllos que
estoicamente vivieron años en las prisiones del castrismo y aún cargan el
natural peso de los recuerdos.
Todas las cruces
tenían los nombres y los datos que identificaban a los que allí yacían. Hubo
cubanos que lloraron frente algunas de esas simbólicas tumbas porque por primera
vez podían rezar públicamente por sus seres queridos, y sentían que los caídos
también eran reconocidos por sus compatriotas y sus familiares.
Ese gesto nació en
varias mentes y encontró apoyo en las personas que responden siempre al llamado
de la patria. Claro que no se puede nombrar a todos, pero casi todos los que
hablan de la exhibición, del Memorial Cubano, mencionan la fecunda gestión de
Renato Gómez, de Francisco García y de Armando Lago, quien fue profesor de
Economía en Harvard y vive en Washington, DC, donde se encuentran los mejores
archivos de los Estados Unidos y quien contribuyó con la lista básica de las
víctimas. Un momento de significativo dolor, por ejemplo, se hizo visible cuando
a la familia de Robert Fuller la dirigieron al rincón donde estaba la cruz de su
hijo, un joven norteamericano fusilado en Cuba el 17 de octubre de 1960.
Vale la pena, por
tanto, reproducir algunas de las palabras que escribieron los organizadores del
proyecto. Todos ellos anuncian que continuarán la lucha y que apelan así,
públicamente, a todos los cubanos:
``El
Memorial Cubano ha marcado para siempre nuestra vidas y nos ha dado mucha más
fuerza e inspiración para continuar trabajando por Cuba en esta etapa decisiva
de su historia. Por primera vez en nuestro exilio, un enorme mar de blancas
cruces se mostró a los ojos
del
mundo, representando simbólicamente a las miles y miles de vidas que el régimen
de Fidel Castro ha cobrado al pueblo cubano en sus cuarenta y cuatro años de
dictadura comunista.
``En
más de diez mil cruces plantadas se palpaba dolor, angustia e impotencia. Ese es
el genocidio cubano, nuestro genocidio, y es nuestro deber denunciarlo una y mil
veces hasta que el mundo que nos rodea nos escuche.
'A
todos aquéllos que dicen admirar `la obra de la revolución', he aquí que les
mostramos la verdadera obra. La obra de un régimen que mientras pregona la
verdad y la justicia por un lado asesina y encarcela por el otro. Mientras
muchos en el mundo piden reconocimiento y apoyo para el régimen de Fidel Castro,
decenas de miles de muertos desde sus tumbas, y sus familiares vivos, estan
clamando justicia.''
Nobles
palabras que tornan en urgencia el deseo de ayudar a esa causa.
¿Cómo no ayudar
siempre a desenmascarar a ese dictador que recogió una isla próspera y la sigue
tornando miserable? Y, sin embargo, frente a ese esfuerzo y aplauso es preciso
recordar la necesidad de mantener un propósito. Porque, justificadamente, un
sentimiento de odio y de venganza roza, al menos por un tiempo, a la mayoría de
los que han sufrido la tortura de un régimen criminal. De ahí el conocido
peligro. Cuando una sociedad ha sido rasgada por la injusticia, los que lucharon
contra ella y los que anhelan democracia y libertad tienen que hacer un esfuerzo
colectivo para evitar que nuevos ''revolucionarios'' apliquen los puños y caigan
en los excesos del poder. De ahí que se proclame que se busca libertad y
justicia, no odio y venganza. De lo contrario volveremos al método del látigo en
una isla que hoy luce larga y escuálida, como si estuviera hambrienta y sin
esperanza.
Marzo 2, 2003
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