DR. LUIS AGUILAR LEÓN

Las raíces de la tragedia cubana

Nuestro mundo parece hundirse lentamente en un inmenso océano de violencia. No se trata sólo de la guerra que avanza sobre Irak, una guerra que ha provocado el vituperio de esos extraños ''pacifistas'' que alzan acusaciones contra el presidente Bush y llaman ''monstruos'' a los ''americanos'' mientras ignoran las hazañas de Saddam Hussein, el califa que ha aniquilado a casi todos sus pueblos vecinos: los kurdos, los de Irán y Kuwait, y ha barrido con todos sus opositores internos.

La violencia política sigue expandiéndose y amenazando con nuevas armas destructivas. En nuestro continente, arde la larga caravana interna de Colombia, mientras la prensa sigue llamando ''revolucionarios'' a esos terroristas que ametrallan a niños y secuestran a quienes se les antoja. En Venezuela, Chávez continúa quebrantando ''revolucionariamente'' la estructura del país. Y en el Brasil, donde vive el pueblo con más sentido común de la América Latina, la tentación ''revolucionaria'' acaba de demostrar su capacidad de violencia en Río de Janeiro. Así marchamos.

En ese ambiente, el terrible proceso por el que están marchando hoy los cubanos sigue hundiendo sus raíces de represión y agotamiento en el pueblo. Hace unos días, los cubanos del exilio fueron enfrentados a una de los más duros símbolos de su historia. Los visitantes cubanos y no cubanos que respondían a una convocatoria llamada Memorial Cubano fueron a Tamiami Park y allí cayeron en un vasto y doloroso silencio. Frente a ellos, las líneas infinitas de blancas cruces se extendían hasta lo que parecía ser el horizonte. Tales cruces marcaban las ceñidas tumbas de las víctimas cubanas; los compatriotas muertos en las prisiones, fusilados en oscuros rincones; abatidos por el hambre o por las no atendidas enfermedades; los que agonizaron abrazados a las olas tratando de escapar del régimen que era quien en realidad los ahogaba; los enterrados en anónimas tumbas en cientos de olvidados y remotos rincones. Y aún quedan miles por identificar. De ahí que una de las raíces de la tragedia cubana se basa en el dolor que crece en esas víctimas y sus familiares y en el que pesa en la memoria de aquéllos que estoicamente vivieron años en las prisiones del castrismo y aún cargan el natural peso de los recuerdos.

Todas las cruces tenían los nombres y los datos que identificaban a los que allí yacían. Hubo cubanos que lloraron frente algunas de esas simbólicas tumbas porque por primera vez podían rezar públicamente por sus seres queridos, y sentían que los caídos también eran reconocidos por sus compatriotas y sus familiares.

Ese gesto nació en varias mentes y encontró apoyo en las personas que responden siempre al llamado de la patria. Claro que no se puede nombrar a todos, pero casi todos los que hablan de la exhibición, del Memorial Cubano, mencionan la fecunda gestión de Renato Gómez, de Francisco García y de Armando Lago, quien fue profesor de Economía en Harvard y vive en Washington, DC, donde se encuentran los mejores archivos de los Estados Unidos y quien contribuyó con la lista básica de las víctimas. Un momento de significativo dolor, por ejemplo, se hizo visible cuando a la familia de Robert Fuller la dirigieron al rincón donde estaba la cruz de su hijo, un joven norteamericano fusilado en Cuba el 17 de octubre de 1960.

Vale la pena, por tanto, reproducir algunas de las palabras que escribieron los organizadores del proyecto. Todos ellos anuncian que continuarán la lucha y que apelan así, públicamente, a todos los cubanos:

``El Memorial Cubano ha marcado para siempre nuestra vidas y nos ha dado mucha más fuerza e inspiración para continuar trabajando por Cuba en esta etapa decisiva de su historia. Por primera vez en nuestro exilio, un enorme mar de blancas cruces se mostró a los ojos del mundo, representando simbólicamente a las miles y miles de vidas que el régimen de Fidel Castro ha cobrado al pueblo cubano en sus cuarenta y cuatro años de dictadura comunista.

``En más de diez mil cruces plantadas se palpaba dolor, angustia e impotencia. Ese es el genocidio cubano, nuestro genocidio, y es nuestro deber denunciarlo una y mil veces hasta que el mundo que nos rodea nos escuche.

'A todos aquéllos que dicen admirar `la obra de la revolución', he aquí que les mostramos la verdadera obra. La obra de un régimen que mientras pregona la verdad y la justicia por un lado asesina y encarcela por el otro. Mientras muchos en el mundo piden reconocimiento y apoyo para el régimen de Fidel Castro, decenas de miles de muertos desde sus tumbas, y sus familiares vivos, estan clamando justicia.''

Nobles palabras que tornan en urgencia el deseo de ayudar a esa causa. ¿Cómo no ayudar siempre a desenmascarar a ese dictador que recogió una isla próspera y la sigue tornando miserable? Y, sin embargo, frente a ese esfuerzo y aplauso es preciso recordar la necesidad de mantener un propósito. Porque, justificadamente, un sentimiento de odio y de venganza roza, al menos por un tiempo, a la mayoría de los que han sufrido la tortura de un régimen criminal. De ahí el conocido peligro. Cuando una sociedad ha sido rasgada por la injusticia, los que lucharon contra ella y los que anhelan democracia y libertad tienen que hacer un esfuerzo colectivo para evitar que nuevos ''revolucionarios'' apliquen los puños y caigan en los excesos del poder. De ahí que se proclame que se busca libertad y justicia, no odio y venganza. De lo contrario volveremos al método del látigo en una isla que hoy luce larga y escuálida, como si estuviera hambrienta y sin esperanza.

Marzo 2, 2003

 

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