Vivimos en unos momentos nebulosos en los cuales conviene escapar hacia uno
mismo, hundirse en gratos recuerdos, sentarse al borde del mar a escuchar el
interminable rumor de su esperanza, oír una música favorita cargada de memorias,
salir a la calle a saludar a desconocidos, regalarles gestos a los pobres sin
hacerlos sentir pobres, conversar con amigos y compañeros y recordar suavemente
a los que ya no conversan.
Y es que la primavera llega pronto a nosotros desplegando su enorme vitalidad
de futuro. Mas detrás de la primavera se asoma la guerra, mostrando su triple
cadena de bombas, sembrando miedo en todos los rincones, estrujando dedos sobre
botones que anhelan liberar la enorme destrucción. En tales situaciones siempre
hay alguien que predica la fecundidad del amor. Frente al odio hay que sembrar
el cariño. Pero no es fácil. Como decía alguien, el amor es una sola corriente
con mil versiones de existencia. Pero el odio tiene una enorme ola de poder y se
sabe disfrazar de ternura...
Por eso no siempre las palabras canalizan deseos y argumentos. Las palabras
son las pálidas almas de los sentimientos. De ahí que Platón nunca confiara en
ellas. Porque también sabía que muchas veces el silencio resulta más elocuente
que todas las palabras. Y de ahí la lección que dicen aprendió Maquiavelo cuando
preparó un discurso para celebrar a una bella duquesa que llegaba a Florencia.
Pero cuando iba a leer el retórico discurso, levantó los ojos y se quedó pasmado
ante la belleza de la dama. Recuperando su diplomacia, fue a iniciar la lectura,
mas la duquesa levantó la mano y le dijo: ``Por favor, no diga nada. Su silencio
me ha conmovido más que nada''.
Por eso es tan aleccionadora la experiencia de aquellos ardientes místicos
medioevales que vivían consumiéndose en las cerradas celdas del convento, y de
vez en cuando sufrían el deslumbramiento de una aparición divina que los ahogaba
en luz, y se negaban a ofrecer descripciones del luminoso estallido, repitiendo
sólo una palabra: ''inefable'',``ine'' ''fabilis''. No hay
palabras descriptivas. Hay sólo una luz que barre la realidad y se refugia en la
imaginación.
Por eso hoy, siguiendo el humo de mis recuerdos, mi escapada personal
consiste en compartir con mis lectores una enseñanza que disfruté hace años,
cuando me iba de la infinita ciudad de Brujas, en Bélgica. Tenía veinte y cuatro
años, había ganado una beca de estudios en España, viajaba con un libro de notas
y con la seguridad de sentirme rey del mundo. Había leído un bello libro sobre
Brujas, Brujas la muerta, y allá fui en busca de esos edificios que
parecen tejidos de piedra.
Deseando quedarme más de un día en la ciudad fascinante, hice un pacto con
uno de los camareros de un hotel, quien, por un poco de dinero, me dejó
compartir su cuarto y me traía todas las mañanas pan y leche. Ese era todo mi
alimento. Al quinto día el hambre me había desvanecido el paisaje, y las puertas
de los restaurantes por donde pasaba me lanzaban apetitosas brisas de cocina,
así que decidí irme para París, donde tenía amigos de capital estable. Cuando
llegué a Bruselas me encontré con que había una huelga de trenes: cuatro horas
de hambre más: mi estómago rugía recomendando el canibalismo.
La señora que se había sentado en el compartimento con una nieta sacó de una
cesta unos cuantos pastelitos, le dio uno a la nieta y comenzó a comer con
tenues mordidas. Humillado ante mi situación mendicante, apelé a todas las
fibras de mi educación santiaguera, clavé la mirada en la ventanilla y con mi
imaginación me fugué del tren. En ese momento la señora levantó la vista y me
saludó. Tenía los ojos tiernos de quien comprende a otros ojos, y la sonrisa
proyectaba ternura. ''¿Quisiera uno?'', me dijo, aproximando la mano. Una vez
más me puse heroico. No quise lucir como un indio hambriento frente a una
europea, y agradecí, pero rehusé la oferta.
Dos minutos más tarde, como si estuviera hablando con la nieta, la señora
dijo: ''Michelle, ¿cuántas veces le he dicho a tu tía que estos pastelitos no
requieren tanta sal?'' y, tornándose hacia mí: ``¿Me quisiera dar su opinión?''.
Comprendí enseguida su generosidad, su sentido humano. Me había sacado de la
apretada circunstancia en que lucía, o así pensé yo, un mendigo en un tren. Tomé
el pastelito y lo desaparecí rumbo al estómago.
''Madame, está muy bueno'', le susurré. Ella se sonrió y me dijo: ``Estos
cuatro pasteles los hizo mi hermana. No quiero ni pensar lo bien que se va a
sentir cuando le cuente que un joven buen mozo disfrutó su obra''.
Así me comí la pastelería, me calmé bastante el hambre y platiqué con mi
noble compañera sobre los viajes, los amores y la sabiduría.
Cuando llegamos a la estación, la abracé apretadamente y salí de prisa. De
pronto me asaltó un pensamiento, me detuve y volví corriendo a ella. Le miré los
ojos, le di un largo abrazo y le dije sonriente: ``Madame, dele mi saludo
a su hermana. Dígale que he aprendido la lección de los pasteles''.
Y de veras, gracias a un corazón generoso, creo que la aprendí y que la
cumplo.
Yno puedo cerrar esta columna sin
enviarle un saludo a una mujer que es símbolo de lo generoso y alegre que tiene
una forma ejemplar de vida. Ahí está de nuevo como la saludé hace años en el
Kennedy Center en Washington. Toda Celia, toda Cruz, toda cubana.